jueves, 20 de marzo de 2014

eugenio el seductor I

los dos gatitos estaba aún jugando, pero su madre los mandó a la cama:
- es hora de dormir para que mañana estéis otra vez en forma.
- y os podáis perseguir y morder y correr y subir por los árboles y...
- Basta, eugenio, que los pones nerviosos -le recriminó la madre
En realidad el papá de los gatitos rara vez pasaba por allí y, cuando lo hacía, más se portaba como un hermano mayor que como un padre. O ni siquiera como un hermano mayor.
Vivían en un solar abandonado, uno de los últimos terrenos vírgenes que quedaban en la pujante ciudad. Allí crecían en armonioso desorden todo tipo de arbustos, cañas, zarzas, un árbol que nunca esperó llegar a tanto, una palmerita, piedras de todo tipo, extrañas al lugar pero llevadas como vertedero de todas las bellas casas que rodeaban a la pequeña finca. También había, en algunos escondites, revistas con mujeres desnudas. Y suciedad, latas de cocacola, condones usados y trozos de cristal. Pero, salvo el cristal, nada humano interesaba demasiado a la familia de gatos.
- Papá, ¿te quedarás esta noche con nosotros? -preguntó uno de los pequeños luchando contra el sueño. El otro ya estaba acurrucado y durmiendo.
- Si a tu madre le apetece, yo estaría encantado -dijo Eugenio, mirando de reojo a la gata.
Pero ella no le prestó demasiada atención.
- Tú duérmete ya. Mira a tu hermano que ya está roncando.
Sobre el solar podían verse las estrellas. Era una noche de innumerables estrellas. A la gata le gustaba mirarlas. Cuando los pequeños estuvieron tranquilos en su sueño gatuno, ella se apartó un poco para mirar al cielo. En seguida tuvo compañía.
- ¿No te gustaría que pasara aquí la noche? -le preguntó Eugenio, rondándola
- No lo sé -respondió ella con sinceridad
Luego bajó la mirada y se enfrentó a la del gato.
- A veces me parece que vivimos en mundos diferentes, Eugenio. Yo espero a que llegue la noche y los pequeños estén dormidos para descansar un poco y ver las estrellas. Pero no sabría verlas si no he pasado el día con ellos. ¿Entiendes lo que digo?
- Entiendo lo que tú quieras que entienda, gatita -dijo él, haciéndose el seductor.
Ella resopló un poco
- No, vivimos en mundos diferentes. Y, sin embargo, todo parece tan igual. Debe de ser un espejismo compartido.
Luego le sonrió
 - Ven -le susurró
Eugenio notó una corriente de excitación como una descarga que le recorriera el cuerpo. Pero en ese momento oyeron otro ruído.
- ¡Gata, sé que estás aquí!
Era el gato negro del barrio, un gran gato que vivía en casa de los embajadores y que solo salía para saciar sus apetitos. Unas veces eran las ganas de pelear, otras las de encontrarse con alguna gata.
- La gata está conmigo -siseó Eugenio
Pero en su interior dudaba. Sabía que no había gato en la vecindad que, tras enfrentarse con el gato negro, no lo hubiera lamentado después.

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