En la primera ciudad que se fundó en el planeta furibundo ocurrieron cosas tan extrañas que pronto la Tierra mandó a mr. Potato a investigar.
Cuando mr. Potato bajó del avión miró la hora con orgullo. La señora zanahoria le había regalado el reloj, y era un aténtico Casio interestellar, con descuento por velocidad de la luz incluído en su mecanismo.
El chófer que había de recogerle llegó tarde, así que mr. Potato miró su reloj otra vez para cerciorarse de que su concepto temporal estaba en los márgenes de lo normal (o aceptado). La hora parecía correcta, pero indudablemente había algo extraño con el reloj: de repente había crecido.
- Es por eso que no dejan a los aviones entrar en contacto con la atmósfera de este lugar -le explicó una viejecita que había por ahí.
- Al entrar en el aeropuerto, está usted respirando por primera vez el aire de furibundo. Usted, y todas las cosas que le acompañen.
Mr. Potato no le respondió. No le gustaba hablar con extraños.
Cuando llegó el chófer, mr. potato no puro evitar un gesto de sorpresa. El coche que conducía aquel era más grande que una limusina, pero con la apariencia de un seiscientos estirado.
- No me diga nada sobre el coche, que ya lo sé. Esta mañana se me olvidó darle el complejo vitamínico y ha aprovechado para dar un estirón. Al menos así tendré espacio para meter la tienda de campaña cuando vaya a la playa, ¿no le parece? -bromeó el chófer, que era un chico negro como salido de una peli del bronx de nueva york.
Otra vez mr potato no dijo nada. No estaba acostumbrado a dialogar con chóferes que parecían salidos del bronx.
Se pararon a poner gasolina.
- Lo malo es que ahora gasta más que un camión -le explicó el chófer, a quien no parecía molestarle el silencio del enviado oficial de la Tierra.
Mr Potato salió a comprar tabaco. El dependiente también había salido parlanchín. Esta vez se trataba de un oriental que también parecía salido de Nueva York, aunque esta vez de chinatown.
- Tiene usted pinta de terrestre. ¿Me pelmite un consejo? -preguntó
Mr Potato no supo que responder.
- Será mejor que le de el complejo vitamínico a su reloj. Como siga así no podrá llevarlo.
En efecto, el reloj estaba creciendo a velocidades agigantadas y ahora más parecía una pelota de tenis cosida a su muñeca que un pequeño reloj de pulsera interestelar con descuento por la velocidad de la luz incluido en sus cálculos.
Mr Potato compró el complejo vitamínico. Este venía en ampollas, simples ampollas de cristal. Miró con aire confundido al dependiente, quien rompió la ampolla por él y dejó que los vahos se llegaran al reloj hinchado.
- Ahora ya no crecerá más. ¿Ese no era su coche? -le pregunto amablemente el dependiente.
Su limusina con aire de seiscientos estirado se alejaba por la calle. El chófer no había reparado en su ausencia.
- No importa -dijo mr potato- ya he visto suficiente como para mi informe a la tierra. Pero no sé cómo volver.
- Compre uno de estos. Déjelo crecer durante un mes pero ni un día más. Luego dele consistentemente el complejo vitamńico. Y buen viaje.
Y así fue como mr potato salió de la tienda de la gasolinera regido por un chino con aspecto de haber salido del mismísimo chinatown con un cohetes espacial de juguete, apenas más grande que su pulgar.
y mr potato sonreíai ilusiionado. Se sentía como un niño.
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