Salio de la cueva. Un nuevo amanecer. Había amainado el viento y solo una leve brisa movía los árboles.
- ¿Qué estás mirando? -le espetó su esposa, detrás de él.
- No sé- respondió
- Papa está soñando otra vez -dijo uno de los pequeños
- Siempre está soñando- dijo otro
La voz de su esposa tronó:
- ¡Suficiente!
Se hizo el silencio
- Hay cosas que aquí no se nombran
Y él se dio la vuelta un instante antes de, con un pequeño salto, salir de la cueva. La hierba aún estaba fresca por el rocío.
Su suegro y el resto del clan le esperaban para comenzar la caza. Un grupo de mamuts pasaba por allí en su migración anual.
- Hoy ganaremos al dios peludo -dijo su cuñado
La familia de su esposa era la gobernante. Y él se sentía muchas veces fuera de lugar, bien que no supiera darle nombre a sus sentimientos.
- ¿Cómo va tu invento, genio? -le preguntó Gontar, antiguo compañero de juegos y, hoy, casado con otra de las hijas del jefe. Otro cuñado, vamos, solo que este tenía además un nombre.
- Lento -respondió en un susurro
Lo cierto es que se sentía defraudado. Tenía ideas en la cabeza, pero ninguna parecía lo bastante buena como para cristalizar, lo bastante seria para que los demás pensaran de él algo más que "soñador sin ningún futuro"
"A mí me basta conque sepas cazar bien. Y aún eso te cuesta. No sé si sabrías desenvolverte si no estuviéramos los demás para ayudarte", le había dicho su suegro pocos días antes. Había sido malo, pero no inesperado. Si tan solo se hubiera parado ahí. "pero esas ideas que tienes no te llevarán a ninguna parte. No eres tan inteligente, y lo que puedas hacer solo te sirve a ti y a nadie más"
Aquello había sido deprimente, sobre todo porque se acercaba mucho a la verdad.
Salieron a cazar. Se movía silenciosamente: era lo único que sabía hacer bien. Su brazo no tenía tanta fuerza como el de sus compañeros e incluso había alguna mujer más fuerte que él. Sus tácticas no eran especiales ni brillantes, y pocos le hacían caso cuando se atrevía a proponer algo.
¿Por qué no podía conformarse con ser un simple cazador?
Pero no, tenía ese hambre interna, ese demonio que le obligaba a soñar despierto, a desear futuros que nunca llegarían.
- ¡Ahora! -gritó el jefe
Y todos se lanzaron a la carrera, gritando y ondeando en el aire grandes antorchas con las que los mamuts emprendieron una salvaje estampida.
Corría a la retaguardia de todos y por eso nadie vio como se cayó. Una raíz se había enredado en su piel. Voló por los aires y cuando chocó contra el suelo notó como se le rompía un pie. Había caído entre unos matorrales y tardarían en dar con él. Pero hubo otro que sí le descubrió.
Era una pantera y le miraba con sorpresa y rabia. Sabía el destino que le aguardaba. Pero no se asustó, o no tanto como esperaba.
- Así que esto es el fin de todas las ideas -dijo, y casi sonrió antes de que el felino se abalanzara sobre él.
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