jueves, 24 de julio de 2014

el monje

Caminaba sin hacer ruído entre la multitud. Y no veía rostros alrededor suyo, sino... Antes de decirlo, ubiquémosnos: en el centro de la ciudad europea hay una gran multitud de turistas, de tenderos y de locales. También hay ladronzuelos disfrazados, mendigos (también disfrazados), prostitutas (disfrazadas) y policías (disfrazados). Y entre todos aquellos caminaba él. Llevaba una campera con capucha que escondía sus facciones: pero aquellas eran jóvenes y hermosas. Tenía una nariz cesárea y unos marcados y masculinos pómulos, ojos finos hundidos allá en lo hondo, cejas como arcos triunfales ante la caverna de un misterio. - ¿Quieres follar? -le preguntó una joven eslava de pelo negro y no más de veinte años. “Posiblemente ni siquiera dieciocho”, pensó él durante un instante. Negó con la cabeza e iba a seguir su camino cuando la otra le interpeló otra vez. - ¿Y por qué no? -insistió La pregunta debía de ser buena, porque por un momento se quedó confundido, sin saber qué decir. - No quiero -acertó a decir Y siguió su camino. Ella le siguió con la mirada y pronto olvidó al joven. Debía de buscar nuevos clientes. Pero él no la olvidó a ella. ¿Y por qué no? “No puedo ponerlo en palabras”, se dijo Porque en la interpelación de la joven, en su franqueza para tener sexo, había algo desgarrado. ¿Se puede desgarrar la realidad? Miró con ojos curiosos la calle que se extendía a sus pies, miró a los turistas sonrientes en las terrazas, a los siempre trágicos mendigos, miró los escaparates relucientes con fotos de tatuajes, miró al joven que, sobre un alto tahurete, hacía de guadia frente a una puerta osbrillante. ¿Adónde llevaría esa puerta? “Será una discoteca o cualquier otro antro parecido” En realidad, no tenía tanta curiosidad, porque sabía cómo eran esos locales por dentro. Durante mucho tiempo los había frecuentado. Pero no hoy. Aquel día hacía sol y, sobre todo, reinaba el silencio. Se metió por una pequeña calle y le llamó la atención un mendigo solitario que pedía ante dos grandes puertas. Levantó la vista. Era una iglesia alta y antigua encajada entre modernos edificios. “Posiblemente sea el edificio más antiguo de la zona”, se dijo Y entró. Aunque solo fuera para contemplarlo. Dentro estaban diciendo misa ante una decena de feligreses. Olía a limpio. Y se sintió en casa.

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