- Entiendo -dijo el doctor con mirada profesional, ojeando al niño como si lo viera por primera vez. ¿Y ese es, según ustedes, el origen del problema?
- Bueno, no estamos seguro pero... -comenzó a decir la madre, pero luego no supo continuar
- Sí, sí, la entiendo -dijo el médico. ¡Todo influye! ¿no es cierto? Incluso esos locos del horóscopo, pronosticando el futuro por la configuración estelar del nacimiento. ¿Y quién sabe? Al cabo, se trata de configuraciones energéticas, campos de energía en el momento del nacimiento. ¡Campos de energía! ¿Me entienden ustedes? Y, por cierto, ¿de qué signo es el pequeño?
- Capricornio como... -comenzó a decir el padre
Pero una rápida mirada de su esposa le cortó. Pero el corte fue tan evidente que enseguida bajó la cabeza y terminó lo que su marido había comenzado:
- Capricornio, como mi padre, doctor.
El doctor le dio unas amables palmaditas en la espalda
- Claro, claro. No se preocupe usted más. Han dado con un médico que les entiende perfectamente.
Mientras toda esta conversación tenía lugar, Juan Sabelotodo les miraba con cierto desdén desde al lado de la ventana:
- ¿Y no querría usted saber cuáles son mis problemas, doctor? -le dijo
El doctor se había sacado un pañuelo del bolsillo y se lo había alcanzado a la madre de Juan, quien se sonó ruidosamente.
- Claro, jovencito. Nada mejor que ir a las cosas prácticas. Díganme, señores, cuáles son los síntomas del... ¿cómo diríamos?... de este caso de capricornismo sietemesino.
Aquellas palabras sonaban tan científicas que todos los adultos de la sala se sintieron mejor al momento, como si un gigantesco e invisible alcazeilser les hubiera bajado por la garganta.
- Juan Sabelotodo tiene un exceso de confianza, doctor -dijo el padre
- Tiene razón hasta cuando se equivoca -dijo la madre
- No sabemos que será de él
Aquí la madre no aguantó más y fue corriendo hasta su hijo.
- ¡Mi pequeño Juan! -y comenzó a llorar otra vez
El doctor sacó otro pañuelo de un paquete que había sobre la mesa y se lo dio a la madre.
- ¿Y tú qué dices, Juan? -preguntó el doctor
- Yo no digo nada, señor. Yo simplemente espero.
- ¿Y qué esperas? Eso sería una buena pregunta, ¿no te parece?
- No lo sé señor. A decir verdad, tampoco me importa. ¿Quiere usted recetarme algo o vamos a hablar un poco más?
El doctor no le miró más sino que se dirigió con aire decidido al padre.
- Lo que su pequeño necesita es un hobby. Fíjense en mi hobby, la fotografía... algo en lo que aspirar a la perfección.
- Tiene usted un bonito despacho -dijo la mujer, mirando las fotos en derredor.
- Son unas fotos excelentes -corroboró el padre
El doctor, instintivamente, miró a Juan esperando que este también dijera algo. Demasiado tarde se dio cuenta de su error.
- No querrá oír lo que tengo que decir -dijo el pequeño
Un escalofrío recorrió la espalda del doctor.
- Bueno, les acompañaré hasta la puerta y la enfermera les cobrará lo debido. No quiero entretenerlos más.
Con cierta brusquedad los acompañó hasta la puerta y los empujó hacia la enfermera. Luego volvió a su despacho y cerró la puerta con llave. Rápidamente fue hasta la mesa para sacar un pañuelo del paquete. Sentía que le temblaban los pies y que los ojos se le llenaban de lágrimas.
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