miércoles, 2 de abril de 2014

Amaba a una zorra

Y literalmente. Ella tenía una cola peluda y una mirada traviesa. Nos encontramos cuando los dos andábamos detrás de la misma presa. Era una de mis primeras cazerías, pero no de las suyas.
Enseguida nos comprendimos mutuamente. Dicen que era por la primavera. No lo sé. Solo sé que de repente caí bajo sus encantos. Y que ya no veía más que con sus ojos.
Aquella fue la primera de muchas noches que para mí serían inolvidables. ¡Ella sabía tantas cosas! Era mucho mayor que yo y aquella no era ni con mucho la primera de sus aventuras amorosas. Pero para mí sí lo era.
Primer amor.
Primavera.
Noches largas por la intensidad, cortas para todo lo que hacíamos. Buscábamos lugares apartados. Ella a veces decía no poder más, pero solo era para instigarme a perseguirla, para cobrar nuevas fuerzas.
Y la naturaleza siguió su curso. Quedó embarazada. Los machos de mi raza no suelen preocuparse mucho del embarazo, pero aquello no iba conmigo. Veía como su vientre se abultaba cada vez más. Me preocupaba y a la vez me llenaba de alegría. ¿Iría bien el parto? Ella ya había sido madre en anteriores ocasiones (ya he comentado que tenía mucha más experiencia que yo) pero siempre había riesgos. El señor búo la fue a visitar en una ocasión siguiendo mis ruegos. Le prometí que no le mordería ni intentaría comérmelo, mientras que negarse a visitarla le supondría mi odio eterno.
Y, quien me ha visto, sabe que puedo odiar de una forma sutil, perseverante e imprevista. No conviene tenerme de enemigo.
El búo me dijo que todo iba bien, que cejara de preocuparme.
Con todo, cazaba para ella para que no tuviera que moverse mucho de la madriguera. El tiempo se acercaba. Tenía miedo por ella y por los pequeños. ¿Iría todo bien?
Por las noches hacía guardia frente a la madriguera y estaba atento a cualquier pequeño deseo que pudiera tener la futura madre.
- Tengo sed -me decía a veces
Yo entonces le traía agua del río en un viejo cubo que había encontrado.
Una noche me quedé dormido durante la guardia. ¡Estaba tan cansado!
A la mañana siguiente, me despertó ella.
- Buenos días, papá -me dijo dulcemente
¡Allí estaban mis hijos! Era una camada de pequeños seres medio ciegos que no hacía más que buscar las ubres de su madre.
Pero ella y no ya nunca volvimos a estar como antes. Aquel saludo "buenos días, papá" fue la última cosa dulce que me dijo. Su carácter se agrió conmigo y, a medida que los pequeños crecían, se dejaba ver más y más con otros zorros que pasaban por allí alguna vez. Yo me quedaba cuidando de los pequeños.
- Tienen hambre. ¿Dónde has estado? -le pregunté cuando volvió tardísimo una noche.
Pero ella no se dignó ni a contestarme. En realidad, no hacía falta porque yo ya sabía la respuesta.
Que a quien amaba era a una zorra.
Y que me había hecho padre de seis maravillosas criaturas.
¡Padre! ¡yo!

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