viernes, 10 de enero de 2014

los zapatos del elefante III

Pero, afortunadamente, la cosa no llegó a mayores. En aquel momento pasó por allí el señor león, con ganas de encontrar público; y es que el señor león se había peinado la melena con mucho cuidado aquella mañana y no había cosa que le gustara más que presumir de ella. El señor león no gustaba de hablar más que cuando los demás se referían a él y le admiraban.
Y era verdad que su melena era algo estupendo.
- ¿Qué hacéis, insensatos? -preguntó lleno de sorpresa al presenciar la escena.
Los topos comenzaron a explicarle todo a la vez y de una forma un poco embrollada, porque le tenían un poco de miedo.
- Y eso es lo que pasa, su majestad. Que necesita zapatos -concluyó el señor topo.
El elefante no había dicho ni mu pero, para no dejar en mala posición al topo, movió su pata para que el león pudiera apreciar las roturas del peor de sus zapatos.
- Pero, ¿no os dais cuenta de que es peligroso corretear debajo de las piernas de un elefante? -respondió el león.
Los topos se miraron entre sí y luego entendieron que la inmensa mole del señor elefante no dejaba de ser un peligro para criaturas tan pequeñas.
- Hemos corrido un gran peligro, su majestad. Gracias por avisarnos.
- Lo hubiera hecho antes -dijo el león- pero esta mañana he estado un poco ocupado -y al decir esto, movió un poco la cabeza, sacudiéndose la melena con suavidad.
Los topos apenas podían ver la melena, pero ya conocían al señor león.
- ¡Qué bonita tiene usted la melena! -exclamó el señor topo
- ¡Tiene un brillo único! -dijo la señora topa, y luego le susurró al señor topo: -tengo que volver, que se me quema el pastel de verduras.
El elefante era el único que podía ver la melena en todo su esplendor, pero no sintió la necesidad de decir nada. Había vuelto a bajar su pata y, notando la tierra que le entraba por el agujero del zapato, meditaba en su desgracia.

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