viernes, 11 de abril de 2014

haciéndose una cara

Al principio no tenía nariz. Pueden creer que bromeo, pero yo era un niño que no tenía nariz. No quiero ni detallarles los sufrimientos por los que tuve que pasar cuando era pequeño.
Un día me di un golpe de frente; de hecho, me caí al suelo. Entonces me surgió un chichón tremendo. Aproveché la ocasión y fui al doctor, quien supo hacer de aquel chichón una nariz tan bonita como la que ahora ven.
¿Las orejas? Está bien que lo pregunten. ¿Cómo llegar a tener unas orejas tan bonitas? Sí, lo sé. Son finas, delicadas y nobles. Pero lo mejor de todo, son "handmade", las hice yo mismo. Simplemente me puse a rascar a ambos lados del cráneo y poco a poco les fui dando forma. Para el agujero utilicé el dedo meñique.
Mis labios pueden parecerles sabrosos como una fruta, y lo cierto es que los hice con frutas. Quería el color rojo candente y, al mismo tiempo, los deseaba carnosos y sugerentes. Por eso mezclé una manzana madura y un melocotón.
Sí, el melocotón también estaba maduro.
Y luego este pelo que me cae en mechones tan graciosos. No van a creerse cuando les cuente su origen: ¡algas marinas! Sí, sí. Ya no huele tanto como antes, por fortuna. No les detallaré la fórmula, pero basta decir que utilicé las algas, ceniza volcánica y un rallador como los del queso parmesano.
Como siempre había querido casarme con un chico, moldeé mi cuerpo como el de una auténtica hija de Eva. Así me tienen ahora, que ni siquiera Barby tiene un cuerpo más atrayente que el mío. Para que mis caderas fueran finas, me paseé durante un año por los arrabales del puerto; allí me manosearon toda clase de marineros y rufianes; como me ponía un top que dejaba mi ombligo al aire, aquellos acababan pasando sus manos por mis finas caderas. Y es que el salitre y la suciedad que tenían en la palma de las manos es lo mejor para darle forma a la piel.
Para el trasero, en cambio, tuve que hacer constantes viajes al asilo de ancianos. Me vestía de enfermera a lo lolita; a los viejos les ponía el trasero cerca y bien dispuesto. Luego me agachaba y, ¡plaf!, me llegaba una magnífica bofetada en las nalgas. Las manos huesudas y la artritis en los nudillos son un auténtico revitalizante para las carnes bajas.
Como resulta evidente, no había hombre que se me resistiera. Sin embargo, me casé con el único que logró resistirse durante un tiempo. Era un hombre alto y misterioso, de frente despejada y faz cubierta de cicatrices. Su cuerpo es fuerte, aunque no atlético. Al andar tiene un no sé qué, como una cojera elegante, que siempre me volvió loca.
Al final, pese a su resistencia y sus esfuerzos por seguir siendo un lobo solitario, lo pesqué. Y le dejé viviendo con sus maneras, sí, menos en una cosa en la que le dije que no podía pasar. Y es que tenía, cuando le conocí, un gusto pésimo para vestirse, de tal suerte que a veces hasta se ponía una capa y unos harapos y con aquello andaba satisfecho.
- ¡Te vestirás como yo te diga, Franki! -le dije con tono autoritario.
Cuando utilizaba

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