domingo, 10 de agosto de 2014

El error de la ardilla

Era uno de los bosques más antiguos del continente europeo. Allí estaban algunos de los árboles más viejos, descendientes directos de los primeros que habían colonizado europa. Sus cortezas se vestían de un musgo verde muy suave. Sus raíces bebían de la tierra como gusanos de cuello hercúleo congelados el enterrar la cabeza. Y a sus pies corrían ratoncillos silvestres. En lo alto del follaje, entre las ramas, pájaros de mil especies diferentes entonaban sus trinos, construían sus trinos y enseñaban a sus pequeños a mirar al cielo, no a la tierra. Y también había ardillas. Eran más oscuras de lo normal, grandes y peludas. En aquel lugar eran pocos los que sabían del homo-sapiens. Era aquel un valle perdido dentro de un gran parque natural donde solo había algunos pueblos aislados. Los únicos que sabían bien de la existencia del bosque eran los satélites. Pero a éstos les interesaba más la contención de incendios en valles vecinos y las tropas militares que estaba moviendo el país de al lado. De vez en cuando aparecía un biólogo por allí. Nunca venían en grupos de más de 3 personas. Entre ellos el bosque se intentaba mantener en secreto: “Cuanto menos lo sepan, mejor”, decían los que habían descubierto lo añejo del lugar y su condición aislada. Los animales los confundían con ardillas sobrecrecidas y no les hacían mucho caso. También las ardillas les tomaban por compatriotas de tamaño imponente. Les evitaban por instinto antiguo, pero no por pavor. Una joven ardilla, sin embargo, siguió en una ocasión a un grupo de biólogos donde también viajaba una joven de grandes gafas y mirada curiosa. Siempre iba a la cola del grupo y la ardilla no tardó en jugar con ella. La joven, encantada, le ofreció un poco de pan. Ofrecer comida a los animales de aquel bosque estaba prohibido por la pequeña comunidad de biólogos que conocía el lugar, pero la joven acababa de llegar y, la verdad, se sentía sola. Cuando volvieron, ya no eran cuatro en el coche, sino cuatro bioólogos y una ardilla que había hecho amistad con una chica de gafas grandes. La ardilla fue la mascota querida de la chica. Y la joven por fin decidió ponerse lentillas en lugar de aquellas tremendas gafas de pasta negra, tal vez movida por autoconfianza que le brindaba la ardilla. Los chicos comenzaron a interesarse por ella y consiguió un buen novio que trabajaba en la administración. Un día la joven fue a verle a la oficina con la ardilla en su hombro. Un oficial administrativo, al ver al animal, se interesó por su origen. Como aquel era jefe de su novio, la joven no se atrevió a esconderle los detalles. Y así fue como el bosquecillo acabó bajo el peso y la proteción de la todopoderosa administración: a su entrada se instaló un centro de visitantes y, cada año, venían cientos y miles y cientos de miles de turistas de todas partes para ver al último de los bosques de europa. También se creó un restaurante. Los residuos que generaba toda aquella actividad se llevaban a otra parte, o así debía de haber sido. Pero la falta de un pequeño papelito administrativo provocó que se acumularan “in situ” durante años, hasta que ya fue costumbre. Y los animales del bosque aprendieron a conocer al “homo-turista” que les daba de comer a cambio de una fotos. Era un bosque moderno. Lo triste de esta historia es que nuestra joven de grandes gafas rompió con su novio cuando descubrió que aquel se veía también con otra chica que poseía una bella serpiente amaestrada.

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