lunes, 7 de julio de 2014
don orejas se escapa
Don orejas era el conejo de la guardería. Lo habían comprado algunos profesores en una granja cercana, y les había gustado porque parecía muy pacífico. Y era verdad. Don orejas era un conejo muy pacífico; le gustaba tener cada comida a sus horas, dormir la siesta cuando se presentaba la ocasión y mordisquear las hojas frescas que los niños de la guardería le traían de vez en cuando. - Que no se os ocurra abrirle la jaula al conejo -decía el guardián de los niños, preocupado porque don Orejas se escapara. Pero don orejas no tenía ganas de salir a recorrer el mundo o, al menos, no se lo había planteado. Ya le era bastante divertir a los niños en sus recreos: por la mañana, dos recreos cortos, uno por cada grupo. Y por la tarde, mientras los niños esperaban que los vinieran a recoger sus papás. Así que incluso aunque los niños juguetearan con el candado y la puerta se abriera en ocasiones, don Orejas no salía. Pero, en una ocasión, los niños se dejaron la puerta abierta... ¡un viernes! Sí, un mismísimo señor viernes-por-la-tarde, de esos calurosos en los primeros días del verano, de esos en los que todos están pensando más en el fin de semana que en los días de la semana, de esos en los que muchos se van corriendo lo más cerca posible del mar, insensibles a muchedumbres, colas u olores a gasolina, porque sienten que el mar les llama. Pero don orejas no se dio cuenta de que tenía la jaula abierta hasta el día siguiente, el sábado. Era un sábado tan tranquilo que si lo describiera con palabras, estas se quedarían dormidas o se estirarían como gatitos perezosos tomando una nueva postura en el sofá de casa. ¡La puerta abierta! Y nadie alrededor. ¿Y no había un matorral de frescas hojas a poca distancia? Don orejas salió cautelosamente de la jaula, ¡ya volvería un poco más tarde! Fue hasta el matorral y rápidamente se puso a mordisquear las hojas más frescas. ¡Qué ricas estaban! El matorral nacía en el exterior de la valla que rodeaba el jardín de la guardería, así que don orejas quiso probar las hojas que estaban al otro lado que, como suele suceder con lo que parece inalcanzable, parecían más apetitosas. Y aquí el conejo tuvo suerte, porque bajo la valla corría un pequeño agujero que rápidamente don conejo supo agrandar. Pero una vez fuera no le apeteció tanto comer hojas como seguir explorando los alrededores. Y así fueron pasando las horas, hasta que llegó la hora de comer y don orejas sintió la necesidad de volver. “mejor después, aprovechemos el día hasta el final”, se dijo La tarde dio lugar a la noche. Don orejas aún veía la guardería en la distancia, pero no sabía qué hacer. En estas, se encontró con un topo que asomó la cabeza por un pequeño agujero. - hola -le dijo el topo- ¿eres nuevo por aquí? -preguntó amablemente - Vengo de aquella casa, donde me dan de comer cada día, y se cuidan de que lo tenga todo. A cambio, solo tengo que jugar y dejarme sobar un poco cada día por los niños. Pero muchas veces es divertido. En la voz de don orejas había algo de nostalgia, así que el señor topo le preguntó: - ¿Y por qué no vuelves? Parece que tenías una buena vida allí - ¡Ay! -se quejó don orejas- Y tanto que me gustaría. Pero, de alguna forma, ya no puedo hacerlo. Mis músculos no me obedecerían. No me queda otra que seguir correteando por aquí y por allá. - Pero este mundo es muy peligroso para un conejo -le advirtió el topo- cualquiera puede capturarte, por no hablar de los gatos callejeros o de los perros que no respetan a sus dueños. El conejo suspiró aún más fuerte: - Lo sé, lo imagino. ¿Crees que no tengo miedo? Pero ya no me queda otra: debo vivir como me manda el sol, la tierra y la angustia de la existencia. Solo así podré morir tras haber vivido. Y el topo le dejó solo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario