Tan pronto como dejaron las toallas en la mesa, estas se sintieron incómodas. Había toallas de todos los colores, pero todas tenían el mismo tamaño: azules, naranjas, violetas, verdes, rosas, amarillas... venían de una tienda muy seria y por eso ninguna tenía más motivo que el del propio color.
Entre las toallas había una que no tenía etiqueta. Era algo de lo que se avorganzaba mucho.
- ¿Qué tal está mi etiqueta? -preguntó una toalla rosa a otra amarilla -Anoche me colocaron mal y hoy creo que tiene un extraño doblado.
La otra toalla le respondió con tono dulce y luego se volvió hacia la toalla verde, que era la que no tenía etiqueta:
- ¿Y cómo va tu etiqueta hoy? -preguntó con hipócrito interés. En realidad, sospechaba que la verde no tenía etiqueta, pues nunca hablaba de ella y apenas intervenía en las conversaciones.
Sobre la mesa había también un pisapapeles con forma de calabaza. En realidad, se trataba de una piedra tallada y pintada para que pareciera una calabaza. El señor pisapapeles-calabaza ya se había fijado muchas veces en las toallas que colocaban sobre la mesa y, como estaba en edad de casarse y era un pisapapeles valeroso y honrado, decidió que alguna de aquellas podría ser su esposa.
- Me preguntaba ... -comenzó a decir.
Pero las toallas no le dejaron continuar. Con risitas tontas y murmullos comenzaron a azorarse. Las que estaban más abajo, sintieron sofoco. Y las de más arriba, escalofríos. Tan solo una toalla no participó del arrobo general: la toallita verde sin etiqueta.
El señor calabaza-pisapapeles, que era muy observador, se dio cuenta de su silencio y, dirigiéndose a ella, le preguntó:
- ¿Querría usted ver conmigo las estrellas esta noche?
Las otras toallas se quedaron pasmadas y se pusieron a gritar y protestar por la osadía del señor calabaza-pisapapeles.
Pero la toalla verde se sintió contenta, solo que le dio mucha vergüenza contestar y por eso dijo "sí" tan bajito que nadie la oyó, ni siquera el señor calabaza-pisapapeles. Pero de la vergüenza se le subió el color rojo, que junto con el verde suyo natural resultó en un gris malicento.
Cuando llegaron a recoger las toallas, vieron que allí había una gris donde todas eran de colores. Además, no tenía etiqueta:
- ¿Quién ha metido este trapo aquí? -preguntó la sirvienta.
Y con un gesto rápido separó la toalla de las demás y la tiró sobre la mesa. Así fue como cayó sobre el señor calabaza-pisapapeles.
Podeís imaginaros qué contento se puso.
Y esa noche, cuando ya todos dormían, la antigua toalla verde escuchó como el señor calabaza-pisapapeles le decía los nombres de las constelaciones que se veían por la ventana.
Y le gustó ser un trapo gris sin etiqueta.
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