martes, 8 de julio de 2014
El instalador
- Le hemos llamado porque, otra vez, tenemos una infección. - Todavía no ha pasado un año desde la última vez que vine. Y dejé el lugar bien limpito -dijo él con severidad - Ha sido todo culpa nuestra -se apresuró a responder el gerente de la empresa “Basuras espaciales”. - Han sido ustedes descuidados. Esto es lo que pasa al ser descuidado. El otro no respondió, sino que miró al suelo en señal de humildad. - No se haga el humilde. Ya me los conozco a todos. Pero no perdamos más tiempo en palabras. Enséñeme la fuente del problema. El insectívoro asintió. Entre los suyos, era un enano; pero al lado del instalador era casi un gigante. El instalador era un hombre fornido, uno de los pocos que quedaban de la raza humana. Era bajito y musculoso, y su pelo largo le caía sobre los hombros. Y, al mismo tiempo, tenía una barriga cervecera oronda. El gerente le llevó por los pasillos putrefactos de la instalación. Todo lo que podía estar sucio, estaba sucio: las tuberías grasientas, telearañas espaciales y un aire fétido. - Por aquí todo parece en orden -dijo el instalador - El problema ha surgido donde menos lo esperábamos, justo en las letrinas. Los insectívoros llevaban años viviendo en aquella base espacial. Si había algo que a un insectívoro le gustaba más que darle gas a las motos espaciales era hacer aguas. Por ello las letrinas ocupaban un lugar especial en todas las bases donde se habían instalado. Estas desembocaban en un gran pozo negro desde donde se bombeaba la pobredumbre a las principales redes fluviales del planeta. La labor de los insectívoros era la de destruir planetas. Era un trabajo importante. Pero hasta que conocieron a los humanos, habían sido lentos. “Descuidados” habría dicho el instalador. Los humanos eran mucho más metódicos y eficaces, en lo que a contaminar se trataba. Y sí, allí estaba el problema. - Es mucho peor de lo que me había imaginado -confesó el inspector - ¿Pero podrá usted arreglarlo? - Llevará más tiempo, pero todo se andará -pero, al tiempo que pronunciaba las palabras, se preguntó por un momento si de verdad valía la pena aquel trabajo. Era una pequeña voz, aquella que los antiguos llamaban “conciencia” y que desde la autoaniquilación del planeta tierra era cada vez más débil. - Todo se andará -repitió el instalador con un deje de agresividad. Porque estaba decidido a acabar con aquella infección, por muy grande que fuera. y es que delante de él, sobre una letrina, sobrevolaban las hadas del planeta, hadas dulces y delicadas de cuerpos infantiles y miradas inocentes, plantando flores por doquier, riéndose en medio d esu desgracia. Luchando contra lo inevitable.
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