el señor cronómetro siempre tenía prisa.
- ¿Pero qué te pasa? Si todavía quedan quince minutos para que empiece el colegio -le decía su mamá, la señora minutejo.
- Me recuerda a mi abuelo cuenta atrás
- ¿También tenía prisa? -preguntó la señora minutejo
- Prisa... pero siempre llegaba tarde, no importaba lo pronto que saliera.
- ¡Por eso yo tengo que irme ya! -decía cronómetro.
Y se iba al colegio. Cuando entraba por los pasillos todos le miraban; tenía ese color negro plástico y dos grandes botones en la cabeza, además de una gran pantalla sobre la que relucían los números que no hacían más que correr.
- ¡Ahí está el cabezón del cronómetro! -decía su archienemigo el reloj de sol, que con aquella nariz tan larga se las daba de superior.
Lo peor era que a cronómetro le daba la impresión de que todos pensaban como él. Y le dolía. Pero el malestar se le fue al momento cuando pasó cerca de la más guapa de todo el edificio, la señorita reloj de arena. Había en ella algo muy sensual, una especie de espera calculada, un desgranarse lenta pero constantemente que hacía que los números del cronómetro tuvieran aún más prisa por llegar.
- ¿Cómo vamos? -le preguntó su único amigo, el reloj musical, cuando se encontró con él en la taquilla.
- Con prisa, con prisa -respondió el cronómetro. ¿Con quién tenemos clase? -preguntó
- Imagínate... lo peor -le respondió su amiguete con aire dramático.
Aquello solo podía significar clase de náutica interestelar con el peor de todos los profesores, el más duro e inflexible, aquel al que nadie había visto sonreír y del que se sospechaba que andaba a deshora, el peor de los pecados. Se trataba de su altísima majestad y reverencia el reloj de cuco, más conocido como Don Cucú.
Cronómetro se sentó antes que ningún otro en su mesa. Al rato llegaron sus compañeros y, por último, Don Cucú. Se hizo un silencio dramático con su entrada. Y aunque ya habían dado las horas, pasó lo más inésperado.
Mientras el maestro les miraba con desprecio, la puertecita de su frente se abrió y por allí salió su aliado, dispuesto a dar el Cucú con el que martirizaba a los alumnos. Pero no en aquella ocasión, pues cuando el pajarito salió al aire dispuesto a pregonar las verdades del control sobre el tiempo, abrió la boca y desplegó las alas pero... no pasó nada. De su garganta no salió ningún sonido. Estaba afónico.
Y entonces cronómetro se rió. No pudo reprimirse, ¿cómo hacerlo ante la cara de fastidio que había puesto don Cucú? Se rió, pero fue el único en hacerlo. Un gran silencio reinaba en toda la clase. Entonces el temido profesor se volvió hacia él y...
- ¡Pero vas a despertar de una vez! -era su padre, quien le zarandeaba en la mesa del desayuno. Se había quedado dormido mientras comía. Pero a su alrededor no había caras enfadadas, sino que su madre le miraba con felicidad y lágrimas en los ojos, mientras su padre sonreía tiernamente.
- ¿Qué ha pasado? -preguntó él.
- Hoy, hijo mío, por fin vas a llegar tarde al colegio. Estoy orgulloso de ti.
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