martes, 14 de octubre de 2014

El sustituto

- Hoy tengo que sustituir en la obra
- Podrían buscarse a otro. ¿Y quién va a llevar al niño a la guardería?
- Creí que tú podrías
- La señora quiere hacer limpieza general en la casa. Ya te lo había dicho, hoy entraré antes.
- Te explotan
- lo cual llevan haciéndolo unos cuantos años. Mientras que tú apenas sales de una obra para quedarte en paro, esperando a que te vuelvan a llamar.
- Deberíamos sentirnos afortunados de que los dos todavía estemos trabajando.
Ella sonrió y su rostro se suavizó. Por un momento a él le recordó la guapa chica que había dejado el instituto para irse con él, un don nadie y un buscavidas. Ni siquiera había estado embarazada entonces, no tenían ni aquella excusa.
Le besó en la mejilla.
- llamaré a mi madre -le dijo
Su rostro volvió a aguarse.
nunca perderá esos kilos”, se dijo él

Aquel debía de haber sido su día de descanso. pero cada vez que terminaba el turno o le tocaba un día libre, le llamaban para que fuera a sustituir a alguien.
- Ha caído enfermo en el último momento. ¿Te puedes acercar tú? Si no, puedo llamar a otro
El jefe de obra siempre le llamaba a él el primero.
- me caes bien, chaval.
Y con aquella corta frase sostenía las esperanzas del joven sustituto que, así, esperaba medrar en la empresa y no contar solo con trabajo en cuanto durara la obra.
- No llames a nadie, yo estaré ahí.
Así habían sido las últimas cinco sustituciones y ya hacía tres meses que el joven no pillaba día libre. Cuando volvía a casa estaba agotado, sin apenas aliento para hablar. Y en la noche, cuando hacían el amor, lo hacía como un animal que, en las últimas, diera el último coletazo antes de expirar. A su pequeño apenas lo veía y con su mujer solo hablaba cuatro frases por la mañana, el único momento en el que se sentía revivir otra vez.
- ¿Otra vez tú? -le dijo Román, el líder de entre los obreros. Era el único que tenía un contrato fijo con la empresa y, lejos de dárselas de crído, era el primero en acercarse a los nuevos y en ayudarles compartiendo todo lo que sabía.
- Un compañero que faltaba y me han llamado a mí...
- otra vez -respondió román por él.
El le miró sin responder. No quería quejarse y se disciplinaba para que de su boca no saliera nunca ninguna crítica.
- No hace falta que me digas nada, demasiado me las sé en esta empresa.

Pero el caso es que aquella misma noche Román se iría a beber con el capataz y tras la quinta cerveza le diría:

- Llámalo otra vez mañana. no quiero perder mi apuesta.

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