lunes, 11 de noviembre de 2013

Quince minutos

Durante quince minutos habré de escribir. Diariamente. Son las nueve de la mañana. Miraré de cerca esta frase, pero antes plasmaré la idea de este blog (privado): el arte de la creación tiene mucho que ver con la imagen límpida que uno tiene de sí mismo en el mundo. No caben engaños, porque un engaño ensucia la burbuja de cristal. Al pan, pan... Cuando eras pequeño, pequeño invento, escribías para poner orden en tu cabeza.
Ahora no es muy diferente. Pero es el orden de tu vida. Las ideas... es tan fácil que sean ideas suministradas por otros, por el medio, por el afán de quedar bien... este bloc de notas digital hará de remedio y, también, de búsqueda de espacios negativos alrededor de mi imaginación.
Me resuenan las tripas. Quiero ir al baño a hacer caca, sentarme y sentir como se deslizan los pesos muertos de los residuos. Hay una separación eterna en algo tan simple como cagar. Y lo propio de los excrementos es que nunca más volver al cuerpo: su propia visión, su olor, parece que hubieran sido hechos a tal propósito. Pero el momento de la despedida es un dulce parir.
Por este tipo de expresiones es mejor que el blog sea privado.
Vamos con la frase que me llamó la atención -corta ya, te has pasado en un minuto revisando:
nueve de la mañana.
Pienso en dónde estaba ayer a las nueve de la mañana: haciendo un retiro en el ignacianski dom.
Pienso en el número nueve. Nos conocimos hace ya mucho tiempo, el número nueve y yo. Y pertenecía a la high class; los números por debajo de él tenían otro carácter. Por ejemplo, el siete tenía algo ácido, el ocho algo divertido... pero el nueve era como la reina en el tablero de ajedrez. Lo suficientemente grande como para no poder imaginarlo como pequeños puntitos, y con un toque misterioso. Precedía al diez, sí, pero con orgullo, autoestima. Se emparentaba con el siete y con el tres. El cinco era un primo lejano, el 4 un bobalicón, el dos un listillo y el seis un aliado neutral. El uno era el comienzo de todo y estaba... tan, tan lejos del nueve. Porque el descendiente del 1 es el 10, es un hijo suyo que le superó, tanto como a éste le superó el 100 y por fin, como un gigante diplodópico que apenas ve donde pisa y dónde juegan los pequeños dinosaurios... digo, allá arriba estaba el 1000. Ya no había nada por encima, porque a partir de ese número se volaba, pero ya no se iba por tierra, no se caminaba ni se arrastraba uno por los vericuetos de la imaginación. Los números que precedían al 1000 eran un mapa de tierras conocidas etiquetadas con justicia y simpleza, como el 250 o el 300, o de ténebres misterios, como el 294 o el 572. Pero cada uno, con su propia personalidad.
Quedan dos minutos.
Voto al oráculo: siempre tener al menos un par de minutos para revisar lo escrito.
mesatrice.

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