lunes, 11 de agosto de 2014
El hotel espacial
- Ya nadie viene por aquí, lo sabes muy bien, ratatún - Algo está fallando, solo que no logro saber muy bien de qué se trata -respondió Ratatún, la pulga mayor del barco. Se encontraban cerca de la nuca. Su nave aún estaba pegada a un pelo allá en lo alto. Brillaba a la luz, mientras que la cabaña que habían construído para los turistas estaba más en la penumbra, casi casi en el cuero cabelludo del Cromagnon que, sin saberlo, las portaba. - Ellos se llevan casi todo el negocio. A nosotros solo nos llega, y muy esporádicamente, gente que viene por la otra ruta. - Esa ciudad tiene menos futuro que nosotros -dijo Ratatún. Al cromagnon se le había comenzado a caer el pelo a solo unos centímetros de donde estaba emplazada la ciudad. Incluso había partes de ella que estaban permanentemente iluminadas. En cuanto el portador las descubriera, morirían. La emigración de la ciudad les había favorecido inicialmente, pues muchos paraban allí antes de continuar viaje hacia tierras más frondosas. Y Farancio, el pesimista compañero de negocios de Ratatún, quedaba encandilado con los modelos de naves que traían los urbanitas: brillantes, grasientas y aerodinámicas. Pero ya ni siquiera llegaban muchos de la ciudad, el flujo se había ido acabando. Sin embargo, aún llegaban muchos turistas por el camino, pues aquella zona decía tener la mejor sangre de toda la cabeza y en el bar la extraían a bastante profundidad gracias a unos aparatos que sondeaban a gran profundidad sin causar apenas picor que les pusiera en peligro por parte del Portador. - ¿No viene gente por ahí? En efecto, por el viejo camino llegaban saltando unos turistas. Con señas los atrajeron al local y les invitaron a tomar algo. - Vienen tan poquitos hoy en día que nos gustaría invitarles -ofreció Farancio Farancio era todo sonrisas, pero Ratatún aún les miraba con cierta desconfianza. - No sabíamos que había un bar por aquí -explicaron los recién llegados- Ya hemos comido antes en el bar que hay más abajo - ¡Malditos! -exclamó entre dientes Ratatún - ¿Pero no han visto uds. nuestra lista de precios? -inquirió Farancio - Sí, pero creíamos que era la del otro bar -respondieron los turistas- Y por eso nos pareció extraño que todo estaba más caro que lo anunciado por la lista de precios - ¡Son nuestros precios! Así se llevan todo el negocio - ¡Malditos! -rezongó otra vez Ratatún - ¿Y por qué no lo ponen ustedes más claro? Que se sepa que hay otra cabaña más arriba con esta sangre estupenda que, por cierto, sabe mejor que ahí abajo - ¡Pues no podía ser de otra manera! -exclamó Farancio Cuando los turistas se fueron, Farancio preguntó a Ratatún: - ¿Y no deberíamos arreglaro el cartel ahí abajo para que supieran que estamos aquí? - ¿Y de qué serviría? -preguntó Ratatún con desdén. No... algo está fallando y no sé muy bien de qué se trata -dijo, sin querer ver otra cosa que no fuera su propio hundimiento
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