jueves, 21 de agosto de 2014
action and writing gaps El sabio gran conejo
Escapó corriendo de la madriguera: los oía llegar. Debían de ser la jauría de jóvenes galgos, rápidos y hambrientos, que el nuevo conde había hecho traer. El gran conejo tenía razón. También tendría razón en sus consejos, así que se metió en el agua y caminó con dificultad por el lecho del riachuelo, a veces saltando entre pequeñas piedras que sobresalían un poco, a veces mojándose y moviéndose con dificultad, con solo la cabeza para respirar. Unos 20 metros aguas abajo volvió a salir. Se sentía exausto, pero corrió hacia la madriguera del gran conejo. Aún estaba a unos cien metros cuando se enredó con unos tallos sin hojas ni flores que rodeaban la casa del sabio. Al mismo tiempo sonaron unos golpes opacos, extraños en el bosque. ¿Podría ser que estuviera relacionado con su intento por desenredarse? Como quiera que fuera, el gran conejo supo de su presencia y se acercó a él mientras luchaba por quitarse el último de los tallos muertos de sus pies. - ¿Vienes de visita? En la lejanía se oían los perros, pero esta vez ya no se acercaban y, como siempre le pasaba en presencia del gran conejo, sentía una extraña paz. No podrían llegar hasta allí. Estaba a salvo. - Hacía tiempo que quería venir. Hoy me ha parecido que hacía un tiempo excelente para pasear -dijo a medio resuello- - Yo mismo estaba pensando en ir a tu madriguera. Me aburro en este agujero. Pero así he de pasar los días de mi maldición, ¿no es cierto? La maldición. Todos los animales de aquella parte del bosque respetaban al gran conejo y por eso mismo le mentían piadosamente cuando trataba el tema de la maldición, el único tema loco en un conejo, por lo demás, tan cuerdo. - Claro, la maldición. Debe de ser difícil -le contestó el joven conejo. Y el gran conejo le miró con ironía. Adivinaba que la fe de sus amigos no era más que una vacía cáscara caricativa. ¿Y qué más le daba? Ellos no se daban cuenta, pero las diferencias entre aquella parte del bosque donde habitaba y las demás era abismal. Sin darse cuenta, los animales que convivían con él habían aprendido infinidad de cosas. - Justo ahora iba a dormir mi siesta. Pero considérate en tu casa -dijo el gran conejo con suavidad. Se durmió con mucha paz. PAra desencantarle no había más que esperar a que una niña se acercara por aquellos lares. Había una con la que solía jugar y que había, poco a poco, atraído hacia su madriguera. Para una niña dar un beso a un conejo sería algo de lo más natural. Le despertó el joven conejo con un empujón. ¡Estaba nervioso! - ¡Gran conejo, despierta! No te vas a creer lo que me ha pasado. Mientras tú dormías ha venido una niña humana. Yo no quería dejarte solo así que me he puesto a tu lado, dispuesto a defenderte. Pero ella solo tenía ojos para mí. De repente me ha cogido y ha comenzado a acariciarme. ¡Se sentía tan bien! Pero luego ha hecho una cosa muy desagradable. El gran conejo ya estaba totalmente despierto. - ¡Continúa! -le exigió - Pues ha pegado su boca a mi piel, ¡qué asco! Así que le he dado un mordisco en la nariz como respuesta y se ha ido corriendo. ¡Ya ha pasado el peligro! Pero confieso que aún estoy asustado. ¿No te alegra que te haya defendido tan bien? Es lo menos que podía hacer con todo lo que me has enseñado, gran conejo. El gran conejo no respondió sino que se fue a su madriguera cabizbajo. Y no por última vez, deseó que los conejos pudieran llorar.
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