martes, 14 de enero de 2014

los zapatos del elefante VI

... a la gran oreja del elefante y le susurró:
- Esos pajarracos siempre son iguales, no le haga caso.
El aguilucho se molestó de que el mono cuchicheara en la oreja del elefante. Lo que más incómodo le resultaba era no saber cómo obrar. "Si me voy ahora, pensarán que me molesto por chiquilladas. Y si me quedo, ese estúpido macaco va a seguir mostrándome su desprecio. ¿Qué puedo hacer?" Pero como estaba en la duda y no sabía qué decidir, al final se quedó pero con ganas de ahuecar el ala, lo cual era una situación más ridícula que cualquier decisión que tomara.
El mono condujo al elefante hasta el bosquecillo. Allí crecían arbustos a la sombra de los árboles. Cuando el señor elefante los pisó, sintió alivio en sus doloridos pies, pues el frescor y la suavidad de la hierba se colaba por el agujero de sus zapatos.
- Es verdad que necesito cuero. Lo necesita el topo para...
- ¿Quién es el topo? -le interrumpió el mono que lo guiaba
- El señor topo es el zapatero que el ratón me recomendó.
- Y ese ratón, ¿quién es? 
El señor elefante tuvo por un momento la impresión de encontrarse en un mal sueño. Miró hacia el cielo y allí vio al aguilucho sobrevolando los árboles más altos. Cuando ya se disponía a responder al mono, este le interrumpió:
- Da igual para que lo quiera. Si usted necesita cuero, aquí encontrará el mejor. No importa la cantidad, solo tiene que pedirlo.
Así hablando llegaron a un pequeño claro donde un grupo de monos abría unas cajas.
- Esta es la última mercancía que nos ha llegado. ¿Qué le parece un bonito sombrero? -le preguntó el mono. Y sin esperar ninguna respuesta sacó un sombrero de una caja y se lo caló al elefante. Era una pamela rosa que difícilmente podía quedarle bien. Como no había espejos para verse, el mono lo condujo hasta un riachuelo.
- Yo no quiero un sombrero, sino cuero para mis zapatos -dijo el elefante, tras mirarse horrorizado en el reflejo del agua.
Sin embargo, como si no le hubiera ido, el mono le quitó la pamela y le puso un sombrero de hongo. Este le quedaba mucho mejor.
- Ahora lo que le falta es una pajarita. Un sombrero de hongo no puede estar sin pajarita.
En ese momento bajó el aguilucho a beber agua al riachuelo.
- ¿No le parece a usted, señor águila, que el sombrero le queda que ni pintado al buen elefante? -le preguntó el mono
El aguilucho, que un momento antes tenía cara de pocos amigos, se apresuró a responder:
- Le queda estupendamente bien.
- Es una pena que por los aires no se puedan llevar sombreros, claro que un águila como usted ya tiene adorno más que suficiente con sus plumas.
El pico del aguilucho se enrojeció de placer

No hay comentarios:

Publicar un comentario