martes, 22 de abril de 2014

autopista hacia el cielo

los encapuchados habían apresado a todos los animales y los habían puesto a trabajar en lo mismo: una gran carretera que se alargaba como una gran línea blanca sobre valles y colinas, sobre hierbas y desiertos, que se internaba en la selva, que se llenaba de arena en las costas, que cortaba ríos con pequeños puentes y estrechos de mar con grandes puentes colgantes.
- ¡No puedo más! -decía en aquel momento una pantera.
Apenas había acabado de hablar cuando surgió uno de los encapuchados, salió como salido de la nada y con un látigo pardo y rojo de sangre seca golpeó a la pantera en el hocico. El felino enseñó los dientes durante un instante, el momento justo para que el látigo le restallara en la lengua, salpicando sangre. Y luego el encapuchado se fue.
No es que fueran invisibles, sino que siempre se colocaban por detrás del rabillo del ojo, a un paso del ángulo muerto de la mirada. Tenían forma humanoíde pero no eran hombres, pues ellos eran quienes habían extinguido a la raza humana. Ni primates porque los monos no sufrían mejor destino que los demás.
Un elefante que hasta hacía poco había estado pensando en sublevarse y rebelarse contra el opresor, se lo pensó dos veces tras ver a la pantera sangrante que se esforzaba por tirar de un carro de piedras. Comenzó a trabajar más rápidamente.
- Lo que yo me pregunto es a dónde va esta carretera del infierno -le susurró un gato gris al cuervo que le habían encadenado al cuello.
Encadenaban pájaros a los animales para que ayudaran a levantarse a los que estaban demasiado exaustos. Si el animal moría, los encapuchados mataban a los pájaros que lo acompañaban. Por eso, cuando los pájaros eran encadenados al rinoceronte, lo tomaban como una sentencia de muerte.
- Eso es lo que todos nos preguntamos. Pero tú sigue llevando esas piedras, que ya se acerca el hipopótomo para aplastar esta parte de la carretera.
- Sí. Nuestra magnífica apisonadora animal -se burló el gato
Pero lo que habían tenido por el rinoceronte no era más que un carro tirado por dos burros. La novedad hizo que todos dejaran de trabajar. Los encapuchados no los castigaron por eso.
- Si quieren que miremos lo que hay en el carro, entonces es que es un castigo peor -comentó el gato
En el carro había un gran cartel de color amarillo. De allí lo sacaron unos monos encadenados y lo colocaron en el suelo, al lado de la carretera.
- ¡Mira, gato! -susurró el cuervo- por fin vamos a saber a dónde nos dirigimos, hacia dónde va esta carretera.
El gato también estaba excitado.
Entonces uno de los primates sacó del carro una pequeña jaula en la que había encerrado un ratón con una venda en los ojos. Tras mojar en tinta la cola del ratón, dejó que este buscara su camino sobre la superficie del cartel. El ratón deambuló de un lado a otro por el cartel hasta que dio con el borde y se bajó del cartel. Su cola había escrito unos jeroglíficos ininteligibles.
Después levantaron el cartel y siguieron trabajando. Ahora ya sabían a dónde se dirigía la carretera.

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