miércoles, 9 de julio de 2014

El túnel

Había una vez una habitación oscura donde la familia de ratoncitos se refugiaba y dormía. Era una habitación grande y siempre sumergida en penumbra. - Pero no siempre ha sido así -les explicaba el abuelo ratón a sus inquietos nietos. - ¡Cuéntanos la historia del gigantón quesarius otra vez, abuelo! -le gritaron los pequeños ratoncillos. El viejo carraspeó un poco y se arrancó un pelo blanco que le salía sobre el morro. - ¡Ay, este todavía no estaba maduro! -dijo el abuelo con el pelo en la mano. Los pequeños se rieron - El gigantón quesarius era un gigante que siempre vivía en la oscuridad y perseguía a los ratones perdidos. Por eso no es bueno que os separéis de vuestra madre, ya lo sabéis. - ¿Es muy malo el gigantón quesarious? -preguntó uno de los ratoncitos por enésima vez. - No es tan malo como pretende, pero es grande, torpe y, sobre todo, no ve bien. Por eso nuestro rey hizo que todos nuestros pasillos estuvieran iluminados, hasta la despensa más olvidada. Y por eso, desde hace generaciones, hay un cargo especial entre los ratones de este reino: el de iluminador jefe de las cámaras. Como sabéis, yo mismo ocupé el cargo durante mucho tiempo. - ¿Cuándo te vas a morir, abuelo? -preguntó el ratoncito más pequeño de todos. El abuelo rió con voz cascada antes de responder: - Más pronto de lo que quisiera y más tarde de lo que tú imaginas. Pero, ¿queréis que siga contando la historia? Todos gritaron un gran “sí”, como era de esperar. - El gigantón no podía soportar la luz y, por eso, todas las salas de la ratonera real estaban iluminadas. Todas menos una, pues el rey dispuso que allí donde íbamos a dormir no había de haber ninguna luz... y ningún gigante. En cuanto el gigantón quesarius se atreviera a entrar en esa sala, entonces habría más luz que en ninguna otra. Y yo, aunque no he visto al gigantón, os confieso que sí he visto en una ocasión como la sala se iluminaba de repente, despertándonos a todos. - ¿Y el gigantón no estaba? -preguntó temeroso uno de sus nietos. - Se había ido corriendo antes de que pudiéramos echarle ni siquiera una ojeada. Y, creéme, yo que era joven e imprudente, bien me entristecí de no poderlo ver. Pero uno no puede tener todo lo que desea en esta vida. Más arriba, justo encima de la habitación en penumbras, había una vieja granja. Y, en el salón, una vieja mesa que nadie había movido nunca. Hasta que llegó la nuera, jovencita rubia de nariz respingona y con ganas de adecentar la vieja casa de su joven esposo - Vamos a limpiar bajo la mesa -dijo con una sonrisa. Y antes de qu esu marido pudiera rechistar, ya la estaba empujando. - Te ayudaré -le dijo el joven, temeroso de que su madre los encontrara revolviendo una casa que más tenía por museo que por vivienda. Y, entonces, al mover la mesa, un agujero quedó al aire libre. Por allí entró la luz como un rayo de esperanza. - ¡Abuelo, mira, la habitación se ha llenado de luz! -exclamó uno de los ratoncillos.

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