Así que salimos de paseo. Mi barrio es bastante tranquilo y en aquella hora apenas había nadie en la calle. Íbamos por la sombra de los árboles, y cada vez que nos encontrábamos con alguien, el elefante se sentaba a la sombra de un árbol y ponía gesto de estar investigando algo en el suelo, con la cabeza gacha y el sombrero tapando buena parte de su inmenso rostro. Lo hacía muy bien y yo andaba muy orgulloso, pensando que así no nos descubrirían nunca y que, ¿quién sabe?, podía conservar al elefante como mascota durante mucho tiempo.
- Te llamaré Mike Invisible -le dije, tras un rato.
El nombre pareció gustarle y sacó la trompa de la bufanda donde la tenía enrollada para manifestar su alegría.
En aquel momento un niño que cruzaba la calle se quedó mirándole, impresionado ante la vista de un elefante vestido de calle y con sombrero mexicano.
Y no fue el único.
Por la calle venían en aquel momento dos coches: por un lado, el señor Rodríguez tareando su canción preferida en la radio. Por el otro, el joven Juan sin prisas conduciendo como un loco la tartana con la que repartía las pizzas de la pizzería del barrio.
Y ellos también vieron como Mike Invisible dejaba de ser invisible para sacar su trompa y airearla al aire.
Y fue por eso que no vieron al pequeño que, en medio de la calle, se había quedado boquiabierto mirando al elefante.
Pero Mike Insible entendió la situación mejor que nadie y el peligro que amenazaba al pequeño. Moviéndose con rapidez y desgarrando los pantalones de mi padre que le había puesto, se lanzó hacia el pequeño, lo agarró con la trompa y lo elevó por los aires. Juan sin prisas frenó y desvió el coche en el último momento, pero el señor Rodríguez, que en ese momento estaba en el momento cumbre de la canción de la radio y al que la canción y la apareción del elefante le habían superado todas las expectativas que tenía para aquel día... pues solo logró mover el volante y desviar al elefante de la carretera cuando ya era demasiado tarde. Una parte del coche rozó al elefante, pero este no se movió. Sostenía en lo alto al pequeño y tan solo emitió un severo lamento de dolor.
En aquel momento entendí que no podía esconder por más tiempo a Mike Invisible. La policía se presentó y también la prensa. Al rato también estaba por allí el personal del zoo. Pero todo eso fue cosa minuta ante el último que se presentó: era un gran camión del zoo. Yo temía que allí iban a meter a Mike Invisible, pero me equivoqué en parte. No volveŕia solo. Del camión salió una gran elefante que, al ver a Mike Invisible, empezó a lanzar extraños gruñidos. Por su parte, Mike invisible, que en aquel momento estaba siendo atendido por los médicos, nada más oyó aquellos gruñidos que saltó corriendo hacia la recién llegada. Era su madre.
No fue el único que se llegó hasta la madre. Una señora que acababa de llegar también fue hasta los dos elefantes y, llorando, comenzó a besarles y abrazarles. Mike Invisible no prestaba mucha atención, pero su madre debió de entender qué estaba pasando porque comenzó a acariciar con su trompa a la recién llegada, y de tanto en tanto a su pequeño.
Era la madre del pequeño al que Mike Invisible había salvado.
Desde aquel día, Mike Invisible fue famoso. Nadie se enfadó con él porque se hubiera escapado del zoo. Incluso pusieron una placa donde explicaban su historia en su jardín del zoo.
Yo, en cambio, recibí una regañina histórica en cuanto llegué a casa.
No hay justicia en el mundo.
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