miércoles, 6 de agosto de 2014

El camping fantasma

No sabría decir cómo llegué allí. Tal vez lo buscaba. Tal vez necesitaba creer que existía un lugar donde podía vivir de la forma más simple posible. Y sin renunciar a los caprichos culturales del higiene; había de ser un camping. Y, sin embargo, fue algo inconsciente porque en ningún momento me paré a decidirlo. La vida urbana me fue desgastando poco a poco y, sin proponérmelo ni demasiado en serio ni demasiado en broma, acordé conmigo mismo en largarme. El plazo de dos meses que me di me sirvió para buscar el lugar. Y repito que no sabría decir exactamente cómo llegué allí. En el mapa no aparecía; pero después de encontrarme cerrado aquel al que me había propuesto ir, comencé a preguntar. ¿Un camping? Nadie sabía nada. Y en aquella gasolinera un niño se me acercó, un niño inocente salido de quien sabe dónde, y me dio aquella pista: - Si sigue buscando un camping, ha de seguir la carretera del noroeste y desviarse en la fábrica abandonada, en dirección a la playa. Fueron datos precisos. Le agradecí al pequeño su insolicitada ayuda y le compré un helado. Cuando me volví hacia él para dárselo, ya no estaba allí y, lo más extraño, nadie parecía haber reparado en él. La fábrica abandonada era fácil de reconocer: enorme, mausolónica, esperpéntica. Era una herencia del pasado comunista del país y hoy se oxidaba en medio de una carretera que conducía a los pueblos perdidos de las montañas. Pueblos a los que nunca llegó el viento de la historia, ni de las guerras mundiales ni de las ideologías anti-humanas que arrasaron con el país. La carretera se suponía que había de comunicarlos con el resto del país. Pero no querían industralizarse. Cuando la carretera llegó al pueblo, movieron al pueblo aún más al interior para que no los contaminara el hombre del valle. La bifurcación de la vieja fábrica también parecía adentrarse en aquel territorio salvaje dentro de un país de salvajes, solo que corría hacia la costa como buscando suicidarse cayendo por uno de los famosos acantilados del país. - No hace falta ir al Amazonas para buscar a los salvajes -murmuré para mí cuando descubrí unos pastores y un rebaño de ovejas a contraluz en lo alto de una colina. Y tal vez fueran imaginaciones mías, pero me pareció que, tras avistar mi vehículo, se apresuraron a desaparecer de mi vista. Y así llegué al final de la carretera. Un cartel caído anunciaba un camping. “No aparcar, no haga fuego”, decían las señales. Dentro los árboles estaban caídos, los matorrales colonizaban lo que antes debía de ser la zona de acampada. El bar tenía el techo derrumbado sobre la barra, los muros estaban cubiertos de un tipo de hiedra salvaje. Los baños estaban deshechos. Y yo me sentí, por fin, en casa. Solo había que esperar a la noche para comenzar la fiesta de bienvenida. Una fiesta que yo daba para todos los que, como yo, eran fantasmas.

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