sábado, 23 de agosto de 2014
Knowledge gap promise La pantalla
Cada vez pasaba más tiempo en el cuarto. Pero mientras que todo el mobiliario recogía polvo y las ropas se extendían por los lugares más inusitados, la pantalla del ordenador siempre permanecía limpia. - ¿cuándo vas a recoger tu cuarto? -le preguntaba su madre - Mañana, mañana... -respondía él, invariablemente Y así pasaban los días, las semanas, los meses. - No quiero violentarle. Aún está digiriendo mi divorcio con su padre -se excusaba su madre ante sus amigas, al mismo tiempo que fumaba nerviosa un cigarrillo. Y no se daba cuenta de que el local contaba con una cámara de seguridad que, en aquel momento, la enfocaba a ella. El padre tampoco hacía mucho caso. Los viernes se iba a buscar compañía a la casa de campo y se lllevaba las putas al mismo cochambroso hotel. Donde también había cámaras de seguridad. - ¿Sales hoy? -le preguntó en una ocasión Daniel, quien hasta el día del divorcio de sus padres había sido su mejor amigo. Pero Rafael se había ido distanciando de todo y de todos. - Tengo trabajo que hacer -y luego colgó el teléfono y se quedó otra vez mirando a la pantalla del ordenador. Su amigo Daniel tenía una web cam en su ordenador. Cuando el piloto de la misma estaba apagado, Daniel suponía que la cámara no estaba funcionando. Otra vez llamaron desde el colegio. - Me gustaría que habláramos sobre su hijo -le dijo doña Mercedes a la madre de Rafael. La conversación tuvo lugar a puerta cerrada. No había nadie más que ellas dos en el cuartito. Sobre el despacho que las separaba, el ordenador parecía apagado. - Las notas de su hijo han empeorado sensiblemente -le informó la profesora - ¿Puedo fumar aquí? -preguntó la madre - Me temo que no está permitido. - Es por culpa del divorcio... -comenzó a explicar la otra. Rafael apenas salía del cuarto. No lo recogía ni limpiaba. Hacía la tarea de clase rápido para sentarse otra vez frente al ordenador. - Está flipado con internet -decía una antigua novia La pantalla del ordenador no tenía ni una mota de polvo. Antes de encenderla, Rafael la limpiaba religiosamente con un trapito y un poco de agua. Y todas aquellas cámaras que se comunicaban con él a través de internet, todo ese espionaje silencioso que hacía sobre las vidas de los demás (pues había pirateado todos los sistemas informáticos ligados a la vida de sus conocidos), todo aquel mundo digital le hacía sentirse, cuando se sentaba frente a su gran pantalla-sin-una-mota-de-polvo, le hacían sentirse como un Dios escondido. Todo un dios. Y se sabía miserable.
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