lunes, 31 de marzo de 2014

el gordito

lo que Paco más quería era ser un poco más gordo. Siempre había sido el flaco de la clase, el flaco del barrio, el flaco de la ciudad.
- Oye, flaco, a ver cuándo te dan de comer
Y no sabían que su madre lo atiborraba de comida. Pero que tenía un problema hormonal, por eso no podía engordar. La piel se le arrugaba en torno al rostro y le caía fláccida en la barbilla. Tenía nueve años pero ya se le notaba la nuez. No era un monstruo, pero iba camino de serlo.
Un día un niño nuevo llegó al barrio. Vino con su familia, y ocuparon una casa vecina a la de Paco. Al día siguiente apareció por la escuela. Era un niño gordo. Su madre hubiera dicho regordete, rechoncho o feliz. Pero estaba gordo.
La maestra buscó un sitio donde sentarle, y muy a su pesar hubo de colocarlo al lado de Paco el flaco. En seguida comenzaron las risotadas del resto de la clase.
- ¡Pues no sé por qué os reís! -les reprendió la maestra. Pero en realidad sí que lo sabía y sería algo que comentaría después con sus compañeros durante el café, en la sala de profesores. "No tenía otra opción más que la de ponerlos juntos. Pero teníais que haberlos visto, ¡eran tan cómicos! A duras penas no me he reído yo también"
Paco el flaco intentó no intercambiar palabra con el gordito, al que llamaban Pepito. Sus padres habían intentado que su apodo al menos sonara a algo pequeño, ya que las grasas del infante decían lo contrario.
Pepito, en cambio, sí que tenía necesidad de hablar con alguien.
- ¿Y tú cómo lo haces para estar tan flaco?
Paco le miró sorprendido. ¿También lo iba a pisotear un recién llegado?
- ¿Y tú tan gordito? -le respondió con acidez
Pero Pepito no se molestó.
- No lo sé. Debe de ser un problema hormonal, porque yo no como tanto -dijo con sencillez
- No creo que esas grasas tengan mucho que ver con las hormonas. Yo, en cambio...
Y Pepito le entendió sin necesidad de que Paco tuviera que contar más.
- ¿Y se meten contigo por eso? -preguntó delicadamente el recién llegado
Paco asintió.
- Conmigo también. Pero, ¿sabes qué? Hagamos un pacto.
- ¿Un pacto? -preguntó incrédulo Paco
Pepito se puso serio:
- Un paco entre nosotros dos. Para que ya nadie mire nunca ni lo que a ti te falta ni lo que a mí me sobra. ¿Qué te parece?
A Paco le brillaban los ojos. ¿De dónde había salido aquel niño?
- ¿Qué se te ha ocurrido? -preguntó indeciso
- Cada vez que alguien se meta con nosotros, nos acordaremos del otro. Yo de ti, tú de mí. Y nos reíremos, ¡nos reíremos más que nadie!

Y desde aquel día se hicieron grandes amigos. No siempre consiguieron conservar la sangre fría como para reírse de todas las burlas, pero su amistad ganó todas las fases de la vida y no había nadie que viera a uno sin pensar en el otro. Entre ellos había algo tan especial que deslumbraba y no dejaba ver una nimiedad tan grande o tan pequeña como la cantidad de grasa que había en el cuerpo.
Y eso que era un problema hormonal.















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