miércoles, 23 de julio de 2014
El profesor
- Para mañana sin falta quiero esta tarea -les dijo con gesto serio. Y, sin embargo, no había nadie escuchando. - ¡Pasaré lista y quien no la tenga hecha se va a acordar! -advirtió Los niños se tiraban entre sí aviones de papel. Esto, los más avispados. Otros tantos estaban sentados en corrillo y ni siquiera levantaban la mirada para mirar al único adulto de la sala. En la esquina de más allá había otros tantos enfrascados en sus móviles, escribiendo mensajes o leyendo complacidos lo que otros les enviaban. - ¡Mira, mira esto que me acaba de llegar! -decía aquel mientras agarraba de la manga a su compañero. El profesor sabía que, de toda aquella banda de salvajes, solo uno le escuchaba, solo uno le miraba con atención y haría la tarea en el plazo previso. Pero, precisamente porque contaba con ello, no quería desviar la mirada hacia él. Hubiera sido el colmo de la humillación: que de entre los veintiycuatro alumnos solo se pudiera enfocar en uno. Bastaba con que lo hiciera una vez para que los niños ya perdieran el poco respeto que le tenian o, tal vez, temía perdérselo él mismo. Siempre había querido ser profesor. - Transmitir el saber. ¿Qué puede haber más hermoso? -decía en sus primeros años de carrera. Por ello preparó las oposiciones conciencudamente y, si bien no pudo sacarlas en la primera convocatoria, sí lo hizo en la tercera. En medio los años se habían corrido como un confeti de fin de año que todavía, tras siete horas en las que la fiesta ya había terminado, seguía cayendo. Y en medio ejerció todo tipo de trabajos, pero ninguno le acercó a la tan querida enseñanza: pintor de brocha gorda, dependiente en un mac donalds, sepulturero... Y cuando por fin había logrado la plaza, encontraba que sus ilusiones habían volado más que las leyes y costumbres del país. Las costumbres de los niños eran bárbaras, desobedientes, libérrimas. Y las leyes estaban hechas de tal forma que el profesor no podía hacer gala ni de las más mínima autoridad, bajo riesgo de cuantiosa multa, expulsión o incluso cárcel. - Pues hasta mañana, entonces -se despidió por fin de su clase. Con un silencioso suspiro cogió su cartera y se marchó. Pero no había avanzado ni dos pasos cuando alguien lo llamó: - Profesor, ha dicho la página pero no qué ejercicios quiere que hagamos. ¿Los hacemos todos? Y a él no le hacía falta darse la vuelta para saber quién era el que le estaba hablando. Pero lo hizo. Solo que no enfocó en el pequeño sino en un punto lejano situado a espaldas de aquel, como si en realidad le interesara algo que ocurría a sus espaldas y no el interés del único estudiante con el que contaba. Aquella tarde llegó a su casa y se tumbó vestido en el sofá. Tenía ganas de llorar, pero no sabía cómo empezar. ¿Tal vez podría comenzar a beber? Fue hasta la alacena y se sirvió un whisky. Sería el primero de una parsimoniosa pero constante carrera hacia la desesperación que, diez años después, acabaría con su vida. Aquella tarde el niño también llegó a su casa. Después de recoger sus libros, saludó a su hermano enfermo y ayudó a su madre a recoger la casa. Cuando llegó su padre del trabajo, negro por la grasa de los automóbiles, fue él quien le alcanzó un cerveza. - Siéntate un poco conmigo, anda- le animó su padre Tenía el rostro cansado pero cariñoso. - ¿Qué tal el colegio hoy? - El profesor no sabe dar la clase. Aún sigue esperando que alguien la de por él.- contestó
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