Érase un conejo que viajaba por el mundo. A su lado siempre se encontraba un pequeño ratón. El conejos se llamaba don Raimundo; el ratón, Esteban. Eran inseparables.
En una ocasión fueron a visitar a la tía de don Raimundo. Se encontraba esta en sus últimos momentos. Cerca de ella vivía el mayor de los hermanos de Esteban el ratón.
La tía murió a los pocos días cuando aún se hospedaban los dos amigos en la casa. Y, con esas casualidades que la naturaleza brinda de vez en cuando, el hermano mayor de Esteban sufrió un accidente en el trabajo; de resultas enfermó del tétanos, contra el que no estaba vacunado. Y en apenas unas semanas ya lo estaban enterrando.
Don Raimundo, que apenas se había recuperado tras la muerte de su tía, se desveló por su amigo para acompañarle en el dolor.
A los dos meses de estos sucesos, el cuerpo abuhado de policías recibió una llamada muy extraña: se trataba de don Raimundo, a quien habían encontrado por la calle deambulando como un sonámbulo. La policía lo llevó a su casa y allí descubrieron el cadáver aún caliente de Esteban.
- ¡Yo lo maté, yo lo maté! -confesó don Raimundo -fui yo quien le pedí que preparara una taza de té.
A primera vista, parecía que al ratón se le había caído el té y que luego se había derramado sobre el charco. Vamos, un accidente de lo más tonto y una muerte estúpida. El golpe en la nuca había acabado con el joven.
La policía intento consolar a don Raimundo. Y es que a nadie le cabía en la cabeza que quisiera matar a su amigo o que lo hubiera hecho intencionadamente. Al contrario, el psicólogo del cuerpo, un pájaro carpintero muy viejo y muy sabio, intentó quitarle cualquier sentimiento de culpa.
- Es un accidente. Fue un accidente. Repítelo cada día. Debes repetirlo.
Y toda esta información le llegó, más o menos adulterada, a la joven ardilla Sherlica, que se encontró con don Raimundo en un barco que atravesaba el canal de la mancha. Como era un ardilla metomentodo, siguió a don Raimundo en sus travesías parisinas, y así descubrió que llevaba el cuadro de un famoso pintor que quería vender.
Entonces Sherlica se puso a investigar, y descubrió que Esteban no había sufrido ningún accidente, sino que don Raimundo lo había asesinado a sangre fría y luego se había dado a aquella actuación. Y el motivo no era otro que el de apoderarse de aquel cuadro, que a Esteban le había legado su hermano moribundo hacía unos meses.
Sherlica quiso denunciar todo esto a al cuerpo abuhado, pero estos no quisieron hacerle caso. "Caso cerrado, caso cerrado"
Por eso fue que Sherlica se voló los sesos con una magnum.
Para llamar la atención.
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