jueves, 20 de febrero de 2014

el gigante castadientes I

Le gustaba ser un gigante. Corría detrás de los enanos hasta que no quedaba ninguno a la vista.
- ¡Ja! -les gritaba para asustarles
Se sentía fuerte. Y joven, y lleno de vida.
- No deberías asustar a los pitufos -le reprochaba la nana.
Los pitufos eran la gente pequeña, la que apenas le llegaba a la rodilla. Vivían juntos en el pueblo, pero eran los gigantes los dueños de las tiendas de comestibles y los encargados de hacer la guerra a los gigantes vecinos. Los pitufos, en cambio, se dedicaban a la banca y a hacer vestidos para los gigantes. Ellos mismos se vestían solo con harapos. En cambio, los gigantes gustaban de adornarse con sofisticados trajes llenos de colorido.
Pero el gigante no hacía caso a la nana. Al fin y al cabo ella también era un pitufo. Cuando el gigante tenía siete años ya era más alto que ella. Y ahora le triplicaba en tamaño. Pero la respetaba por la fuerza de la costumbre.
En cambio los otros gigantes le dejaban hacer.
- Ya llegará su día en el laberinto -advertía su tío a tu madre, la única que se preocupaba por el comportamiento de su hijo.
El día del laberinto era el día en el que el gigante se haría mayor de edad. Después de eso se pondría al trabajaría en algún establecimiento de comida o de guerra. Y más tarde el pueblo entero aunaría fuerzas para que el gigante fuera el dueño de su propia tienda, nueva si no había ninguna vacante. Esto no era tan raro como pueda parecer, pues frecuentemente los gigantes salían a guerrear con los gigantes vecinos. Por su parte, los pitufos no gustaban de tener demasiados hijos y, aunque su población crecía más rápido que la de los gigantes, a nadie llegaba nunca a preocuparle.
"El laberinto debe de ser una gran prueba. Seré digno hijo de mi padre", pensaba nuestro gigante para sí. Y la madre tenía prisa porque llegara aquel día, pues los abusos de su hijo hacia los pitufos eran cada vez más graves. Incluso se había atrevido a quemarle la barba al gran pitufo, el jefe de todos los pequeños. A duras penas habían conseguido calmarle y evitar una rebelión que hubiera sido penosa para todos.
Por fin llegó el día del laberinto. Al gigante le pusieron al lado a un pitufo que también había de licenciarse aquel día.
"Este pobre pitufo va a quedar mal cuando vea lo que es tener un valiente gigante al lado suyo", pensó el joven gigante.
Así entraron en el laberinto, que comenzaba siendo una puerta en el palacio central. De allí arrancaba un túnel que seguía durante kilómetros.
"¿Será esta oscuridad todo lo que hay que temer?" Se preguntaba el joven gigante, confiado. Al pitufo no le oía más que la respiración; parecía nervioso.
"A este le va a dar un infarto antes de llegar al final", se dijo
Por fin apareció una luz en el fondo. Era una puerta. La abrieron con cuidado y fueron a parar a una gran sala. Una sala mayor que cualquiera que el gigante hubiera visto nunca. Delante de ellos había un gran arco de piedra, y por allí apareció ahora un ser que nuestra gigante nunca había creído posible que existiera. ¡Era un gigante aún mayor! Y decir "aún mayor" se queda corto, porque nuestro orgulloso gigante apenas llegaba al dedo meñique del pie de aquel tremendo ser.
Del susto que le dio se le escapó un grito. Entonces aquel megagigante reparó en él. Y castadientes comenzó a correr asustado hacia la puerta del túnel, solo que aquella estaba

No hay comentarios:

Publicar un comentario