Aquel invierno fue muy duro. Todos los árboles del bosque sufrieron algún daño; unos más, otros menos. Algunos se partieron en dos, otros cayeron a tierra, desgarrandose sus raíces como amantes locos, dejando un boca negra de dolor. Los más afortunados solo perdieron algunas ramas.
Ramas finas, delicadas, donde colgaban hojas de terciopelo invernal, donde las arañas de hielo se tejían con delicadeza brillante e insonora. Ramas donde vivían hadas; y entre ellas, la sobrina...
- La tía ha salido, no sé cuándo volverá -le contó al búho que vino a encontrarse con la vieja. La señora tenía fama de curandera y, aunque un poco alocada, aunque dada más al vino que al agua... pero era de agradable compañía y, en sus estados sobrios, daba buenos consejos. Era, sin embargo, muy despistada. Y ahora que la casa donde vivían se había caído, algo inusual en la vida de las intémperos seres, la sobrina temía que no supiera encontrar el camino de vuelta.
- Y una parte de mí lo desea, no te creas -le dijo en confidencia a la ratoncita presumida que había venido a visitarla. Se había sentado a la mesa y mordisqueaba un queso, mirando a la dulce hada con ojos negros y vacuos. Lo mejor que ofrecía su amistad eran silencios llenos de tímidos mordizcos a la comida y un saber escuchar difícilmente comparable.
- Sí, la vieja loca me tiene harta. No paro de limpiar todo el desastre que ella hace. ¿Cuántas veces no habrá venido con las botas sucias y se habrá tumbado en el sillón, empinando el coro con vino de zarzaparrillas? Por cierto, que me han dicho que un primo tuyo trabaja allí, con los duendes que fabrican ese licor. ¡Te digo que está matando a nuestra juventud! ¿Qué hay de cierto en esas habladurías?
Pero la ratoncita presumida no dijo nada, solo la miró con los ojos inexpresivos y esperó a que el hada continuara antes de seguir comiendo.
En ese momento se abrió la puerta de la casa de par en par. ¡Era su tía! Y no parecía estar sobria.
- ¡Sobrina, sobrina queriiiida! -exclamó.
Su aliento quemaba a alcohol.
- ¿Pero dónde has estado, tiita? -exclamó la sobrina, preocupada. En realidad, lo que más sorprendida la tenía era el hecho de que hubiera sabido volver, y más en su estado. "El dios de los borrachos cuida de ella", murmuró para sí.
La ratoncita, en lo tanto, se escabulló por la puerta trasera. No le gustaba presenciar escenas tan tristes como la de una señora mayor totalmente borracha.
- ¡Y qué carruaje le he conseguido, sobrina! Sí, tenías que haberlo visto. Claro que al principio no encontraba la varita. ¡Pero en cuanto di con ella la magia me salió sola! Ha sido una gran noche y había que remojarla.
- ¿Pero de quién hablas? ¿Qué carruaje ni que porras? -le preguntó su sobrina
La vieja puso sobre la mesa sus pies. Se sacó el sombrero y lo puso a un lado. De una manga salió la varita mágica y la tiró descuidademente al suelo. Luego dijo con acento borracho:
- ¿Tú no has oído hablar de una tal cenicienta?
Y colorín colorado...
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