-
Hoy tengo que sustituir en la obra
-
Podrían buscarse a otro. ¿Y quién va a llevar al niño a la
guardería?
-
Creí que tú podrías
-
La señora quiere hacer limpieza general en la casa. Ya te lo había
dicho, hoy entraré antes.
-
Te explotan
-
lo cual llevan haciéndolo unos cuantos años. Mientras que tú
apenas sales de una obra para quedarte en paro, esperando a que te
vuelvan a llamar.
-
Deberíamos sentirnos afortunados de que los dos todavía estemos
trabajando.
Ella
sonrió y su rostro se suavizó. Por un momento a él le recordó la
guapa chica que había dejado el instituto para irse con él, un don
nadie y un buscavidas. Ni siquiera había estado embarazada entonces,
no tenían ni aquella excusa.
Le
besó en la mejilla.
-
llamaré a mi madre -le dijo
Su
rostro volvió a aguarse.
“nunca
perderá esos kilos”, se dijo él
Aquel
debía de haber sido su día de descanso. pero cada vez que terminaba
el turno o le tocaba un día libre, le llamaban para que fuera a
sustituir a alguien.
-
Ha caído enfermo en el último momento. ¿Te puedes acercar tú? Si
no, puedo llamar a otro
El
jefe de obra siempre le llamaba a él el primero.
-
me caes bien, chaval.
Y
con aquella corta frase sostenía las esperanzas del joven sustituto
que, así, esperaba medrar en la empresa y no contar solo con trabajo
en cuanto durara la obra.
-
No llames a nadie, yo estaré ahí.
Así
habían sido las últimas cinco sustituciones y ya hacía tres meses
que el joven no pillaba día libre. Cuando volvía a casa estaba
agotado, sin apenas aliento para hablar. Y en la noche, cuando hacían
el amor, lo hacía como un animal que, en las últimas, diera el
último coletazo antes de expirar. A su pequeño apenas lo veía y
con su mujer solo hablaba cuatro frases por la mañana, el único
momento en el que se sentía revivir otra vez.
-
¿Otra vez tú? -le dijo Román, el líder de entre los obreros. Era
el único que tenía un contrato fijo con la empresa y, lejos de
dárselas de crído, era el primero en acercarse a los nuevos y en
ayudarles compartiendo todo lo que sabía.
-
Un compañero que faltaba y me han llamado a mí...
-
otra vez -respondió román por él.
El
le miró sin responder. No quería quejarse y se disciplinaba para
que de su boca no saliera nunca ninguna crítica.
-
No hace falta que me digas nada, demasiado me las sé en esta
empresa.
Pero
el caso es que aquella misma noche Román se iría a beber con el
capataz y tras la quinta cerveza le diría:
-
Llámalo otra vez mañana. no quiero perder mi apuesta.
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