jueves, 10 de julio de 2014
El peine mágico
Una vez un gato se encontró con una cosa que... bueno, el gato en cuestión era un gato más peludo. En la mayoría de los gatos, eso no es un problema, pues les gusta acicalarse y pasarse la lengua por todas las partes de su peluda piel, sin importar el tiempo que pudiera llevar. Pero con este gato era diferente. Le llamaban “el salvaje”, pues más parecía un gato bajado de las montañas que un minino urbano. Nunca se peinaba. Y menos aún se limpiaba con la lengua. Así que las mudas de pelo se iban acumulando en una gran pelusa que contenía desde las ramas de los árboles a los que el gato había escalado hasta la tierra por la que se había arrastrado. Era un gato muy sucio y, además, indiferente hacia el efecto que su suciedad pudiera causar en los demás. La madre de “el salvaje” ya era una gata vieja y, en su tiempo, había sido una preciosa gatita de la alta sociedad gatuna. Pero aquello era agua pasada y el tiempo no había sido misericorde con ella; le faltaba un ojo y cojeaba. La sarna había hecho presa en parte de su piel y se antiguo pelaje hermoso presentaba claros inesperados. Pero ella la que más insistía para que “el salvaje” tuviera un aspecto más presentable. Pero ni siquiera a ella, ni siquiera a su propia madre, hacía caso “el salvaje”. Comenzábamos la historia con algo que se encontró el salvaje. ¿el qué? Ya podéis ir adivinándolo: ¡un peine! Era un peine dorado y con aspecto de nuevo. De hecho, parecí aestar invitándo al que lo cogiera a que lo usara. Pero el salvaje no se dejó tentar; en su lugar, se lo llevó a su madre - Este no es un peine cualquiera, chiquitín. Esto es un peine mágico. ¿No quieres usarlo? Serás el gato más apuesto de todo el vecindario. Pero el salvaje la miró con gesto insolente. - hace falta algo más que un peine mágico para que cambie mis costumbres- sentenció. Así que fue su madre quien acabó con el peine mágico. Y, ¡oh, milagro!, al poco le desapareció la sarna y su pelaje volvió a ser suave y lustroso. Y también la cojera fue desapareciendo, como si nunca hubiera estado allí. ¡Hasta el ojo tuerto comenzaba a sanar! Ella misma se sentía rejuvenecer. Los gatos, incluso los jóvenes, le maullaban tantas serenatas nocturnas que los vecinos tuvieron que llamar tres veces a la policía en una sola semana. El hijo, aunque enterado de lo bien que le parecía ir ahora a su madre, no expresó ninguna opinión más que un indiferente: - Ya es mayor para hacer lo que le gusta fue todo lo que le dijo a su tío, quien andaba preocupado por la nueva adolescencia que parecía haber invadido a su hermana. Y, sin embargo, todo aquel milagro se esfumó en apenas un instante cuando un coche atropelló a la madre del salvaje. El golpe la lanzó hacia la cuneta, y allí, a la vista de todos, se podía ver a la madre del salvaje en su estado más natural: tuerta, coja, la piel sarnosa...la muerte igualaba a todos y no había magia que pudiera con ella. Pero algo si cambió: en el entierro de su madre, apareció unj gato guapo y joven, acicalado y emperifollado. Las gatitas se sintieron inmediatamente atraídas hacia él, pero el gato solo tenía ojos para la difunta. Porque era el salvaje, que por fin había abandonado sus costumbres. Aunque solo fuera por una tuerta, coja y sarnosa gata que fue enterrada junto a un peine dorado.
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