- La muerte no tiene teléfono -dijo el niño en la consulta del dentista. La madre se rió, la enfermera se rió, una anciana que estaba leyendo el "hola" también se rió. Pero había un niño que no se rió.
Era un niño moreno y con pelo rizado, granos en la cara, manos largas y huesudas, ojos grandes, gafas de pasta. A su lado estaba su madre, vestida toda de negro y toda huesos. Apretaba fuertemente su mandíbula mientras miraba con severidad a toda la gente de la consulta.
"La muerte no tiene teléfono", resonaban en la cabeza del niño aquellas palabras. Se llamaba Sebastián. Miró a su madre con intención de preguntarle más sobre aquella frase y por qué se habían reído tanto los otros. Pero no ella, no su madre, que nunca se reía. Y, como tantas otras veces, Sebastián reprimió el deseo que tenía de preguntarle nada. Demasiadas veces solo había recibido la respuesta "no preguntes tonterías", restallando en su conciencia como un látigo.
Pero no olvidó aquella frase casual.
Pasó el tiempo. Su madre murió cuando él aún era estudiante; su querida y odiada madre había desaparecido de la faz de la tierra.
"De mí no quedará nada. Hasta tu recuerdo se desvanecerá, Sebastián", le dijo en su lecho de muerte.
Pero Sebastián apenas podía escucharla. En la cercanía de la muerte que se cernía sobre su madre, sus oídos estaban llenos de aquella frase de su niñez: "la muerte no tiene teléfono".
En el cementerio a su madre solo la despidieron él, el sepulturero y una tía de su madre que venía en silla de ruedas y que parecía no entender cómo era posible que su sobrina se hubiera muerto antes que ella. No hubo servicio religioso por expreso deseo de la difunta. "De mí no quedará nada", había dicho.
Y fue allí cuando le llegó la idea a Sebastián, una idea que daría forma a su vida de aquel momento en adelante: "encontraré el teléfono de la muerte, la llamaré y hablaré con ella y no vendrá a por mi´".
Su tarea no era fácil; el mismo Hércules no hubiera sabido por dónde empezar. ¿Tal vez las páginas amarillas? ¿La base de datos de Hacienda? ¿La agenda de un organizador de concursos de la tele?
Sebastián se puso a ello. Y pasaron los años. Era especialista en visitar a los moribundos, de suerte que ya lo conocían en los hospitales y tanatorios como ave de mal agüero, pues solo visitaba los desahuciados.
A los moribundos los entrevistaba esperando sacar de la conversación alguno de los números malditos. Y a algunos incluso les encomendaba la tarea de darles el recado a la muerte en el momento en que esta apareciera: "Sebastián quiere hablar contigo" o "Sebastián quiere llamarte" o "Sebastián quiere tu teléfono".
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