miércoles, 23 de abril de 2014

el césped artificial


La hierba artificial
Sobre el cesped artificial estaban las dos herramientas, un pequeño rastrillo y una pequeña escoba. A un lado estaban algunos arbustos y pequeños árboles. En uno de ellos colgaba la comida para los pájaros.
Los niños dormían.
Más arriba, en la parte antigua del jardín, estaba el césped normal. Contaba con muchas calvas y los niños se divertían arrancando la hierba en grandes pedazos. Los niños sentían que la tiraban del pelo a su hermana mayor o pequeña. Las niñas sentían que una gran muñeca gigante les prestaba los cabellos para que se los arrancaran y, en un imposible futuro, se los peinaran.
- Mírame -susurró el césped artifical- Los niños me han dejado con algunas ramitas encima. ¡No hay derecho! ¿Cuándo esperan limpiarme?
El césped artifical tenía la costumbre de quejarse.
- Pero estás limpio. Y bonito -le respondió el otro césped
- Sí, eso es verdad. Vengo de una gran tienda. ¿Y tú de dónde vienes?
No era la primera vez que el césped artifical le planteaba esa pregunta al otro. Como siempre, el césped normal no supo qué responder. Nunca había sido un gran césped y los dueños de la guardería ya desesperaban de tenerlo limpio y homogéneo. Cuando comenzaba el invierno y caían frías lluvias sobre la ciudad, comenzaban a formarse hoyos y pequeños agujeros. El barro cubría el césped en muchas partes. Y los niños correteando o con las pequeñas bicicletas...
- ¡Ah, perdona! -le dijo entonces el césped artifical- olvidaba que tú no vienes de ninguna gran tienda. Claro que con solo mirarte ya podría haberlo adivinado.
El otro césped no dijo nada. Era verdad y, por lo tanto, no había nada que decir.
El verano se acercaba y  muchas pequeñas florecillas surgían en los márgenes del césped. Y alguna también lograba sobrevivir un par de días en el propio césped, hasta que algún niño la descubría, la pisaba o la arrancaba.
Era un caluroso día de primavera. Y ocurrió lo que muchas veces pasa en primavera: de repente las nubes se amontonaron. Se avecinaba una tormenta. Se levantó el viento.
- Sopla el viento -dijo el césped artifical, seguro de sí mismo porque sus pequeñas hebras artificiales apenas notaban el paso de un vendabal. Pero al otro césped no podía pasarle lo mismo.
Entonces comenzó a llover. El agua llegó hasta la tierra y se filtraron los grandes goterones entre los verdes tallos del césped. Era un agua fresca y nueva que colmaba la sed del césped. De él se desprendió un suave aroma. Los insectos se refugiaron, las lombrices de tierra se regocijaron. Los pájaros se aprestaron a llenar el buche.
El césped se sintió feliz entre el agua, el viento y la tormenta.
Y el artificial, aunque no dijo nada, se sintió celoso. Él solo se estaba mojando.

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