- ¡Recógete el pelo para cenar! -volvió a decirle el padre.
- ¿Para qué? A mí me gusta llevarlo así, suelto
Y con un gesto femenino lo volteó hacia atrás. Luego se lo colocó tras las orejas. El pelo le caía hasta más abajo de los hombros.
El padre miró con cara desesperada a la madre, que estaba fregando. Su hija tenía 6 años, pero con modales pre-adolescentes del todo inesperados.
- ¿Tú también eras así de pequeña? -le preguntó el hombre a su mujer
- Yo estoy fregando -le respondió la otra, dándole la espalda
La pequeña lo miró con aire satisfecho.
- Si no te recoges el pelo, se te va a llenar de comida -insistió él
- ¿Y cuál es el problema con eso? -preguntó ella, testaruda -Si no paro de ducharme. ¡Me ducho más que tú!
La madre reprimió una carcajada desde el fregadero. Él se llevó dos dedos a los ojos y luego dijo:
- Cuando se te queda comida en el pelo, los animales vienen a cenar en tu pelo cuando estás durmiendo.
Aquello sí que interesó a la pequeña.
- ¿Y qué animales vienen? -preguntó
- Pues el gato del vecino, sin ir más lejos, vino anoche.
- ¿Y cómo es que no lo oí?
- Los gatos saben moverse en silencio. Yo le dejé hacer porque no quería molestarte. Bastante le era dificil comer sin hacer ruído.
- ¿Y se comió la comida de mi pelo?
- Toda, toda la comida. Y cuando terminó vino a la cocina para que le diéramos un tazón de leche.
La niña se rió con ganas.
Esa noche intentó aguantar despierta un poco más, pero no pudo con el sueño y acabó dormida en un santiamén. A la mañana siguiente, en el desayuno, le preguntó a su padre:
- ¿Anoche también vino el gato?
- No solo vino el gato sino que trajo compañía; ¿te acuerdas de ese otro gato que hay en la calle con el que a veces se echa a tomar el sol?
- Pero si ahora no hace sol, papá.
- Es verdad, pero con todo se sigue reuniendo con él. Pues se conoce que anoche le invitó a cenar a tu pelo, y así estaban los dos, comiendo ricamente todo lo que te habías dejado caer en el pelo y, de postre, lo que se cayó en tu camisa.
- Vamos, saliendo los dos que ya es hora de ir al colegio -dijo la mamá, echándolos de la casa.
Aquella noche, durante la cena, la pequeña tampoco se recogió el pelo.
- ¿No te vas a recoger el pelo? -le preguntó su papá. -Mira que después vienen los animales a comer en él.
- No me lo creo -dijo la pequeña con aire decidido
Aquella noche durmió y soñó que una gran rana verde con corona y todo venía a su cama a dormir. A la mañana siguiente preguntó a su padre:
- ¿Anoche han vuelto a venir los gatos?
El padre pareció reflexionar un poco antes de responder:
- ¿Quieres que te diga la verdad? -le preguntó
Ella asintió vehementemente con su cabecita.
- Anoche no vinieron los gatos -dijo él
La pequeña suspiró satisfecha, aunque no pudo evitar sentir algo de pena.
- No vinieron los gatos sino los monos del zoo. Por lo menos había cuatro monos en tu camita. ¡Cuatro monos sin hacer ni un ruído! No te creas que eso es algo fácil. Se ve que a los gatos se les ha soltado la lengua y están contando por ahí que aquí se puede cenar gratis.
Ella se rió
- ¡Vengan, vengan todos al restaurante de la niña que come sin recogerse el pelo! -exclamó el padre
Aunque la mamá no estaba porque ese día ella se había ido antes, el papá no quiso entretenerse más y al poco ya estaban en el coche, dirigiéndose al colegio y al trabajo.
Por la noche, cuando ya estaban en la mesa, fue la madre quien sacó el tema:
- Creo que ya es hora de dejarse de tonterías con lo del pelo. ¡Cuanta comida va a parar ahí!
- Mira que después vendrán los monos o quien sabe quién a comer en tu pelo.
- No digas tonterías, papá -respondió la pequeña
Otra vez intentó no dormir aquella noche. No quería creerse lo que le contaba su papá pero... ¿y si era verdad? Tenía ganas de ver a los monos o a los gatos. Pero no pudo resistir el sueño y acabó durmiendo, soñando con un pájaro que volaba tan alto que llegaba a la luna. Pero como tenía mucha sed se fue a una estrella a buscar agua.
Era la mañana del Sábado y sus papá aún estaban en la cama cuando ella fue a buscarle. Su papá todavía estaba dormido. La mamá estaba leyendo una revista en la cama.
- ¿Y quién ha venido anoche? ¿Quién? -le preguntó, zarandeándo a su padre.
El padre se tomó un momento para despertarse. Luego le dio un beso a su hijita y le preguntó a su mujer:
- ¿Crees que debo decírselo?
- ¡Dímelo, dímelo! -exclamaba la pequeña
- Será mejor que lo hagas. Así no puedo leer -respondió la mamá.
- Pues esta noche ha venido... no, no te lo vas a creer.
- ¿Quién, quién? -insistía la pequeña
- Aún no puedo creerme que se llegara a tu habitación sin hacer ruído. ¡Y todo por una simple cena! Debe de estar muy buena la comida de tu pelo.
- ¿Pero quién ha venido?
- El elefante del zoo, ese ha venido. ¿No te parece increíble?
La niña comenzó a reírse, imaginando a un elefante metido en su pequeño cuarto, con la trompa urgando entre su pela para comerse los restos de la cena mientras ella dormía. De buen humor se fue a su cuarto y se vistió. Su papá entonces le pidió que fuera a buscar el periódico al buzón. Ella salió, muy contenta, pero no habia más que dado un par de pasos afuera cuando volvió adentro toda asustada:
- ¿Qué te pasa, cariño? -le preguntó su mamá
- Ahí afuera, en el césped, ¡hay un huella de un animal enorme!
- Seguramente es del elefante. Ya entrar en silencio le costaría lo suyo, pero un animal tan grande por fuerza tenía que dejar alguna huella.
Y desde aquel día la pequeña siempre se recogió el pelo antes de sentarse a comer.
30 min
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