martes, 16 de diciembre de 2014

Primeras Lluvias


El ratoncito se asomó una vez más a la boca de su madriguera.
- No salgas solo -le recordó su madre desde atrás
El ratoncito se sentía curioso. Durante 20 días habían esperado la llegada de las primeras lluvias, de las lluvias frías con las que se anticipaba el invierno. Y aunque todo lo demás estaba allí, preparado (las nubes grises, el frío penetrante, las mañanas con los miembros entumecidos) faltaban las lluvias. Y la familia Pérez -parientes de un famoso ratón- aprovechaba la inesperada prórroga para recolectar más comida para lo más crudo del invierno. Una vez que comenzara a llover, tendrían que quedarse acurrucados en su nido y esperar que el invierno no se cobrara sus vidas. El frío hacía que estas pendieran de un hilo. Una décima menos de temperatura en la cueva (por un agujero mal tapado) podía suponer una muerte. Y la muerte de uno de ellos, aunque ahorrara una boca que alimentar, significaba una unidad menos de calor. Poco más podían hacer para generar más calor, pero sí podían recolectar toda la comida que pudieran. Cuanto más, mejor.

Ricardo Pérez era el menor de toda la familia. Y todos lo trataban con rabia y miedo contenidos: miedo de que pudiera morir aquel invierno, siendo el más pequeño y débil. Rabia, por no poder hacer nada para evitarlo, por encariñarse con él cuando ya la madre naturaleza se disponía a llevárselo.
Es como una carrera contrareloj” había pensado su madre la noche anterior. Y su marido la había entendido, como si le leyera los pensamientos que, habitualmente, distaba tanto de comprender. Pero no cuando se trataba de Ricardito.

El pequeño, por su parte, ajeno a tantas preocupaciones, se divertía. Y le divertían aquellas salidas furtivas al pueblo, rebuscando agujeros que les comunicaran con las despensas.
- Pero tened cuidado de no dejar rastro. Si saben que hemos estado aquí, tendremos problemas -les advertía el tío Bartolo, el ratón más viejo de entre todos los Pérez y a quien todos obedecían.

Hasta el pequeño Ricardo entendía que no les quedaba mucho tiempo. Que el retraso de las lluvias haría que rompieran de repente, como un cielo embarazado de inviernos.

Y así fue aquel día. Todo estaba saliendo mal y la tormenta que de repente se desató solo se sumó al resto de pequeñas desgracias cotidianas. No habían encontrado nada de comida, los agujeros estaban tapados y un gato con hambre los había perseguido. Y entonces llegó la lluvia, como un castigo divino que conviertiera un día miserable en un fin del mundo.

Todos corrieron hacia la madriguera. Las gotas eran tan gruesas y seguidas que cada uno sentía que le estaban golpeando mientras corrían. Cuando por fin llegaron a la madriguera, se recontaron y el corazón de la madre de Ricardito se paró del susto:

- ¿Dónde hemos dejado a ricardo?

Volver a buscarlo era inviable. Y ya su marido consolaba a su esposa por la pérdida del benjamín cuando, allá entre la lluvia, vieron al pequeño Ricardo, apenas una sombra apenada bajo la lluvia... y, agarrado a su cola, el tío Bartolo que, con las prisas había perdido las gafas.


- Habría muerto si no es por Ricardito -dijo nada más llegar.

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