Una tormenta de invierno terminó con el joven árbol. Este apenas contaba 20 primaveras y su tronco aún se cimbreaba con el viento, sus hojas humedecían el aire, jóvenes familias de pájaros se instalaban allí y la sabia fresca alimentaba a un nuevo hormiguero.
Pero el invierno había congelado su interior y lo que antes era ventaja, ese poder arquearse según soplara el viento, era ahora debilidad que, al tiempo, acabó con él.
Un árbol sin raíces puede alargar su vida durante mucho tiempo. La amputación no es repentina, sino pausada. De repente el árbol siente que todo está al revés, que la vida ya no se mira hacia arriba sino hacia un lado. Y cada día sus hojas pierden más verdor, pues la sabia no se renueva. El sol deja de
ser una fuente de alimentación y pasa a ser un testigo inmóvil del lento morir del vegetal.
Un árbol joven, con apenas 20 primaveras, es un árbol que no quiere morir. Y no entiende del todo por qué ha tenido que tocarle a él. ¿Acaso no congeló el invierno a tantos otros de sus compañeros? ¿A aquel, que es aún más joven que él? ¿O aquel otro que, cuando hace viento, siempre parece a punto de romperse? ¿Y por qué no a uno de los viejos, a esos que ya han sufrido amputaciones de una y otra rama pero que se resisten a morir y, malformados, siguen chupando vida y tiempo?
Un árbol joven, con apenas 20 primaveras, es un árbol que no quiere morir. Y en su lenta agonía siente que, junto a las ramas que su propio peso ha aplastado, también se encuentran los nidos abandonados de los pájaros que anidaron en primavera. Y le parece catastrófico: que ni siquiera se puedan salvar aquellos nidos es la señal del fin de su mundo. Porque ya antes había sentido la ausencia de las aves, pero se había obligado a consolarse pensando que ya volverían, como cada año, cuando llegara la primavera.
Pero su temprana muerte cercenaba las esperanzas que había construido sobre el dolor. Y esas son las esperanzas que más duele perder porque, tras ellas, parece que no queda nada.
Solo desesperación.
Vacío. Locura.
Cuando notaba que ya no le quedaban más que unas horas de conciencia (porque la muerte le había golpeado muchos días ha) sucedió algo inesperado. Durante unos días el clima varió, subiendo las temperaturas. Y durante dos días llovió tanto como para disolver buena parte de la nieve. Y entonces dos conejos se arriesgaron a salir de su madriguera para buscar algo para comer. Y lo encontraron allí, a la sombra del árbol caído, pues los últimos brotes verdes de sus hojas eran el alimento de aquellas pequeñas criaturas. Los ojos de los conejos eran indiferentes y asustadizos. Sus hocicos no paraban de moverse, sus orejas estaban atentas a cualquier ruído.
Y el árbol caído, cuyas horas se acortaban ante el apetito de los conejos, se sintió aliviado.
"Por eso valía la pena vivir. Y morir" Se dijo
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