Había una vez... una joven pareja. Se habían conocido hacía solo unos meses, coincideron en un museo, se pusieron a hablar y, voila!, surgió algo que terminó en boda. Todo era como en un sueño: consiguieron una casita en la zona residencial de la ciudad. Era una casa adosada similar a todas las demás, pero a ellos les encantó. Los vecinos también eran muy simpáticos y de mente abierta, dispuestos a aceptar entre ellos a una famosa locutora de radio y a su marido, de profesión... oficinista.
Enfrente de la casa había un parque; en el parque, un árbol seco que el ayuntamiento aún no se decidía a quitar (en realidad, un importante concejal tenía mucho cariño a tal árbol y hacía lo posible y lo impositble para que no lo talaran ... pero eso es otra historia). Curiosamente, en uno de los agujeros del árbol -tenía bastantes y una corteza como un pergamino seco y antiguo- crecía una pequeña zarza. Un día el marido oficinista se fijó en ella; la planta no medía más que un palmo, pero se aferraba a su agujero y, dado que estaba más bien alta, escapaba de las travesuras de los niños que vivían en el barrio de casas adosadas.
Las cosas habían empezado a pedir de boca para la pareja, pero la suerte se les acabó. Un día, el oficinista perdió el trabajo. No fue que lo perdiera de vista y que luego no lo encontrara, sino que le hicieron llamar a la gran oficina -y no una pequeña, como la que él tenía- y allí, sin mirarle a los ojos y clavando la mirada en no sé qué papeles, números y crisis económica, le animaron a buscarse otro empleo.
En casa la mujer, lejos de compadecerle, le recriminó no haber plantado guerra y haber pedido una indemnización mayor. La actitud de su mujer le defraudó y, sin saber qué responderle, se sentó en una silla frente a la ventana. Desde allí se veía el parque, y en el parque se veía el árbol y, sobre todo, el pequeño espino que crecía en uno de sus agujeros. Algo inspiró en él la simpatía por aquella pequeña planta luchadora, y esbozó una sonrisa.
Cuando la mujer volvió al salón para proseguir la discusión, se encontró conque su marido no solo no respondía a sus argumentos, sino que además tenía la desfachatez de sonreir sosegadamente.
Las cosas fueron de mal en peor. Por lo menos para él. Porque ella consiguió un puesto más elevado en la radio, donde no hacía falta ni hablar sino mandar sobre los otros y cobrar su sueldo. Él visitaba muchas oficinas y se ofrecía como experto en oficinas pequeñas, pero nnadie le quería. Les parecía demasiado poco ambicioso. Y cuando volvía a casa después de patearse una buena parte de la ciudad, le gustaba sentarse frente a la ventana y mirar aquella pequeña planta.
La mujer volvía cansada del trabajo, pero no encontraba en su marido más que una vaga silueta de un hombre, un vaho que se sentaba en el salón y sonreía levemente mientras miraba algún punto de afuera. Cuando le preguntaba qué hacía o qué miraba, él le respondía con suavidad:
- Nada
La mujer no aguantaba más a su marido el oficinista de pequeñas oficinas. Y comenzó a invitar a muchos amigos a su casa, a tener grandes fiestas. En una ocasión estaba besando a uno de aquellos buenísimos amigos cuando distinguió una sombra en el sofá: era su marido. Antes de que ella pudiera decir nada, aquel le sonrió levemente y se marchó del cuarto.
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