lunes, 10 de febrero de 2014

la ducha

El doctor me ha dicho que no debo preocuparme, que todo son imaginaciones mías. Pero no lo son.
"Ha sufrido usted una mala caída de la que no quiere decirme nada. Lo entiendo. Por eso tiene esas raspaduras en la piel. Pero no intente que me crea lo de la ducha. Es una broma de mal gusto"
Cuando me dijo eso, me hizo dudar de mí. ¿Me habría caído realmente? Toda la gente me hace dudar de mí mismo, pero no afecta mi autoconfianza. ¿Me equivoco, me habré equivocado? ¿Me equivocaré, no tengo razón, no la tuve y no la tendré? Me importa poco, me da igual. Y doy la razón a quienquiera que desee tenerla.
Pero no al doctor. ¿Cómo podría equivocarme cuando se trata de mi propia piel?
Aún así... tantas veces que me he equivocado me animan a meterme en la ducha con un espíritu diferente. Esta vez no pasará lo mismo, ni mejor ni peor. No pasará nada, simplemente; y me ducharé con el agua tibia como un buen ciudadano de la unión europea. Porque todas las heridas que tengo en el cuerpo son debidas a una caída de la que no deseo acordarme, me hago a mí mismo la mala broma de la que el doctor se quejaba. Mi subconciente es un guasón.
La mano me duele al meterla bajo el grifo mientras busco la temperatura conveniente. No quiero el agua muy caliente, y tampoco demasiado fría.
La mano me duele, debe de ser por la presión de la manguera. El agua sale con tanta fuerza que esta parece una serpiente metálica llena de vida, a la que solo agarrando la cabeza puedo sojuzgar. Domeñar. Así de fuerte es la presión.
Hago oídos sordos al dolor y, cuando la temperatura es la idónea, me meto bajo la ducha. ¡Qué buena está el agua! Es maravilloso ser ciudadano de la unión europea. ¡Bendito sea el doctor!
Pero... siento que el pelo comienza a caérseme como si fueran manojos de trigo desechados por la máquina cosechadora. Y del pecho que ahora es imberbe el color se desatura; yo nunca fui de piel rojiza sino más bien paliducha y enfermiza. Pero ahora la piel cobra tonos nuevos para mí, tonos que parecerían más propios de un difunto tras una semana en el ataúd.
De repente se me desprende el dedo meñique del pie izquierdo. Hago un intento por capturarlo, pero el agua corre rápida y antes de que me de cuenta ya ha desaparecido por el desagüe. Intento entonces apagar el agua, pero el cuerpo ya no me responde como quisiera.
Estoy en el suelo, hecho una salsa humana de huesos, miembros y nervios. Por ahí debe de funcionar aún mi cerebro, testigo de toda este sinsentido. Y puedo ver a la manguera del grifo, moviéndose nerviosa de un lado a otro, rociando con ese agua tibia, ese agua perfecta de temperatura, toda la cabina y el techo... el techo no está impermeabilizado y siento que esa imprevisión va a dolerme. Se formarán manchas de humedad y Dios sabe qué otras cosas.
Y entonces me fijo en la mano que aún está agarrada al grifo de la ducha, como si a la cabeza de la serpiente le hubiera surgido un adefesio, una mutación de última hora. ¡Que desfachatez de grifo!
Me siento desvanecer mientras pienso en la cara que pondría el doctor si me viera ahora mismo. "No intente que me crea lo de la ducha", me dijo. ¡Ja!. ¿Y qué diría ahora?
Floto hacia el desagüe. Es como un parque de atracciones. Luego todo es oscuridad.

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