-Mamá, estoy cansado cansadito.
-¿Qué te pasa cariño?
Que me he despertado a las 2,30 de la mañana y no me he vuelto a dormir. Una hora después, mamacita, me he levantado y he leído una novela estúpida hasta bien tarde.
- Las novelas estúpidas, bebecito, que se la queden los estúpidos.
Hay que ser cretino, perdiendo el tiempo.
¿Por qué me creo el señor de mi tiempo? Soy el derrochador de un bien ajeno, a saber, el tiempo que se le asignó a este cuerpo y a esta mente para que produjera algo... algo fuera de sí, no mejor, no peor, pero fuera de sí. Y las novelas estúpidas, y la tele estúpida, y el ombligo estúpido... no hacen más que dar vueltas sobre mi mismo.
¿Pesadillas? Bienvenidas, mientras sean productivas.
La vida puede ser una espiral hacia el ombligo o ... algo diferente. Acostarse en la terraza de la casa de La Laguna, la terraza alta, al lado de la chimenea, caminar por las tejas para sentir el peligro, vértigo, conversar con los mirlos a base de silbidos que, sí, que responden, y tumbarme, tumbarme una vez con ... santiago piñero?... y otras solo, allí el cielo azul, tal vez una nube esporádica cruzando la retina de lado a lado, pero azul azul, azul, tomi, y en medio una nada llena de silencios y de un viento silencioso y de trinos de pájaros que no hacen más que resaltar eso, el silencio... y entonces levantas el brazo y lo bajas otra vez y sientes la distancia que te separa, el azul está tan lejos como el fondo oscuro del mar, el que nunca tocas con el pie pero sobre el que nadas con una mezcla de vértigo, pánico y admiración. En el mar un alga o una bolsa de plástico roza tu piel y ya piensas en todos los monstruos marinos que pueblan lo desconocido. Pero en la terraza el gran espacio, el gran vacío, es el monstruo que es más grande que cualquier pesadilla. Y más ligero. Por ello, sutil como el alma.
Levanta la cabeza, mira. Sal, sal de ti.
...
Los animales han de morir. A veces emiten ruiditos ahogados, gargantas ratoniles, sonidos agudos, a veces las vidas que llevan se les cuelgan de la piel. Los gatos presumen su vida con la parsimonia y armonía de sus movimientos. Los perros la tienen en sus ojos y colgando de la lengua, babeando. Los elefantes creen que la han perdido y se pasan su existencia buscándola por el desierto. Los caballos huyen de ella, los asnos ... asnan, como Platero. Rebuznan su vida, por eso me gustan tanto.
En Australia tuve miedo de las cucarachas... no, de las ratas, digo. Me tocaba bajar la basura, pero cuando llegué abajo, a aquella salida trasera del edificio, las oí. No soy tan valiente como el cascanueces. Se me heló la sangre. Estaban teniendo una fiesta entre la basura, como vampiros sedientos en medio de una fiesta de adolescentes, las puertas están cerradas y solo les queda gritar. Así eran aquellas ratas que nunca vi: vampiros sedientos.
Corregir.
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