lunes, 28 de abril de 2014

El león sin barba



En la sabana africana, una vez había un león algo especial; al igual que sus compañeros, era fiero y peligroso. Le gustaba tener todo un harén de leonas alrededor suyo y sentarse al atardecer africano para jugar con los pequeños. Pero había algo que lo distinguía de todos su congéneres: no tenía barba.
Y no es que hubiera ocurrido ningún accidente. Simplemente no le gustaba:
- El pelo siempre se me metía en la boca para comer -decía
Y por eso iba regularmente al peluquero; era un lagarto de nombre Celestino que tenía una hermosa peluquería entre dos árboles de la sabana.
Las leonas no estaban del todo convencidas sobre el look de su macho. Pero era un león tan fiero y masculino que se habían acostumbrado su extraña presencia y, solo cuando estaban a solas cotilleando entre ellas, se atrevían a sacar el tema:
- Nunca sé muy bien si le estoy mirando a la cara o al culo -se reía una de ellas
- ¡Calla, que te va a oír! -decía la mayor del grupo- ya sabes lo susceptible que es con el tema de la barba.
La verdad es que el león no sabía nada sobre lo que opinaban los demás. Nadie se atrevía a decirle la verdad, ni siquiera los jóvenes que le retaban de vez en cuando para hacerse con su manada.
Un día que el león se paseaba solo se encontró con un árbol combado hasta que sus ramas casi tocaban el suelo.
- ¿y qué le pasará a este árbol? -se preguntó
Y fue hasta allí. La razón de que el árbol estuviera combado hasta casi romperse era un elefante que, apoyado sobre él, lloraba.
- Vas a romper el árbol, compañero -le dijo el león con condescendencia. El elefante podía ser más grande, pero él era el rey de la selva.
- ¡Buaaa! -lloró aún más fuerte el elefante.
El león entonces se marchó sin decir nada más. No quería perder el tiempo con un llorica. Al cabo llegó a un bosquecillo donde un grupo de monos estaban parloteando y riéndose.
- ¡Mira, un mono a cuatro patas! -se rieron de él
Los monos no tenían respeto por nada ni nadie, menos por un rey. Y no era la primera vez que el león escuchaba sus chanzas. Como siempre, no respondió, sino que hizo además de seguir su camino.
- ¡Dios da pan al que no tiene dientes! -se rió otro
Entonces el leon se paró. Y aunque odiaba la idea de hablar con los monos, su curiosidad fue más fuerte.
- ¿Por qué decís eso?
- ¿Y por qué va a ser, cara-de-culo? ¿Acaso no has visto al elefante que lloraba allí detrás?
- ¡Como siga llorando así, nos va a dejar sin árboles!
- ¡Y entonces podrías atraparnos! ¿No te gustaría eso? -se rió un tercero
- Sí, he visto el elefante. Parecía triste -concedió el león, haciendo como que no había oído el insulto (y, sin embargo, se le había clavado mejor que una cervatana con veneno)
- ¿Sabes por qué está triste, cara-de-culo? -se rió otro
El león no contestó pero puso cara de indiferencia.
- ¡Porque quiere lo que tú desprecias! Ese elefante tonto llora porque no puede tener melena. ¿Te imaginas a un elefante con la barba de un león?
- ¡No puede ser más ridículo que un león con la barba de un elefante! se rió otro
El león se alejó de allí. Se alejó también de la región y se fue a vivir a otra parte de la sabana, abandonando a todos los suyos detrás.
Eso sí: por el camino, se dejó crecer otra vez la melena

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