Un día pasó algo inesperado. Estaba dentro del garaje, montando unas piezas para la televisión, jugando con el tubo catódico, los tornillos del espectrum y los frenos de la bicicleta, cuando de repente un escalofrío recorrió mi cuerpo. Y entonces miré por encima de las cajas que se amontonaban en la mesa. Esas cajas que van cogiendo cada vez más sitio en el garaje, antaño un lugar cómodo y espaciado, hoy apenas un mal trastero estrecho y oscuro. Las cajas no solo se habían hecho con el control de la mesa, sino también con el del armario. Allí antes había habido sacos de dormir, raquetas, mantas viejas, una tienda de campaña, maderamen para estanterías, cables sueltos y piezas de coche, llaves hexagonales y tetradimensionales... pero un día la cajas llegaron allí. Empezaron por la zona más alta del armario, aquella a la que hacía años que nadie metía mano. Y luego fueron bajando poco a poco, hasta hacerse con el control de toda la estructura. Había sido aquel su primer avance serio en el garaje y desde allí se habían expandido por otras partes. Pero aquel era su núcleo, de alguna forma, y no había quién se atreviera a meter mano allí.
- Niños, en esa parte ni se entra. Y, si es posible, ni se comenta -les decía a mis hijos.
Y cuando lo hacía me esforzaba por aparentar un tono despreocupado, casi bromista. Si sospecharan en mí cualquier cosa parecida al temor, enseguida querrían retarlo y hacer la trastada que más podía disgustarme. Pequeños diablillos.
En la parte alta del armario las cajas se habían ennegrecido. Un extraño hubiera dicho que era debido a la humedad, pero yo sabía que era porque allí se concentraba el control de aquel naciente imperio. Un día me echarían del garaje, y más adelante tocaría la casa. Y tal vez la calle, la ciudad, el país... ¿quién sabe hasta dónde puede llegar su ambición? Lo que no contaba era con el método que iban a utilizar.
Cuando levanté mi vista sobre las cajas de la mesa, me pareció que estas aguantaban la risa a duras penas. Y es que en la parte alta del armario, allí donde antes las cajas se amontonaban ennegrecidas, ahora había... una nube. Una nube ominosa, si alguna vez hubo alguna. Una nube cargada de mala idea y de mala leche, que son dos primos hermanos.
Poco a poco se extendieron por todo el garaje. Y al momento comenzó a nevar. La nieve caía copiosa sobre mis herramientas y mis gafas se empañaron por el frío. Pero no me di por vencido. No quería abandonar el lugar así que me tiré encima una de las mantas viejas que servía de almohadón y seguí trabajando, como si nada hubiera sucedido. Pero podía sentir que las cajas no se iban a dar por vencidas, podía sentir la tensión que reinaba entre ellas y la emoción ante la posibilidad de reducir a su primer enemigo: yo.
La visibilidad era escasa. En una ocasión me descubrí destornilleándome el dedo gordo. El frío lo había vuelto insensible y todo estaba perdido de sangre.
- ¡Volveré! -rugí con toda la cólera que fui capaz de acumular.
Y me marché corriendo a la cocina a curarme la herida. Pero cuando volví -apenas habían pasado cinco minutos- me encontré conque la puerta estaba cerrada. Habían conseguido echarme. Pegando el oído a la puerta, me pareció sentir que estaban de fiesta: su primera gran victoria en la casa.
Esa noche me acosté en silencio. Mi mujer debió de ver mi cara de pocos amigos porque tampoco me dijo nada. Pero yo tenía ganas de llorar. Sobre todo cuando descubrí que en el armario, debajo de mi pijama, había una caja.
Acechando. Era la vanguardia.
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