lunes, 27 de enero de 2014

la flor del espino II

Así que la mujer, desairada por la poca hombría que mostraba su marido, comenzó a traer cada vez más buenos amigos a casa. Lo que ella quería es que su hombre cogiera una escopeta y arreglara las cosas con valentía.
Pero el otro la dejaba hacer.
La mujer, harta, exigió un divorcio en la que ella era la parte afectada, psicológicamente afectada. El juez la compadeció y, aprovechando que su futuro ex-marido no quería dar ninguna guerra, el abogado consiguió que se quedara con el piso. El coche fue a parar al hombre, pero al volver de los juzgados descubrió que se lo habían robado.
El cúmulo de desgracias se cebaba en el hombrecito que un día había sido oficinista de pequeñas oficinas.
En el barrio lo conocían, porque aunque ya no vivía allí -ahora la que había sido su mujer vivía en el piso con el primo del abogado, que había sido un gay reconocido hasta que la encontró a ella y... pero esa es otra historia- ...decíamos que no vivía en la casa pero sí en el parque. Frente al árbol que tenía su planta querida nuestro protagonista se sentaba y dejaba pasar las horas.
Pronto su aspecto fue el de un mendigo; había olvidado ducharse, no se cambiaba de ropa y apenas hablaba con sus familiares y amigos que, desesperados, alguna vez lo habían obligado a comportarse de forma normal. Pero él siempre volvía a aquel lugar como un fantasma desvaído que viviera a los pies de aquel árbol.
Y así pasó el tiempo. La planta trepadora se secaba a ojos vista, pero esto no preocupaba a nuestro hombrecito. Las ramitas y las hojas que se caían de aquella las recolectaba con cuidado y se las metía en el bolsillo.
Una noche cayó una gran tormenta de verano sobre la ciudad. Los truenos se oían tan cercanos que hasta asustaban. Nadie quería estar afuera con aquel tiempo, nadie... menos el oficinista que seguía sentado en un banco del parque, indiferente al agua que surcaba su demacrado rostro.
Incluso su ex-mujer sintió algo parecido a la pena al verle desde la ventana del salón.
- Está loco -le susurró su actual marido por detrás.
Y ella se dio la vuelta. No quería ver más.
Aquella noche la tormenta continuó, pero poco antes de amanecer amainó y un espléndido sol comenzó a dibujarse sobre el cielo de la ciudad. Era Sábado y unos niños fueron al parque a jugar. Y entonces descubrieron dos cosas increíbles que habían sucedido: sobre el agujero del árbol, la planta trepadora, fea y con espinas, había dado una pequeña flor que se abría a la mañana. Y sobre el banco de enfrente había un hombre tumbado, el oficinista. Los niños descubrieron que estaba muerto.
- ¡Hay que avisar a la policía! -gritó uno
Y mientras todos corrían a buscar a un adulto, el más pequeño de ellos sintió más curiosidad que miedo. Miró el rostro del difunto: en él se dibujaba una amable sonrisa llena de esperanza.
Y él también sonrió.

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