La mofeta estaba cansada. Siempre estaba cansada y lo normal era verla echada bajo el árbol. Por allí solía pasar la ardilla, atareada llevando comida a su madriguera.
- Solo verte me cansa -le decía la mofeta en ocasiones.
La ardilla no respondía nada, pues sentía que no tenía tiempo ni para charlas ociosas. Las ardillas son muy laboriosas.
- ¿No podrías sentarte un poco conmigo? Me mareas. ¿Cuántas veces has pasado ya por aquí?
La ardilla se molestó con el comentario y dió una patada a una ramita. La ramita voló por los aires y fue a golpear una gran rama de un árbol. El arbol era un pino y una de sus piñas ya estaba a punto de caer. El temblor que provocó la ramita que había tirado la ardilla fue suficiente: la piña se cayó en el suelo, asustando a un pájarito que andaba por allí buscando gusanillos. El pajarito alzó a volar sin apenas ver a dónde iba y en su vuelo agitado casi golpeó al señor búo, que dormía mansamente en una rama. Y el señor búo se despertó, sobresaltado, como todo aquel que se despierta de repente.
El señor búo era muy sabio y rápidamente entendió lo que estaba pasando. Voló hasta posarse enfrente de la mofeta, pero no muy cerca por si acaso la mofeta decidía aromatizarle.
- Deberías ir a ver al doctor -le dijo el búo con severidad
- ¿Para qué? -preguntó la mofeta con desgana
- No es normal ese cansancio que tienes -por un momento temió que su tono hubiera sido demasiado agresivo.
- Deberías ver al doctor, te lo digo por tu bien -le dijo con más dulzura
No quería ofender a la mofeta, a la que nadie quiere por enemigo.
- ¿Qué doctor hay en este bosque? -preguntó la otra.
- Ahora tenemos a uno de los hijos del oso dedicado a la medicina. Se pasa la mayor parte durmiendo o comiendo miel, pero tiene buenas ideas. Yo fui por un problema de olfato y enseguida me curó
- ¿Te falla el olfato, señor búo? Tal vez deberías probar con algo fuerte
El búo levantó vuelo enseguida. La mofeta se rió y luego se levantó. Iría a ver al doctor.
El oso estaba vestido con una bata blanca bastante sucia y apenas la miró cuando llegó. Dormitaba bajo el árbol. A su lado había un bote de miel vacía.
- Tengo un problema, doctor -le dijo la mofeta
- Mmmhh -murmuró el oso
- Siempre estoy cansada. ¿Qué puedo hacer?
El oso abrió un ojo y la miró. Una mofeta siempre es algo peligroso. Tendría que quitársela de encima cuanto antes. Recorrió la vista por el claro donde se encontraban y hasta dar con lo que buscaba.
- ¿Ves esas bayas violetas de ahí? -le preguntó a la mofeta
- Sí, pero ... -comenzó a replicar esta
- Si quieres que se te pase el cansancio para siempre, tendrás que tomarte una en cada comida.
Y tras decir eso, se echó a dormir.
La mofeta exclamó:
- ¡Pero es que están muy altas para mí!¿Cómo las voy a coger?
Y el oso, medio dormido, respondió:
- Pues tendrás que trabajar
Y, sin que le oyera la mofeta, farfulló:
- No hay nada como el trabajo para curar el cansancio, querida.
El doctor sabía mucho.
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