El
ratoncito se asomó una vez más a la boca de su madriguera.
-
No salgas solo -le recordó su madre desde atrás
El
ratoncito se sentía curioso. Durante 20 días habían esperado la
llegada de las primeras lluvias, de las lluvias frías con las que se
anticipaba el invierno. Y aunque todo lo demás estaba allí,
preparado (las nubes grises, el frío penetrante, las mañanas con
los miembros entumecidos) faltaban las lluvias. Y la familia Pérez
-parientes de un famoso ratón- aprovechaba la inesperada prórroga
para recolectar más comida para lo más crudo del invierno. Una vez
que comenzara a llover, tendrían que quedarse acurrucados en su nido
y esperar que el invierno no se cobrara sus vidas. El frío hacía
que estas pendieran de un hilo. Una décima menos de temperatura en
la cueva (por un agujero mal tapado) podía suponer una muerte. Y la
muerte de uno de ellos, aunque ahorrara una boca que alimentar,
significaba una unidad menos de calor. Poco más podían hacer para
generar más calor, pero sí podían recolectar toda la comida que
pudieran. Cuanto más, mejor.
Ricardo
Pérez era el menor de toda la familia. Y todos lo trataban con rabia
y miedo contenidos: miedo de que pudiera morir aquel invierno, siendo
el más pequeño y débil. Rabia, por no poder hacer nada para
evitarlo, por encariñarse con él cuando ya la madre naturaleza se
disponía a llevárselo.
“Es
como una carrera contrareloj” había pensado su madre la noche
anterior. Y su marido la había entendido, como si le leyera los
pensamientos que, habitualmente, distaba tanto de comprender. Pero no
cuando se trataba de Ricardito.
El
pequeño, por su parte, ajeno a tantas preocupaciones, se divertía.
Y le divertían aquellas salidas furtivas al pueblo, rebuscando
agujeros que les comunicaran con las despensas.
-
Pero tened cuidado de no dejar rastro. Si saben que hemos estado
aquí, tendremos problemas -les advertía el tío Bartolo, el ratón
más viejo de entre todos los Pérez y a quien todos obedecían.
Hasta
el pequeño Ricardo entendía que no les quedaba mucho tiempo. Que el
retraso de las lluvias haría que rompieran de repente, como un cielo
embarazado de inviernos.
Y
así fue aquel día. Todo estaba saliendo mal y la tormenta que de
repente se desató solo se sumó al resto de pequeñas desgracias
cotidianas. No habían encontrado nada de comida, los agujeros
estaban tapados y un gato con hambre los había perseguido. Y
entonces llegó la lluvia, como un castigo divino que conviertiera un
día miserable en un fin del mundo.
Todos
corrieron hacia la madriguera. Las gotas eran tan gruesas y seguidas
que cada uno sentía que le estaban golpeando mientras corrían.
Cuando por fin llegaron a la madriguera, se recontaron y el corazón
de la madre de Ricardito se paró del susto:
-
¿Dónde hemos dejado a ricardo?
Volver
a buscarlo era inviable. Y ya su marido consolaba a su esposa por la
pérdida del benjamín cuando, allá entre la lluvia, vieron al
pequeño Ricardo, apenas una sombra apenada bajo la lluvia... y,
agarrado a su cola, el tío Bartolo que, con las prisas había
perdido las gafas.
-
Habría muerto si no es por Ricardito -dijo nada más llegar.
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