viernes, 22 de agosto de 2014
Knowledge gap action and writing La cárcel
Knowledge gap action and writing La cárcel Oía como, en el cuarto de al lado, los niños gritaban. Bastaba conque uno lo hiciera para que el resto le siguiera la corriente. Afuera el tiempo seguía nublado, menudo Agosto estaban teniendo. En la mesa había plantas de interior, tantas como para que ya no fuera tanto una mesa como un reposa-plantas. Había limpiado culitos, secado moquitos, cambiado pequeños calcetines. Pequeñas caras le habían sonreído, le habían llorado. Rostros inocentes e instintivos, el hombre como un animal indefenso. “¿Me ayudas?” decían los ojos de los mudos, de los que absorvían cada día palabras, conocimiento y, sobre todo, sentimientos. Aquel no sabía andar y se agarraba a tus pantorrillas como si fueran las columnas de hércules, para acá el conocido mediterráneo, más allá el fiero y desconocido atlántico. De repente se abrió la puerta. ¿Es que no podían dejarle en paz ni siquiera un momento? - Estás aquí -dijo una voz conocida. Era su compañera, la más joven del equipo, apenas 30 años y un cuerpo tentador. Pero no había más que hablar un rato con ella para olvidar su atractivo. - Tomándome un café -respondió, sonriéndole. Ella sonrió a su vez - Es una suerte para nosotros tenerte aquí ¿Pero cómo podían decirle cosas así? ¡Soy un monstruo! Eso era lo que su interior le gritaba. Pero de alguna forma las palabras nunca llegaban a coger aire, tropezaban con la lengua, con los dientes o con los pensamientos. Al final nadie sabía lo que pensaba. Tal vez ni siquiera él mismo. - ¿Qué planes tienes para el fin de semana? -preguntó, apartando con pretendida humildad el tema de “qué gran suerte que estés quí, con nosotras, que todo somos chicas desquiciadas, madres que no tienen solo que cuidar de sus pequeños cachorros sino también de estos” - Aún no lo sé. ¿Qué harás tú? -preguntó ella ¿Era posible que estuviera ligando con él? Entonces era el momento de soltar la declaración que había estado preparando. - Hay algo que quería decirte hace tiempo. Cuando te hablé de las mujeres que había conocido en Singapur, en realidad no eran mujeres. Eran hombres. Silencio tenso. ¿Se lo tragará? Le está mirando con incredulidad y por las comisuras de sus labios parece que asoma una sonrisa. Por fin traga saliva y dice lo esperado: - Eso no parece una gran noticia. Supongo que hacía tiempo que tenía que haberme dado cuenta. Luego recogió algo más en la habitación y salió. Tenía el corazón roto. - ¿Sales de su habitación ahora? - Cada vez aguanto menos a ese viejo verde. En esta residencia solo nos traen a los locos. - ¿Qué ha hecho esta vez? - nada, lo de siempre. Se me queda mirando mientras recogo sus pañales y parece disfrutar con cada uno de mis movimientos, como si estuviéramos amigablemente hablando. - No te quejes. A ver cómo llegamos nosotras a los ochenta.
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