miércoles, 15 de enero de 2014

los zapatos del elefante VII (espero que final)

Parecía haber olvidado el enfado que antes tenía con el mono. Es más, empezaba a encontrar simpático al animalito.
- Mi familia siempre ha tenido un buen plumaje -dijo con orgullo
- ¿Y no cree que un collar podría combinar muy bien con él? No digo un collar cualquiera, claro. Para un color tan bonito como el que usted tiene, hace falta algo especial.
- ¿Usted cree? -preguntó el aguilucho con tono indeciso
- En cuanto terminemos con el sombrero del señor elefante, estaré con usted.
Pero el elefante se había quitado de mala gana el sombrero.
- Yo lo que quiero es cuero para que el señor topo... -comenzó a decir
- ¡Cuero! Pues claro que sí -le interrumpió el mono- aquí encontrará el mejor cuero del mundo. Si por algo somos conocidos los monos, es por la calidad de nuestro cuero. ¡No puede quedar defraudado! Por favor no se mueva de aquí. Y usted -dijo, dirigiéndose al aguilucho- haga el favor de acompañarme. Tengo algo que le puede gustar; o tal vez no a usted, pero le aseguro que los demás van a quedar EXTASIADOS  cuando le vean.

Y así fue como el señor elefante se quedó solo en el bosquecito al lado del río. Le gustaba el frescor de aquellas sombras. Al lado del río crecían algunos helechos. Y en el agua nadaban pequeños pececillos de colores anaranjados. El cielo sin nubes presentaba un azul pálido que contrastaba con el oscuro pero intenso verde de la techumbre del bosquecillo.
El señor elefante se quitó los zapatos. Sus pies sintieron en todo su frescor la humedad de la tierra. Un escalofrío recorrió su enorme cuerpo. Después se puso a andar, siguiendo el rumbo de una suave brisa que, en aquel momento, recorría el bosquecillo.

Allí quedaron los zapatos, olvidados. Al rato volvió el mono con un gran sombrero de copa.
- ¡Señor elefante! -gritó, pero aquel ya estaba lejos.
Caminaba sin rumbo. Libre.

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