miércoles, 17 de diciembre de 2014

La prisa de don Pepito

- Pero vámonos, ¡vámonos! ¿Se puede saber a qué estás esperando ahora?
Don Pepito miró a su señora con atención y rabia contenidas. Muchos habrían pensado que una historia que había comenzado de forma tan romántica como la suya había de mantenerse así durante todos los días de sus cortas vidas. Porque las hormigas no viven mucho tiempo.
Pero a doña Pepa, que había cogido el nombre por su marido, las cosas no le habían resultado fáciles tras el primer año de enamoramiento. No podía dejar de echar de menos todas las cosas, lujos y compañía, que la habían rodeado cuando era reina. Y, aunque ninguno de los dos se atrevía a decirlo, compartían la misma duda: ¿habrían elegido lo mismo en el pasado de saber lo que les deparaba el futuro?
- No hace falta que te pongas nerviosa
- No estoy nerviosa -espetó doña Pepa
Pero sí lo estaba. Y la actitud de don Pepito lo único que lograba era enervarla más.
(hoy el cuento será de diez minutos, que he de irme a trabajar y he contado mal el tiempo)
Él lo sabía, y mientras que ella se había ido convirtiendo en un ser cada vez más alterado, él se había ido calmando. Lo que podría ser un antídoto para su señora se convertía en un arma afilada con la que le hacía ver lo poco que la tomaba en serio.
- Cuando eras una joven soldado te dabas más prisa bajo mis órdenes.
- Cuando eras una joven reina estabas acostumbrada a que todos te obedecieran al instante. ¿Es eso lo que quieres?
Ella se calló y se mordió una antena. Sentía ganas de llorar.
- Es verdad -confesó por fin
- ¿Qué es verdad? -preguntó él con aire indiferente. Se había terminado de poner su quinta bota y ya estaba listo para salir. Hacía poco que había llovido y el terreno estaba enfanganado. Iban a visitar a unas moscas verdes que, aunque de olor desagradable, invitaban a mucha gente a sus fiestas y la joven pareja -apartada de la sociedad en los comienzos- ya se había acostumbrado a ir allí.
- Que de reina estaba acostumbrada a muchas cosas. Tonterías, imagino.
Algo se conmovió dentro de él. Fue hasta ella y la mordió con cariño una antena.
- Para mí siempre serás mi reina -le susurró
- No quiero reinar en ningún otro sitio -le dijo ella, repitiendo el talismán que en tantas noches de placer y entrega le había susurrado.
Y volvieron a entrar en casa, olvidando a las moscas verdes y su fiesta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario