viernes, 18 de abril de 2014

los ratones esclavos

En una gran caja en un desván, un gato mantenía presos a dos ratones a los que había capturado. Era un gato muy listo, y lo había dispuesto todo para que los ratones no tuvieran ni una rendija por la que escabullirse. El gato era el único que podía abrir las solapas de cartón duro que hacían de escotilla. Y antes de irse, se aseguraba de amontonar suficientes cosas sobre la caja para que nadie pudiera escapar.
Los ratones intentaron escapar al principio. Pero al cabo del tiempo comenzaron a faltarle las fuerzas y, por extensión, el deseo de fugarse y vivir otra vida. El gato apenas les daba de comer y se contentaba con aterrorizarlos de vez en cuando: entraba en la caja y se ponía  a jugar con ellos, sintiendo un placer morboso ante la vista de sus cuerpos escuálidos y sus pequeños corazones latiendo contra la piel.
El gato estaba contento con sus dos ratones pues, a diferencia de otros que había tenido antes, no se morían.
Cuando llegaba la época de celo de las gatas, el gato las llevaba al desván para enseñarles sus prisioneros. A veces las invitaba a entrar para que ellas mismas jugaran con ellos:
- Pero no debemos morderlos, no sea que se me mueran. Luego puedes morderme a mí en su lugar -les advertía con aire socarrón.
Las gatas maullaban de placer y seguían el juego al gato en todo lo que este disponía.
En una ocasión el gato se ausentó más de lo normal.
- Debe de estar con alguna de sus gatas -le dijo un ratón al otro.
Pero el otro no respondió. Estaba mirando hacia arriba, hacia el techo de la caja. Era de noche y no podía estar seguro, pero le parecía que había una rendija en la caja de cartón, un lugar por el que podrían escaparse.
- ¡Mira! -señaló al otro- Esa puede ser nuestra oportunidad.
- ¿Y cómo piensas llegar hasta ahí arriba?
Otra vez no respondió palabra, sino que se llegó hasta la pared de cartón y hundió en ella sus pequeñas garras. Pero le costaba sostenerse y acababa cayendo.
- No lo conseguiremos nunca -le dijo el primero
Pero el otro ratón no dejaba de intentarlo, por mucho que cayera. Y finalmente consiguió quedarse clavado en la pared. Desde allí, poco a poco, fue creando nuevos huecos con su pequeña garra para apoyarse en ellos y seguir subiendo.
- Vamos, ven conmigo -consiguió farfullar al ratón que lo miraba desde abajo
- Sube tú arriba y yo luego te sigo -le dijo el otro
Así fue subiendo el primero poco a poco. Cuando llegó arriba, estuvo a punto de caerse al suelo justo en el pliegue de la tapa. Pero en el último momento hizo una acrobacia y logró salir por la pequeña rendija que daba al exterior. Por allí desapareció y volvió al cabo de un momento:
- ¡Vamos, he conseguido un palo! Cuando llegues arriba, podré ayudarte a salir -le dijo al otro. No podía verlo por lo oscuro que estaba el fondo de la caja, pero le oyó contestar:
- No, mejor vete tú. Yo aquí no estoy tan mal, ¿sabes?
El ratón que se había escapado hubiera querido discutir con él, pero justo en aquel momento oyó llegar al gato y se escabulló rápidamente.
El gato llegó y, abriendo la caja, se dio cuenta de que uno de los ratones se había escapado. El otro lo miraba con gesto asustado, arrinconado en la esquina. El gato saltó adentro y en aquel momento el ratoncito dejó de moverse.
Como tantos otros antes que él, un ataque al corazón había acabado con su miserable vida.

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