miércoles, 16 de abril de 2014

las escaleras de don gato

Una vez, en una casa vieja y medio caída, entró un gato de ciudad. Su dueño era una anciana señora que lo mimaba y le daba comidas ricas. Pero a veces el gato se cansaba de aquella vida regalada y entonces salía a pasear por el vecindario. Le gustaba saber que, a la vuelta de sus aventuras, la abuelita le esperaría con su comida caliente, sus mimos y su gran cama.
Pero un día un accidente de tráfico congregó a demasiada gente en el barrio, por lo que el gato optó por dirigirse en otra dirección. Aquel barrio terminaba en aquella oscura y desocupada casa.
El gato entró por ella, colándose por el hueco de una ventana. Tan pronto se encontró dentro, le llamó la atención una gran escalera de caracol que comenzaba en el salón. Mientras que el resto de la habitación estaba lleno de polvo y telearañas, aquella escalera se mantenía básicamente incólume; si acaso alguna pequeña mancha que, contrastando con la pobredumbre de alrededor, casi parecía brillar.
- ¿Y qué habrá en la planta de arriba? -se preguntó nuestro gato
Así que comenzó a subir las escaleras. Los escalones de esta eran grandes y desiguales, por lo que la subida estaba lejos de ser cómoda. Pero el gato ya estaba empeñado en subir.
- No parecía que fuera tan alta -se dijo al rato, pues a pesar de haber subido muchos escalones, no parecía estar más cerca que antes de llegar a alguna planta. Pero cuando miró hacia abajo, se dio cuenta de que había subido mucho pues el salón comenzaba a empequeñecerse bajo sus pies. Y sintió algo de vértigo. La sensación le gustó.
- Esto es algo que no se vive con la abuelita -se dijo. Y el recuerdo de la abuelita le tentó a darse la vuelta y a volver. Había tenido su ratito de aventura y ahora tocaba volver a su agradable vida cotidiana. Pero miró una vez más hacia arriba: el techo oscuro parecía estar a la misma distancia que antes.
- Subiré un poco más antes de bajar. Me gustaría llegar a la primera planta -se dijo
"Por lo menos  a la primera planta. ¿Quién sabe cuántas más habrá? Esta casa engaña mucho a primera vista."
Así que siguió subiendo. Y sudando, pues aunque ya le costaba menos esfuerzo subir por las escaleras -se comenzaba a acostumbrar- estas seguían siendo tan difíciles como al principio.
- Si llego a saber que eran tan largas, no creo que hubiera comenzado a subirlas. Pero ahora me parece que sería una tontería bajar. Al menos debo llegar a la primera planta.
De repente, a un lado, había un pequeño saloncito con una puerta. La escalera seguía subiendo, pero había algo invitador en la puerta. Debajo de ella se veían luces moviéndose. y de dentro se oían maullidos y risas. El gato abrió un poco la puerta para ver qué había dentro.
 ¡Era una fiesta de gatos! y debía de ser una muy buena fiesta, porque todo el mundo parecía de un magnífico humor. Un gato negro que estaba cerca de la puerta  se volvió hacia él y le dijo:
- ¡Un nuevo! Bienvenido. Entra y pásalo bien.
Y nuestro gato entró y bailó y conoció a gatos y gatas que tenían la misma historia que él. un día habían comenzado a subir por unas escaleras, o a recorrer pasillos de casas olvidadas, o a subir ramas de un gran árbol que nunca acababa... y entonces habían todos descubierto la fiesta y allí se habían quedado, compartiendo la experiencia que les había reunido y, en fin, pasándoselo en grande.
Pero nuestro gato no se sentía cómodo. Así que sin que nadie le viera dejó la fiesta y se fue a su escalera. Seguía allí, inmensa y solitaria.
ni se le ocurrió volver a su hogar. Pero siguió subiendo, cada vez más alto.
Y hay quien dice que, a día de hoy, aún sigue su ascensción. Solo que ya no es un gato doméstico.
Es un tigre hambriento.

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