- ¿Cuándo volverá la cigüeña? -preguntó la pequeña golondrina
La cigüeña era el doctor de toda aquella región. Iba con su pequeño maletín bien agarrado en sus largas patas y su espectómetro colgado del cuello.
- Ha dicho que volverá mañana -le respondió su madre, a la par que le dejaba un gusanito recién cazado en el pico.
- ¿Estaré bueno a tiempo?
- ¿Para la migración? Ya lo creo que sí, aún hace calor y no tenemos prisa -respondió la madre
Pero no pudo evitar que un pensamiento le cruzara por la cabeza. Pues en aquellas fechas solían emigrar al sur, y solo un verano que estaba siendo más largo de lo habitual les permitía poder salir un poco más tarde. ¿Cuánto duraría aquel tiempo?
- No os iréis sin mí, ¿no es verdad? -preguntó la joven golondrina
- Yo no me iré a ninguna parte sin ti -le respondió cariñosamente la madre
- ¿Me lo prometes?
Ella le dio un beso con su pico dorado.
- Te lo prometo -contestó
Porque no podía responder por lo que hicieran su marido y el resto de sus hijos.
Esa noche lo habló con su pareja:
- Tenéis que salir ya -le dijo- No podéis quedaros más tiempo.
- ¿Y quién se va a quedar con él? -preguntó él
- Yo me quedaré. Nos reuniremos con vosotros más adelante, en ese pueblo siciliano donde fuimos el año pasado.
- Cerca del volcán -rememoró él.
- Cerca del volcán -confirmó ella.
Los dos volvieron la vista a la luna llena. En sus pequeñas cabezas bailaban los mismos recuerdos. Fue él quien rompió el silencio.
- ¿Cuál es el diagnóstico? -preguntó, sin volverse a ella
- El doctor no lo sabe -respondió ella en un suspiro
- ¿No lo sabe o no quiere decírtelo? -preguntó el marido
Entonces ella se volvió hacia él:
- No me iré sin él
- Pero no esperes a que sea demasiado tarde. Odiaría perderte -dijo él, mirándole a sus oscuros ojos.
- Y yo que me perdieras
Y ninguno dijo lo que les pasaba por el corazón. Porque aquella última noche les sonaba tan salada como una despedida. Ninguno se atrevía a decirlo en voz alta; hubiera sido reconocer que su pequeño podía morir, que ella podía quedarse encerrada en un invierno demasiado crudo.
Los hermanos también estaban despiertos, alejados del nido y hablando en susurros que, a un extraño, solo le hubieran parecido chisporroteos desafinados.
- Si no hubiera comido esas bayas... -decía el más joven
- Entonces tú las hubieras comido antes, y estaríamos igual -dijo otro
- Siempre quería ser el primero -terció otro
Durante unos instantes se hizo el silencio.
- ¿Qué ha dicho el doctor? -preguntó el joven
- Nada definitivo.
- Eso es malo.
- Muy malo.
- Lo peor -remató el joven, sintiendo una gran tristeza
A la mañana siguiente bajó un viento frío de la montaña.
- No esperéis más -dijo la madre, preocupada.
- ¿Y el enfermo? -preguntó el padre
- Duerme, no lo molestéis. Ya nos reuniremos.
- Cerca del volcán -dijo él, y se puso a volar. Los pequeños le siguieron.
Ella suspiró. No se lo había dicho a nadie, pero su pequeño había muerto durante la noche. Y ella ya sabía lo que tenía que hacer: se quedaría al lado de su cuerpo esperando al frío invierno para así morir con su pequeño y, en el cielo de los pájaros, seguir con él. Su marido cuidaría de los otros, la poca ayuda que ya podían necesitar. Porque ya eran mayores y pronto serían independientes. ¿Y ella? Ella era una fruta que ya había madurado y que le tocaba hundirse en el suelo para, con su pequeño, ser el fruto de un mañana mejor.
lunes, 19 de enero de 2015
viernes, 16 de enero de 2015
a mis espaldas
La reunión se alargaba. Les sexagenarios habían desarrollado la costumbre de reunirse después de la comida en la terraza del asilo. Allí tomaban café o alguna bebida caliente. Y la mayoría hubiera preferido estar dentro, viendo la tele o echándose la siesta. Pero no se atrevían.
- Uno de ellos es el que les ata. Pero no sé quién -comentaba una enfermera a su compañera
- Ninguno de ellos tiene un gran carácter. Tal vez sea Concha.
Concha era uno de los viejos más invisible para las enfermeras. Nunca hablaba con ellas pero les sonreía a menudo, como si creyera que así conseguiría algún trato de favor. Y era extraño, porque la mayoría de los viejos o no se molestaban por caer bien a las jóvenes enfermeras o les tenían miedo, como niños pequeños que temieran estar en falta.
Y las enfermeras no estaban del todo descaminadas en sus elucubraciones; si nadie se atrevía a retirarse del café era justamente por el silencioso imperio de Concha. Y no es que fuera una vieja ofensiva o insoportable; al contrario, a todos les gustaba hablar con ella. Pero todos habían descubierto que, en cuanto uno de ellos estaba ausente, Concha lo hacía notar. Y sus comentarios eran tales que, aún con apariencia inocente, daban comienzo a toda una racha de críticas. Para cuando terminaba la hora del café, los viejos descubrían que habían descuartizado sin piedad la memoria de uno de ellos por el simple pecado de estar ausente en la hora del café. Se sentían entonces avergonzados y evitaban mirarse mucho más a la cara. Pero, de nuevo, doña Concha sabía tranquilizarles. De alguna forma resaltaba que no podía soportar a los criticones. Y todos respiraban aliviados, pues era evidente que doña Concha les prestaba su favor y, por tanto, no pertenecían a aquella horrible raza de los criticones.
Y, sin embargo, nadie se atrevía a ausentarse de la reunión.
Un día pasó algo inesperado: fue la propia doña Concha quien se ausentó.
- ¿Está enferma? -preguntó un anciano recién llegado a la Residencia.
- Mala digestión. Los médicos le han prohibido levantarse en toda una semana -dijo el que más estaba con ella. Si hubieran tenido sesenta años menos, habría sido su novio. Tal y como estaban las cosas, pasaba por su lugarteniente.
- Es extraño que nos reunamos sin que ella esté presente. Concha siempre es... -comenzó a apuntar un tercero.
Pero entonces pasó algo singular. Todas las miradas se levantaron hacia el recién llegado, esperando que comenzara la crítica de doña Concha. ¿Caería ella bajo el mismo yugo con el que tantos habían sufrido bajo su imperio?
Pero el que hablaba, viendo la expectación creada, calló de repente. Confuso.
Y nadie se atrevió a decir ni una palabra en contra de doña Concha. Se sintieron, sin embargo, aliviados.
- Aún nos queda vida -dijo uno de ellos al rato, al hilo de otro tema. Pero todos le oyeron y se sintieron gratificados.
Y, antes de que terminara la hora del café, uno de ellos se levantó y dijo con renovado optimismo:
- Creo que me voy a ir a dormir un poco
Y les miró como interrogándole. Hasta que uno de ellos contestó:
- Harás bien. Podrás dormir tranquilo.
Era un hermoso día.
- Uno de ellos es el que les ata. Pero no sé quién -comentaba una enfermera a su compañera
- Ninguno de ellos tiene un gran carácter. Tal vez sea Concha.
Concha era uno de los viejos más invisible para las enfermeras. Nunca hablaba con ellas pero les sonreía a menudo, como si creyera que así conseguiría algún trato de favor. Y era extraño, porque la mayoría de los viejos o no se molestaban por caer bien a las jóvenes enfermeras o les tenían miedo, como niños pequeños que temieran estar en falta.
Y las enfermeras no estaban del todo descaminadas en sus elucubraciones; si nadie se atrevía a retirarse del café era justamente por el silencioso imperio de Concha. Y no es que fuera una vieja ofensiva o insoportable; al contrario, a todos les gustaba hablar con ella. Pero todos habían descubierto que, en cuanto uno de ellos estaba ausente, Concha lo hacía notar. Y sus comentarios eran tales que, aún con apariencia inocente, daban comienzo a toda una racha de críticas. Para cuando terminaba la hora del café, los viejos descubrían que habían descuartizado sin piedad la memoria de uno de ellos por el simple pecado de estar ausente en la hora del café. Se sentían entonces avergonzados y evitaban mirarse mucho más a la cara. Pero, de nuevo, doña Concha sabía tranquilizarles. De alguna forma resaltaba que no podía soportar a los criticones. Y todos respiraban aliviados, pues era evidente que doña Concha les prestaba su favor y, por tanto, no pertenecían a aquella horrible raza de los criticones.
Y, sin embargo, nadie se atrevía a ausentarse de la reunión.
Un día pasó algo inesperado: fue la propia doña Concha quien se ausentó.
- ¿Está enferma? -preguntó un anciano recién llegado a la Residencia.
- Mala digestión. Los médicos le han prohibido levantarse en toda una semana -dijo el que más estaba con ella. Si hubieran tenido sesenta años menos, habría sido su novio. Tal y como estaban las cosas, pasaba por su lugarteniente.
- Es extraño que nos reunamos sin que ella esté presente. Concha siempre es... -comenzó a apuntar un tercero.
Pero entonces pasó algo singular. Todas las miradas se levantaron hacia el recién llegado, esperando que comenzara la crítica de doña Concha. ¿Caería ella bajo el mismo yugo con el que tantos habían sufrido bajo su imperio?
Pero el que hablaba, viendo la expectación creada, calló de repente. Confuso.
Y nadie se atrevió a decir ni una palabra en contra de doña Concha. Se sintieron, sin embargo, aliviados.
- Aún nos queda vida -dijo uno de ellos al rato, al hilo de otro tema. Pero todos le oyeron y se sintieron gratificados.
Y, antes de que terminara la hora del café, uno de ellos se levantó y dijo con renovado optimismo:
- Creo que me voy a ir a dormir un poco
Y les miró como interrogándole. Hasta que uno de ellos contestó:
- Harás bien. Podrás dormir tranquilo.
Era un hermoso día.
jueves, 15 de enero de 2015
el jenífaro
- Me llaman el jenífaro -dijo la ardilla más pequeña en la reunión de todas las ardillas del bosque. Había llamado la atención con su cola, que había trenzado como si fuera una coleta.
- ¿Y no te molesta al saltar? -preguntó una
- ¿Qué es un jenífaro? -preguntó otra
Los pájaros hacían como que no existía aquella ardilla rebelde. Ya estaban acostumbrados a que, cada tanto, surgiera una rara. El búho, por su parte, pensaba "no es jenífaro, sino jenízaro, idiota, y es una palabra que viene de un país del que nunca habrás oído hablar". Pero no dijo nada, aunque tampoco evitaba mirar. Solo que tenía sueño porque, como todo el mundo sabe, los búhos duermen por el día.
Las otras ardillas no sabían muy bien a qué atenerse. Aquella joven atolondrada estaba acaparando la reunión anual, y aunque en su fuero interno se avergonzaban de ella, les gustaba que una ardilla fuera el centro de atención.
- Y un día haré que este bosque sea conocido por todos.
- Eso es algo que no me gustaría -gruñó el oso. Estaba de mal humor porque ya se había acabado la miel.
- Si un día te encuentro por el bosque, sabré que hacer contigo -dijo el zorro. No podía cazar nada por la tregua de la fiesta de primavera, pero toda aquella carne pacífica reunida sin huírle le daba hambre.
- Tenías que haber comido antes de venir. Son las normas, ya sabes -ululó el búho desde lo alto
- Normas a mí -murmuró el zorro.
Pero no se atrevía a romper la tregua. Los suyos no le perdonarían y alguno de los animales mayores, como los osos, podrían enfadarse mucho. No es sabio enfadar a un oso.
En aquel momento la ardilla jenífaro -o jenízaro, como hubiera corregido el búho- se paseaba ufana. Quería enseñar a todo el mundo su cola trenzada, y aunque sentía cierta vergüenza se esforzaba por no manifestarla.
- ¿Tienes que pasearte así? -le susurró uno de sus hermanos
- Soy el jenífaro -dijo ella, como si fuera un mantra que había de salvarle la vida.
Y en efecto se la salvó. Mucho tiempo después, cuando el hambre obligó a la ardilla a dejarse de juegos estúpidos y madurar, cayó en un trampa que un zorro le había puesto. Y cuando se vio perdida y a punto de que el otro le hincara del diente, dijo con voz trémula:
- Soy el jenífaro
Y el zorro, creyendo que allí había alguna astucia escondida que podía acarrearle problemas y estos desconocidos, la dejó marchar. A veces cuando uno piensa demasiado pasan estas cosas.
Ella, por su parte, recuperó no solo la vida sino también la vanidad. Desde aquel día no dejó de proclamar su condición de Jenífaro, a pesar de que su apareciencia era la de una simple ardilla.
- Pero soy más que una ardilla. Soy un jenífaro -decía. Y luego contaba el milagro que le había acaecido con su depredador, de forma que muchas ardillas comenzaron a seguir ese juego y a definirse como jenífaros.
- Jenízaros, querrán decir -decía el búho cuando las oía parlotear.
Claro que, con el tiempo, los zorros se dieron cuenta de la trampa y ya no hacían tanto caso.
- ¡Que soy un jenífaro! -decían las ardillas acorraladas.
- Y yo un simple zorro -respondían sus depredadores con una sonrisa. Luego hincaban el diente porque, ya se sabía, la tregua solo duraba un día.
- ¿Y no te molesta al saltar? -preguntó una
- ¿Qué es un jenífaro? -preguntó otra
Los pájaros hacían como que no existía aquella ardilla rebelde. Ya estaban acostumbrados a que, cada tanto, surgiera una rara. El búho, por su parte, pensaba "no es jenífaro, sino jenízaro, idiota, y es una palabra que viene de un país del que nunca habrás oído hablar". Pero no dijo nada, aunque tampoco evitaba mirar. Solo que tenía sueño porque, como todo el mundo sabe, los búhos duermen por el día.
Las otras ardillas no sabían muy bien a qué atenerse. Aquella joven atolondrada estaba acaparando la reunión anual, y aunque en su fuero interno se avergonzaban de ella, les gustaba que una ardilla fuera el centro de atención.
- Y un día haré que este bosque sea conocido por todos.
- Eso es algo que no me gustaría -gruñó el oso. Estaba de mal humor porque ya se había acabado la miel.
- Si un día te encuentro por el bosque, sabré que hacer contigo -dijo el zorro. No podía cazar nada por la tregua de la fiesta de primavera, pero toda aquella carne pacífica reunida sin huírle le daba hambre.
- Tenías que haber comido antes de venir. Son las normas, ya sabes -ululó el búho desde lo alto
- Normas a mí -murmuró el zorro.
Pero no se atrevía a romper la tregua. Los suyos no le perdonarían y alguno de los animales mayores, como los osos, podrían enfadarse mucho. No es sabio enfadar a un oso.
En aquel momento la ardilla jenífaro -o jenízaro, como hubiera corregido el búho- se paseaba ufana. Quería enseñar a todo el mundo su cola trenzada, y aunque sentía cierta vergüenza se esforzaba por no manifestarla.
- ¿Tienes que pasearte así? -le susurró uno de sus hermanos
- Soy el jenífaro -dijo ella, como si fuera un mantra que había de salvarle la vida.
Y en efecto se la salvó. Mucho tiempo después, cuando el hambre obligó a la ardilla a dejarse de juegos estúpidos y madurar, cayó en un trampa que un zorro le había puesto. Y cuando se vio perdida y a punto de que el otro le hincara del diente, dijo con voz trémula:
- Soy el jenífaro
Y el zorro, creyendo que allí había alguna astucia escondida que podía acarrearle problemas y estos desconocidos, la dejó marchar. A veces cuando uno piensa demasiado pasan estas cosas.
Ella, por su parte, recuperó no solo la vida sino también la vanidad. Desde aquel día no dejó de proclamar su condición de Jenífaro, a pesar de que su apareciencia era la de una simple ardilla.
- Pero soy más que una ardilla. Soy un jenífaro -decía. Y luego contaba el milagro que le había acaecido con su depredador, de forma que muchas ardillas comenzaron a seguir ese juego y a definirse como jenífaros.
- Jenízaros, querrán decir -decía el búho cuando las oía parlotear.
Claro que, con el tiempo, los zorros se dieron cuenta de la trampa y ya no hacían tanto caso.
- ¡Que soy un jenífaro! -decían las ardillas acorraladas.
- Y yo un simple zorro -respondían sus depredadores con una sonrisa. Luego hincaban el diente porque, ya se sabía, la tregua solo duraba un día.
miércoles, 14 de enero de 2015
el ausente
Lo peor de tener una enfermedad que todos toman por incurable es que ya te tratan de muerto. Las visitas de los familiares son despedidas, las bromas de los amigos son esfuerzos para prolongar la amistad al más allá. Los niños plantean inocencias enternecedoras:
- ¿Y cuando te mueras me escribirás cartas?
Y así. Entonces pasa lo que nadie tenía previsto: te recuperas. La enfermedad tiene una odiosa probabilidad de éxito, pero tú justo pasaste la prueba. Ya ves: después de pasarte la vida perdiendo en todas las oportunidades, al final ganas en lo más inesperado. Y te conviertes en un milagro vivo.
- ¡Es un milagro! -no deja de proclamar tu apocalíptica hermana.
El doctor se muestra satisfecho pero prudente.
- Como siga usted así me va a acabar enterrando.
Tú ríes estúpidamente. No sabes cómo ha sido posible nada de esto y tienes miedo de forzar la mano con un chascarrillo fuera de lugar. Que todo el mundo lo sabe: nada hay peor que una recaída, desde el catarro hasta el tabaco o las mujeres perdidas.
- ¿Entonces usted cree que podré levantarme de la cama? -preguntas humildemente
- ¡De la cama! En un mes ya le veo jugando al tenis
El doctor no lo sabe, pero el común de los mortales no suele jugar al tenis. Tal vez ellos, los médicos, sí que pueden dedicar sus horas de ocio al tenis, al golf y al pádel; y los fines de semana se reunirán en casa de uno de ellos para jugar al bridge y bromear sobre sus enfermos.
- Pues he tenido un caso de lo más curioso. Al final el tipo se levantó -diría rememorándome
- Cualquier diría que te da rabia -le comentaría la mujer de uno de sus amigos de la universidad, la misma que querría acostarse con él.
- Bueno, no sé muy bien cómo lo ha hecho.
- Los enfermos no deberían tener tanta libertad -diría el marido de la futura amante.
En todo caso, lo peor ha sido volver a trabajar. Después de seis meses de baja, uno era una ausencia en vías a desaparecer del mapa. Habían contratado a otro para que ocupara mi lugar y muchos ya me tenían como "aquel amigo querido". Una de las secretarias incluso tenía una foto mía al lado de una vela.
- Pero si todavía no me he muerto -le dije
- Bueno, ya sabe usted que me gusta adelantarlo todo -me ha respondido
El jefe no sabía muy bien dónde meterse.
- Estamos muy contentos con el nuevo empleado y... ejem... tal vez no le importaría que le reasignáramos a un nuevo departamento.
- Estando a punto de morir se entiende mejor las prioridades. Todo es agradablemente inesperado. -le respondí
- Me alegro de que se lo tome con tanta filosofía. Claro que yo mismo no... su experiencia, ya me entiende.
Y yo asiento para sacarle del atolladero. Cuando salgo de su despacho me dirigo al almacén de suministros para que me den el nuevo uniforme.
Porque ahora seré el botones de la oficina. Resucitado, eso sí.
- ¿Y cuando te mueras me escribirás cartas?
Y así. Entonces pasa lo que nadie tenía previsto: te recuperas. La enfermedad tiene una odiosa probabilidad de éxito, pero tú justo pasaste la prueba. Ya ves: después de pasarte la vida perdiendo en todas las oportunidades, al final ganas en lo más inesperado. Y te conviertes en un milagro vivo.
- ¡Es un milagro! -no deja de proclamar tu apocalíptica hermana.
El doctor se muestra satisfecho pero prudente.
- Como siga usted así me va a acabar enterrando.
Tú ríes estúpidamente. No sabes cómo ha sido posible nada de esto y tienes miedo de forzar la mano con un chascarrillo fuera de lugar. Que todo el mundo lo sabe: nada hay peor que una recaída, desde el catarro hasta el tabaco o las mujeres perdidas.
- ¿Entonces usted cree que podré levantarme de la cama? -preguntas humildemente
- ¡De la cama! En un mes ya le veo jugando al tenis
El doctor no lo sabe, pero el común de los mortales no suele jugar al tenis. Tal vez ellos, los médicos, sí que pueden dedicar sus horas de ocio al tenis, al golf y al pádel; y los fines de semana se reunirán en casa de uno de ellos para jugar al bridge y bromear sobre sus enfermos.
- Pues he tenido un caso de lo más curioso. Al final el tipo se levantó -diría rememorándome
- Cualquier diría que te da rabia -le comentaría la mujer de uno de sus amigos de la universidad, la misma que querría acostarse con él.
- Bueno, no sé muy bien cómo lo ha hecho.
- Los enfermos no deberían tener tanta libertad -diría el marido de la futura amante.
En todo caso, lo peor ha sido volver a trabajar. Después de seis meses de baja, uno era una ausencia en vías a desaparecer del mapa. Habían contratado a otro para que ocupara mi lugar y muchos ya me tenían como "aquel amigo querido". Una de las secretarias incluso tenía una foto mía al lado de una vela.
- Pero si todavía no me he muerto -le dije
- Bueno, ya sabe usted que me gusta adelantarlo todo -me ha respondido
El jefe no sabía muy bien dónde meterse.
- Estamos muy contentos con el nuevo empleado y... ejem... tal vez no le importaría que le reasignáramos a un nuevo departamento.
- Estando a punto de morir se entiende mejor las prioridades. Todo es agradablemente inesperado. -le respondí
- Me alegro de que se lo tome con tanta filosofía. Claro que yo mismo no... su experiencia, ya me entiende.
Y yo asiento para sacarle del atolladero. Cuando salgo de su despacho me dirigo al almacén de suministros para que me den el nuevo uniforme.
Porque ahora seré el botones de la oficina. Resucitado, eso sí.
martes, 30 de diciembre de 2014
el conejo viajero
Érase un conejo que viajaba por el mundo. A su lado siempre se encontraba un pequeño ratón. El conejos se llamaba don Raimundo; el ratón, Esteban. Eran inseparables.
En una ocasión fueron a visitar a la tía de don Raimundo. Se encontraba esta en sus últimos momentos. Cerca de ella vivía el mayor de los hermanos de Esteban el ratón.
La tía murió a los pocos días cuando aún se hospedaban los dos amigos en la casa. Y, con esas casualidades que la naturaleza brinda de vez en cuando, el hermano mayor de Esteban sufrió un accidente en el trabajo; de resultas enfermó del tétanos, contra el que no estaba vacunado. Y en apenas unas semanas ya lo estaban enterrando.
Don Raimundo, que apenas se había recuperado tras la muerte de su tía, se desveló por su amigo para acompañarle en el dolor.
A los dos meses de estos sucesos, el cuerpo abuhado de policías recibió una llamada muy extraña: se trataba de don Raimundo, a quien habían encontrado por la calle deambulando como un sonámbulo. La policía lo llevó a su casa y allí descubrieron el cadáver aún caliente de Esteban.
- ¡Yo lo maté, yo lo maté! -confesó don Raimundo -fui yo quien le pedí que preparara una taza de té.
A primera vista, parecía que al ratón se le había caído el té y que luego se había derramado sobre el charco. Vamos, un accidente de lo más tonto y una muerte estúpida. El golpe en la nuca había acabado con el joven.
La policía intento consolar a don Raimundo. Y es que a nadie le cabía en la cabeza que quisiera matar a su amigo o que lo hubiera hecho intencionadamente. Al contrario, el psicólogo del cuerpo, un pájaro carpintero muy viejo y muy sabio, intentó quitarle cualquier sentimiento de culpa.
- Es un accidente. Fue un accidente. Repítelo cada día. Debes repetirlo.
Y toda esta información le llegó, más o menos adulterada, a la joven ardilla Sherlica, que se encontró con don Raimundo en un barco que atravesaba el canal de la mancha. Como era un ardilla metomentodo, siguió a don Raimundo en sus travesías parisinas, y así descubrió que llevaba el cuadro de un famoso pintor que quería vender.
Entonces Sherlica se puso a investigar, y descubrió que Esteban no había sufrido ningún accidente, sino que don Raimundo lo había asesinado a sangre fría y luego se había dado a aquella actuación. Y el motivo no era otro que el de apoderarse de aquel cuadro, que a Esteban le había legado su hermano moribundo hacía unos meses.
Sherlica quiso denunciar todo esto a al cuerpo abuhado, pero estos no quisieron hacerle caso. "Caso cerrado, caso cerrado"
Por eso fue que Sherlica se voló los sesos con una magnum.
Para llamar la atención.
En una ocasión fueron a visitar a la tía de don Raimundo. Se encontraba esta en sus últimos momentos. Cerca de ella vivía el mayor de los hermanos de Esteban el ratón.
La tía murió a los pocos días cuando aún se hospedaban los dos amigos en la casa. Y, con esas casualidades que la naturaleza brinda de vez en cuando, el hermano mayor de Esteban sufrió un accidente en el trabajo; de resultas enfermó del tétanos, contra el que no estaba vacunado. Y en apenas unas semanas ya lo estaban enterrando.
Don Raimundo, que apenas se había recuperado tras la muerte de su tía, se desveló por su amigo para acompañarle en el dolor.
A los dos meses de estos sucesos, el cuerpo abuhado de policías recibió una llamada muy extraña: se trataba de don Raimundo, a quien habían encontrado por la calle deambulando como un sonámbulo. La policía lo llevó a su casa y allí descubrieron el cadáver aún caliente de Esteban.
- ¡Yo lo maté, yo lo maté! -confesó don Raimundo -fui yo quien le pedí que preparara una taza de té.
A primera vista, parecía que al ratón se le había caído el té y que luego se había derramado sobre el charco. Vamos, un accidente de lo más tonto y una muerte estúpida. El golpe en la nuca había acabado con el joven.
La policía intento consolar a don Raimundo. Y es que a nadie le cabía en la cabeza que quisiera matar a su amigo o que lo hubiera hecho intencionadamente. Al contrario, el psicólogo del cuerpo, un pájaro carpintero muy viejo y muy sabio, intentó quitarle cualquier sentimiento de culpa.
- Es un accidente. Fue un accidente. Repítelo cada día. Debes repetirlo.
Y toda esta información le llegó, más o menos adulterada, a la joven ardilla Sherlica, que se encontró con don Raimundo en un barco que atravesaba el canal de la mancha. Como era un ardilla metomentodo, siguió a don Raimundo en sus travesías parisinas, y así descubrió que llevaba el cuadro de un famoso pintor que quería vender.
Entonces Sherlica se puso a investigar, y descubrió que Esteban no había sufrido ningún accidente, sino que don Raimundo lo había asesinado a sangre fría y luego se había dado a aquella actuación. Y el motivo no era otro que el de apoderarse de aquel cuadro, que a Esteban le había legado su hermano moribundo hacía unos meses.
Sherlica quiso denunciar todo esto a al cuerpo abuhado, pero estos no quisieron hacerle caso. "Caso cerrado, caso cerrado"
Por eso fue que Sherlica se voló los sesos con una magnum.
Para llamar la atención.
viernes, 26 de diciembre de 2014
el rico
- Lo que no sé es para qué queremos tanto dinero si no podemos utilizarlo.
No le escuchó sino que siguió contando las ganancias sobre la mesa.
- ¿Me has oído? -preguntó su sobrino
- Todo llegará, llegará... llegará -murmuró su tío, avaricioso, contando los billetes mientras murmuraba la última palabra.
El joven tragó saliva y dijo aquello para lo que llevaba todo el día armándose de valor:
- Esta tirde queiro ir la cine -dijo, trabucándose con las palabras
- Llegará, llegará... llegará -respondió su tío, repescando la última palabra que otra vez fue a perderse en las profundidades del silencio.
- Al cine -repitió su sobrino.
Su tío levantó la mirada. El joven tragó saliva.
- ¿Para que te sirve la conciencia?
El joven no supo qué responder. No entendía.
- Para modelarla. Y lo mismo el dinero, jovencito. La pobreza es el reino de la mayoría y nosotros nos mantenemos aparte con el dinero acumulado. ¿Quieres ir al cine? Adelante. Tienes dinero para gastarlo, ¡gástalo! Pero no dejes de trabajar para obtenerlo.
- ¿Te parece bien que vaya? ¡Guau eso es genial! No me lo esperaba. ¡Gracias, tío! Además de que no iré solo.
Pero ya el tío se había vuelto a enfrascar en sus cuentas.
La puerta se abrió de repente y entraron los tres renacuajos:
- ¡Hola, tío Donald! -gritaron al unísono.
Su tío se los llevó rápidamente de allí. No quería que pusieran de mal humor al viejo.
- ¿Para qué habéis venido? -preguntó afuera
- Íbamos por la calle, patinando... -comenzó uno
- Y nos encontramos a Daisy -siguió otro
- Y nos dijo que, si tenías suficiente valor para preguntárselo al viejo, iríais al cine.
Entonces los tres, al únisono, exclamaron:
- ¿Es verdad?
Donald sonrió con suficiencia.
- ¿Que si yo tengo valor para preguntarle algo así al viejo? Ni se lo pregunté. Simplemente le informé para que luego no se estuviera preguntando dónde andaba.
- ¿Y qué hace ahora el viejo?
- Está ahí adentro, contabilizando su conciencia, como siempre.
Al rato se fueron todos. Donald les prometió a sus sobrinos comprarles unas golosinas. En cuanto cerraron la puerta, Gilito abrió la suya y, viendo que no había moros en la costa, corrió hacia el teléfono.
- ¿Telepizza? Quiero una cuatro quesos, bien grande. Hoy espero a una invitada.
Luego colgó. Aquel día esperaba a la viejecita que se había encontrado recientemente en el banco. Se habían citado en la oficina y, cuando ya desesperaba para quitarse de encima a su sobrino, este había salido con el plan del cine. Menos mal.
Desde que había conocido a la señora todo su dinero le sabía a poco. Menos que a poco: a nada.
No le escuchó sino que siguió contando las ganancias sobre la mesa.
- ¿Me has oído? -preguntó su sobrino
- Todo llegará, llegará... llegará -murmuró su tío, avaricioso, contando los billetes mientras murmuraba la última palabra.
El joven tragó saliva y dijo aquello para lo que llevaba todo el día armándose de valor:
- Esta tirde queiro ir la cine -dijo, trabucándose con las palabras
- Llegará, llegará... llegará -respondió su tío, repescando la última palabra que otra vez fue a perderse en las profundidades del silencio.
- Al cine -repitió su sobrino.
Su tío levantó la mirada. El joven tragó saliva.
- ¿Para que te sirve la conciencia?
El joven no supo qué responder. No entendía.
- Para modelarla. Y lo mismo el dinero, jovencito. La pobreza es el reino de la mayoría y nosotros nos mantenemos aparte con el dinero acumulado. ¿Quieres ir al cine? Adelante. Tienes dinero para gastarlo, ¡gástalo! Pero no dejes de trabajar para obtenerlo.
- ¿Te parece bien que vaya? ¡Guau eso es genial! No me lo esperaba. ¡Gracias, tío! Además de que no iré solo.
Pero ya el tío se había vuelto a enfrascar en sus cuentas.
La puerta se abrió de repente y entraron los tres renacuajos:
- ¡Hola, tío Donald! -gritaron al unísono.
Su tío se los llevó rápidamente de allí. No quería que pusieran de mal humor al viejo.
- ¿Para qué habéis venido? -preguntó afuera
- Íbamos por la calle, patinando... -comenzó uno
- Y nos encontramos a Daisy -siguió otro
- Y nos dijo que, si tenías suficiente valor para preguntárselo al viejo, iríais al cine.
Entonces los tres, al únisono, exclamaron:
- ¿Es verdad?
Donald sonrió con suficiencia.
- ¿Que si yo tengo valor para preguntarle algo así al viejo? Ni se lo pregunté. Simplemente le informé para que luego no se estuviera preguntando dónde andaba.
- ¿Y qué hace ahora el viejo?
- Está ahí adentro, contabilizando su conciencia, como siempre.
Al rato se fueron todos. Donald les prometió a sus sobrinos comprarles unas golosinas. En cuanto cerraron la puerta, Gilito abrió la suya y, viendo que no había moros en la costa, corrió hacia el teléfono.
- ¿Telepizza? Quiero una cuatro quesos, bien grande. Hoy espero a una invitada.
Luego colgó. Aquel día esperaba a la viejecita que se había encontrado recientemente en el banco. Se habían citado en la oficina y, cuando ya desesperaba para quitarse de encima a su sobrino, este había salido con el plan del cine. Menos mal.
Desde que había conocido a la señora todo su dinero le sabía a poco. Menos que a poco: a nada.
martes, 23 de diciembre de 2014
la libretita de hello kitty
- Dígame cuándo se produjo el... robo- eligió la palabra con cuidado.
- Ya se lo he contado a su compañero. Iba bajando por la calle cuando vi, en la esquina de enfrente, a un chulo pegando a su puta. Entonces me paré aquí, en la esquina, para gritarles que pararan. Maldita sea, quería ser un buen ciudadano. Como esos que salen en las películas, ¿sabe usted?
- Me hago a la idea -contestó el policía. Iba de paisano, así que el denunciante supuso que sería alguien con un cargo más alto que el común de los picoletos. De un bolsillo comenzó a sacar algo.
"Cigarrillos, imagino", pensó el buen ciudadano en medio de su declaración. Pero en su lugar apareció una libretita para tomar notas de color rosa. En la pequeña portada estaba pintada una hello kitty y debajo, en letras fosforecentes, "Hello Kitty". Por un momento perdió el hilo de sus pensamientos.
- ¿Qué decía? -acertó a preguntar al fin
- Le animo a que prosiga, caballero. Se ha quedado usted en la esquina, vociferando a una pareja que había visto en la esquina de enfrente.
El otro siguió, aunque no podía apartar la mirada de la libretita.
- Sí... entonces surgieron como de la nada el grupo de latinos...
- Estarían a la vuelta de la esquina y le verían a usted gritar -intervino el policía
- ¿Cómo dice? -preguntó el joven mirando la libretita
- Prosiga, se lo ruego
- Sí, bueno, pasaría como usted dice. Para el caso, cuando me quise dar cuenta estaban alrededor mío empujándome y riéndose de mí. ¿Quiere usted saber lo que decían?
- Dígamelo
- "¡Qué pasa superman! ¿Dónde te has dejado la capa?" y cosas así.
- Entiendo
- Yo entonces... me asusté. Me ordenaron bajarme los pantalones y ponerme a cagar allí...
Se produjo un incómodo silencio. No hacía falta preguntarle si había obedecido, pues un excremento humano aún estaba allí, a unos metros de ellos.
- Y entonces me dieron esa piedra y me obligaron a que la lanzara contra el escaparate. Ya sabe usted el resto.
Sí, lo sabía, habían entrado en la tienda y se habían llevado lo que habían podido. Y no solo eso, al irse se habían llevado también los pantalones del agredido.
- Tendrá que acompañarme a comisaría para firmar la declaración.
El otro asintió. Le habían prestado unos pantalones que le quedaban demasiado grandes y su figura era patética.
"Y encima se sorprende porque llevo una libretita de "hello kitty"" Pensó el inspector.
"Será idiota"
- Ya se lo he contado a su compañero. Iba bajando por la calle cuando vi, en la esquina de enfrente, a un chulo pegando a su puta. Entonces me paré aquí, en la esquina, para gritarles que pararan. Maldita sea, quería ser un buen ciudadano. Como esos que salen en las películas, ¿sabe usted?
- Me hago a la idea -contestó el policía. Iba de paisano, así que el denunciante supuso que sería alguien con un cargo más alto que el común de los picoletos. De un bolsillo comenzó a sacar algo.
"Cigarrillos, imagino", pensó el buen ciudadano en medio de su declaración. Pero en su lugar apareció una libretita para tomar notas de color rosa. En la pequeña portada estaba pintada una hello kitty y debajo, en letras fosforecentes, "Hello Kitty". Por un momento perdió el hilo de sus pensamientos.
- ¿Qué decía? -acertó a preguntar al fin
- Le animo a que prosiga, caballero. Se ha quedado usted en la esquina, vociferando a una pareja que había visto en la esquina de enfrente.
El otro siguió, aunque no podía apartar la mirada de la libretita.
- Sí... entonces surgieron como de la nada el grupo de latinos...
- Estarían a la vuelta de la esquina y le verían a usted gritar -intervino el policía
- ¿Cómo dice? -preguntó el joven mirando la libretita
- Prosiga, se lo ruego
- Sí, bueno, pasaría como usted dice. Para el caso, cuando me quise dar cuenta estaban alrededor mío empujándome y riéndose de mí. ¿Quiere usted saber lo que decían?
- Dígamelo
- "¡Qué pasa superman! ¿Dónde te has dejado la capa?" y cosas así.
- Entiendo
- Yo entonces... me asusté. Me ordenaron bajarme los pantalones y ponerme a cagar allí...
Se produjo un incómodo silencio. No hacía falta preguntarle si había obedecido, pues un excremento humano aún estaba allí, a unos metros de ellos.
- Y entonces me dieron esa piedra y me obligaron a que la lanzara contra el escaparate. Ya sabe usted el resto.
Sí, lo sabía, habían entrado en la tienda y se habían llevado lo que habían podido. Y no solo eso, al irse se habían llevado también los pantalones del agredido.
- Tendrá que acompañarme a comisaría para firmar la declaración.
El otro asintió. Le habían prestado unos pantalones que le quedaban demasiado grandes y su figura era patética.
"Y encima se sorprende porque llevo una libretita de "hello kitty"" Pensó el inspector.
"Será idiota"
lunes, 22 de diciembre de 2014
A medio camino
- ¿No te cansas nunca de estar volando así, de arriba abajo? -le preguntó el diablillo que hacía de portero
- Uno se acostumbra -respondió Altazov, el búho mensajero.
Y después de esto emprendió vuelo. Sus grandes ojos vieron alejarse las puertas del infierno y a aquel desgraciado que tenía que estar en la puerta para bienvenir a los incautos.
"Hace falta ser idiota para lanzarse al infierno. Son infelices en vida y solo les queda seguir cobrando lo que han cosechado"
En el pico llevaba una brizna sacada de unas de las hierbas que crecían allí, en la puerta del inframundo. Y su misión era llevarla lo más cerca posible del estrado de San Pedro, frente a las puertas celestiales. Claro que no podía atravesarlas.
Los ángeles recogían aquella brizna y con ella fabricaban flores picantes con las que se alfombraban las carreteras del purgatorio. O así se se lo habían contado a Altazov, él nunca lo había visto.
- ¿No te cansas de estar volando así, de abajo arriba? -le preguntó un angelito que suplía a San Pedro cuando este se iba a interceder por alguien. Pero no por muchos, no era santo de gran devoción, pese a lo mucho de lo que se hablaba de él.
- Uno se acostumbra -repitió Altazov
Como muchos otros días, se preguntó por su misión. "¿Por qué yo?" Y hoy imaginó que eran por sus ojos. "Con mis grandes ojos he visto demasiadas cosas como para entrar en el cielo, pero no he cometido ninguna de ellas y no puedo condenarme al infierno"
Al infierno llevaba una piedra pequeñitas, de las muchas que había enfrente de las puertas celestiales. Con ellas construían las arcadas y los soportales de los edificios del infierno. Pero nadie podía habitar allí y, sin embargo, el lugar tenía su belleza.
Claro que él no lo había visto nunca, pero se lo habían contado.
De camino al infierno se sintió cansado y, vislumbrando un árbol que colgaba en un risco, se posó allí un instante. No había pasado ni un segundo cuando sintió nuevamente la urgencia de volar.
- Al fin y al cabo me encanta volar -se dijo
Y siguió bajando hasta las puertas del infierno. Allí estaba hoy el mismísimo Lucifer, pasando revista al portero. En cuanto le vio, se volvió a él:
- ¿Cuándo te vas a quedar aquí, Altazov?
- Lo mío no es entrar en ningún lado. ya lo sabe usted -le respondió el búho con dignidad.
- Tal vez ese ir volando de un lado a otro sea tu castigo, Altazov, tu infierno. ¿No se te ha ocurrido?
Y el búho sintió miedo. Cogió la primera brizna que encontró y se marchó volando.
- Pero a mí me encanta volar -se dijo, mientras ascendía- Tal vez esto sea mi cielo.
Y luego se afirmó en el pensamiento
- ¡Sí! -exclamó- ¡Esto es mi cielo!
Y siguió volando hacia las puertas de la eternidad.
- Uno se acostumbra -respondió Altazov, el búho mensajero.
Y después de esto emprendió vuelo. Sus grandes ojos vieron alejarse las puertas del infierno y a aquel desgraciado que tenía que estar en la puerta para bienvenir a los incautos.
"Hace falta ser idiota para lanzarse al infierno. Son infelices en vida y solo les queda seguir cobrando lo que han cosechado"
En el pico llevaba una brizna sacada de unas de las hierbas que crecían allí, en la puerta del inframundo. Y su misión era llevarla lo más cerca posible del estrado de San Pedro, frente a las puertas celestiales. Claro que no podía atravesarlas.
Los ángeles recogían aquella brizna y con ella fabricaban flores picantes con las que se alfombraban las carreteras del purgatorio. O así se se lo habían contado a Altazov, él nunca lo había visto.
- ¿No te cansas de estar volando así, de abajo arriba? -le preguntó un angelito que suplía a San Pedro cuando este se iba a interceder por alguien. Pero no por muchos, no era santo de gran devoción, pese a lo mucho de lo que se hablaba de él.
- Uno se acostumbra -repitió Altazov
Como muchos otros días, se preguntó por su misión. "¿Por qué yo?" Y hoy imaginó que eran por sus ojos. "Con mis grandes ojos he visto demasiadas cosas como para entrar en el cielo, pero no he cometido ninguna de ellas y no puedo condenarme al infierno"
Al infierno llevaba una piedra pequeñitas, de las muchas que había enfrente de las puertas celestiales. Con ellas construían las arcadas y los soportales de los edificios del infierno. Pero nadie podía habitar allí y, sin embargo, el lugar tenía su belleza.
Claro que él no lo había visto nunca, pero se lo habían contado.
De camino al infierno se sintió cansado y, vislumbrando un árbol que colgaba en un risco, se posó allí un instante. No había pasado ni un segundo cuando sintió nuevamente la urgencia de volar.
- Al fin y al cabo me encanta volar -se dijo
Y siguió bajando hasta las puertas del infierno. Allí estaba hoy el mismísimo Lucifer, pasando revista al portero. En cuanto le vio, se volvió a él:
- ¿Cuándo te vas a quedar aquí, Altazov?
- Lo mío no es entrar en ningún lado. ya lo sabe usted -le respondió el búho con dignidad.
- Tal vez ese ir volando de un lado a otro sea tu castigo, Altazov, tu infierno. ¿No se te ha ocurrido?
Y el búho sintió miedo. Cogió la primera brizna que encontró y se marchó volando.
- Pero a mí me encanta volar -se dijo, mientras ascendía- Tal vez esto sea mi cielo.
Y luego se afirmó en el pensamiento
- ¡Sí! -exclamó- ¡Esto es mi cielo!
Y siguió volando hacia las puertas de la eternidad.
viernes, 19 de diciembre de 2014
la bombilla fundida
- ¡¡Ay!!
Exclamó el pequeño mirlo.
- Tu hijo se ha golpeado otra vez. ¿Cuándo vas a arreglar esa bombilla?
Tontomás, el papá, miró a su señora un poco ofendido.
- ¿No ves que estoy arreglando este nido?
Ella suspiró y luego se echó a volar.
- Sí, vuela lejos -suspiró Tontomás mientras colocaba mejor una rama.
Su hijo salió del agujero del árbol.
- No hay forma de encontrar nada en la despensa, papá.
- ¿Qué querías de la despensa? -preguntó Tontomás
- Nueces del valle, aquellas que recolecté cuando fui a visitar a los abuelos. Mamá me ha dicho que las había almacenado ahí abajo. ¿Cuándo vas a arre...? -pero su padre le interrumpió
- Espera aquí. Te conseguiré las nueces. ¿Cuántas quieres?
- Dos nueces estará bien, pa.
Tontomás se marchó y al rato se oyó una exclamación:
- ¡Ay! ¡Maldita bombilla!
Y luego un ruído como de cristales rotos. El hijo imaginó a su padre golpeando la bombilla fundida en un acceso de rabia.
"Por lo menos que no se corte", pensó
Al poco salió el padre con cara de mal humor. Pero no había sangre por ningún lado.
- Aquí tienes. Y ahora, si no te importa, me gustaría trabajar un poco tranquilamente en el nido.
- Como tú quieras, pa -respondió el joven. Y, abriendo las alas, se marchó.
Tontomás colocaba las ramas en su nido de primavera. Este era el nido que, un poco más expuesto, servía para calentarse al sol cuando el tiempo mejoraba. Y, aunque ya hacía una semana de la llegada del buen tiempo, Tontomás no había tenido tiempo para arreglarlo hasta aquel día.
- En esta casa no hay forma de trabajar tranquilo.
Estaba colocando la ramita más importante de todas, aquella que servía para fijar bien el nido en la rama del árbol. Era la parte más delicada del trabajo. Lentamente la fue insertando cuando un ruído le sobresaltó.
- ¡Hola, vecino!
Era el gorrión que vivía en un árbol vecino. Tenía una voz estridente. El susto le había salido caro a Tontomás, pues se le cayó la rama de las manos y con él todo el nido que fue a parar al suelo con un golpe sordo.
- ¡Mil demonios! -exclamó
Y luego comenzó a despotricar contra el vecino, quien se fue de allí rápidamente.
- Paciencia, ten paciencia Tontomás. Si no, no vas a terminar nunca -se dijo
Bajó hasta el suelo y recogió el nido. Lentamente, fue volando con él de una rama a otra hasta que llegó a aquella en donde vivían. Lo colocó.
- Podía haber sido peor, podía haber sido peor -se repitía como un Mantra
Lo que no había podido subir era la rama de sostén. Pero recordó que en el almacén tenía una ramita muy buena, ligera y resistente y con forma de "y". Fue hasta allí pero pronto se encontró a oscuras. La bombilla estaba fundida y se golpeó en la cabeza. Además, por el suelo había casquillos de la bombilla de cuando la golpeara antes y se cortó en un pie.
Maltrecho, salió afuera. Se vendó la herida y, antes de que pasara una hora, ya había cambiado la bombilla. Luego miró al nido.
Aún faltaba mucho para terminarlo, pero colocó su mejor palo en la base, aquel que había ido a buscar al almacén.
- Mañana seguiré.
Cuando su esposa volvió, se encontró con su marido esperándola con una flor en la boca. Tenía un pie vendado y unos ojos contritos.
- Perdona -le dijo, tras alcanzarle la flor
- Yo también te quiero -contestó ella.
Exclamó el pequeño mirlo.
- Tu hijo se ha golpeado otra vez. ¿Cuándo vas a arreglar esa bombilla?
Tontomás, el papá, miró a su señora un poco ofendido.
- ¿No ves que estoy arreglando este nido?
Ella suspiró y luego se echó a volar.
- Sí, vuela lejos -suspiró Tontomás mientras colocaba mejor una rama.
Su hijo salió del agujero del árbol.
- No hay forma de encontrar nada en la despensa, papá.
- ¿Qué querías de la despensa? -preguntó Tontomás
- Nueces del valle, aquellas que recolecté cuando fui a visitar a los abuelos. Mamá me ha dicho que las había almacenado ahí abajo. ¿Cuándo vas a arre...? -pero su padre le interrumpió
- Espera aquí. Te conseguiré las nueces. ¿Cuántas quieres?
- Dos nueces estará bien, pa.
Tontomás se marchó y al rato se oyó una exclamación:
- ¡Ay! ¡Maldita bombilla!
Y luego un ruído como de cristales rotos. El hijo imaginó a su padre golpeando la bombilla fundida en un acceso de rabia.
"Por lo menos que no se corte", pensó
Al poco salió el padre con cara de mal humor. Pero no había sangre por ningún lado.
- Aquí tienes. Y ahora, si no te importa, me gustaría trabajar un poco tranquilamente en el nido.
- Como tú quieras, pa -respondió el joven. Y, abriendo las alas, se marchó.
Tontomás colocaba las ramas en su nido de primavera. Este era el nido que, un poco más expuesto, servía para calentarse al sol cuando el tiempo mejoraba. Y, aunque ya hacía una semana de la llegada del buen tiempo, Tontomás no había tenido tiempo para arreglarlo hasta aquel día.
- En esta casa no hay forma de trabajar tranquilo.
Estaba colocando la ramita más importante de todas, aquella que servía para fijar bien el nido en la rama del árbol. Era la parte más delicada del trabajo. Lentamente la fue insertando cuando un ruído le sobresaltó.
- ¡Hola, vecino!
Era el gorrión que vivía en un árbol vecino. Tenía una voz estridente. El susto le había salido caro a Tontomás, pues se le cayó la rama de las manos y con él todo el nido que fue a parar al suelo con un golpe sordo.
- ¡Mil demonios! -exclamó
Y luego comenzó a despotricar contra el vecino, quien se fue de allí rápidamente.
- Paciencia, ten paciencia Tontomás. Si no, no vas a terminar nunca -se dijo
Bajó hasta el suelo y recogió el nido. Lentamente, fue volando con él de una rama a otra hasta que llegó a aquella en donde vivían. Lo colocó.
- Podía haber sido peor, podía haber sido peor -se repitía como un Mantra
Lo que no había podido subir era la rama de sostén. Pero recordó que en el almacén tenía una ramita muy buena, ligera y resistente y con forma de "y". Fue hasta allí pero pronto se encontró a oscuras. La bombilla estaba fundida y se golpeó en la cabeza. Además, por el suelo había casquillos de la bombilla de cuando la golpeara antes y se cortó en un pie.
Maltrecho, salió afuera. Se vendó la herida y, antes de que pasara una hora, ya había cambiado la bombilla. Luego miró al nido.
Aún faltaba mucho para terminarlo, pero colocó su mejor palo en la base, aquel que había ido a buscar al almacén.
- Mañana seguiré.
Cuando su esposa volvió, se encontró con su marido esperándola con una flor en la boca. Tenía un pie vendado y unos ojos contritos.
- Perdona -le dijo, tras alcanzarle la flor
- Yo también te quiero -contestó ella.
jueves, 18 de diciembre de 2014
Hambre
La hormiga llevaba toda una pluma a cuestas.
- ¿Dónde quiere ir esta hormiguita? -preguntó el pequeño Tim
La hormiguita en cuestión, muy decidida, cargaba con la pluma que a Tim le habían regalado por su cumpleaños el año pasado. Pero solo hacía un mes que le permitían utilizarla.
- No es un rotulador ni un lápìz. Si aprietas, la romperás- le conminaba su madre
Tim pensaba que tampoco podía apretar los rotuladores, pero no dijo nada. ¡Si sus padres supieran lo que le costaba escribir! No era ni fácil ni divertido. No apretaba por decisión, sino por desesperación de ver que las letras, poco a poco, surgían de su lápiz.
- ¿Queda mucho para la comida?
- Lo mismo que antes... menos un minuto. Sigue mirando a la hormiga -le recomendó su padre, asomando la cabeza sobre el periódico.
Era Sábado y cocinaba mamá. Pero muchas veces se retrasaba porque quería hacer demasiadas cosas a la vez. O al menos así le decía su padre. A él, le decía, también le ponía de mal humor retrasos en la comida. Y para sobrellevarlo mejor tenía un secreto, el mismo que había compartido con su pequeño Tim:
- Me entretengo con otra cosa y me concentro tanto que olvido que tengo hambre.
Tim había decidido fijarse en la hormiga. Pero la barriga le hacía ruídos.
- Mi barriga también tiene hambre -dijo
Su madre se volvió entonces hacia él con gesto enfadado. Tenía una cuchara de madera en la mano con la que había estado removiendo la sopa. Pero antes de que estallara, su padre se levantó:
- Es posible que haya muchas barrigas con hambre en el mundo, Tim, y todas están pidiendo comida. Nosotros solo tenemos que esperar unos minutos más para que se callen. ¿No es así, cariño?
Ella sonrió irónicamente y se volvió a su puchero.
- ¿Cómo le va a esa hormiga? -le preguntó, agachándose. Y luego, por lo bajo, le dijo:
- No logro concentrarme en mi periódico. Tal vez la hormiga sea mejor para los dos.
- Se quiere llevar mi pluma estilográfica a su nido. Me pregunto para que la querrán.
- Pues esa pregunta es muy fácil. ¿Para qué crees que querrán una pluma? La pregunta debería ser, ¿y de dónde sacan el papel?
Tim le miró con gesto enfadado, pero luego decidió seguir el juego. Le encantaban las historias:
- ¿Las hormigas escriben?
- ¡Y tanto! -dijo su padre. Fíjate que ellas se organizan muy bien, y tienen una reina para mandar, hormigas soldado para pelear, obreras para buscar comida y todo lo que se les mande... ¡y escribanas! Que son las hormigas que están todo el día escribiendo. En general usan unas pajitas así, pequeñitas, que nosotros apenas podríamos ver. Pero a veces la reina quiere escribir algo importante y le llevan una pluma de los humanos. Como esta.
- Pero hasta para la reina esta pluma es demasiado grande.
- ¿Y qué has creído que hace una reina? No hace nada, Tim, más que mandar. Esta pluma ella nunca la tocará, sino que la montarán sobre un armario y 24 hormigas obreras la empujarán para que...
- ¡A comer! -les interrumpió mamá.
(y así se fueron, porque el que escribe, otra vez, ha contado mal el tiempo y aún quedarían 4 min para terminar...)
- ¿Dónde quiere ir esta hormiguita? -preguntó el pequeño Tim
La hormiguita en cuestión, muy decidida, cargaba con la pluma que a Tim le habían regalado por su cumpleaños el año pasado. Pero solo hacía un mes que le permitían utilizarla.
- No es un rotulador ni un lápìz. Si aprietas, la romperás- le conminaba su madre
Tim pensaba que tampoco podía apretar los rotuladores, pero no dijo nada. ¡Si sus padres supieran lo que le costaba escribir! No era ni fácil ni divertido. No apretaba por decisión, sino por desesperación de ver que las letras, poco a poco, surgían de su lápiz.
- ¿Queda mucho para la comida?
- Lo mismo que antes... menos un minuto. Sigue mirando a la hormiga -le recomendó su padre, asomando la cabeza sobre el periódico.
Era Sábado y cocinaba mamá. Pero muchas veces se retrasaba porque quería hacer demasiadas cosas a la vez. O al menos así le decía su padre. A él, le decía, también le ponía de mal humor retrasos en la comida. Y para sobrellevarlo mejor tenía un secreto, el mismo que había compartido con su pequeño Tim:
- Me entretengo con otra cosa y me concentro tanto que olvido que tengo hambre.
Tim había decidido fijarse en la hormiga. Pero la barriga le hacía ruídos.
- Mi barriga también tiene hambre -dijo
Su madre se volvió entonces hacia él con gesto enfadado. Tenía una cuchara de madera en la mano con la que había estado removiendo la sopa. Pero antes de que estallara, su padre se levantó:
- Es posible que haya muchas barrigas con hambre en el mundo, Tim, y todas están pidiendo comida. Nosotros solo tenemos que esperar unos minutos más para que se callen. ¿No es así, cariño?
Ella sonrió irónicamente y se volvió a su puchero.
- ¿Cómo le va a esa hormiga? -le preguntó, agachándose. Y luego, por lo bajo, le dijo:
- No logro concentrarme en mi periódico. Tal vez la hormiga sea mejor para los dos.
- Se quiere llevar mi pluma estilográfica a su nido. Me pregunto para que la querrán.
- Pues esa pregunta es muy fácil. ¿Para qué crees que querrán una pluma? La pregunta debería ser, ¿y de dónde sacan el papel?
Tim le miró con gesto enfadado, pero luego decidió seguir el juego. Le encantaban las historias:
- ¿Las hormigas escriben?
- ¡Y tanto! -dijo su padre. Fíjate que ellas se organizan muy bien, y tienen una reina para mandar, hormigas soldado para pelear, obreras para buscar comida y todo lo que se les mande... ¡y escribanas! Que son las hormigas que están todo el día escribiendo. En general usan unas pajitas así, pequeñitas, que nosotros apenas podríamos ver. Pero a veces la reina quiere escribir algo importante y le llevan una pluma de los humanos. Como esta.
- Pero hasta para la reina esta pluma es demasiado grande.
- ¿Y qué has creído que hace una reina? No hace nada, Tim, más que mandar. Esta pluma ella nunca la tocará, sino que la montarán sobre un armario y 24 hormigas obreras la empujarán para que...
- ¡A comer! -les interrumpió mamá.
(y así se fueron, porque el que escribe, otra vez, ha contado mal el tiempo y aún quedarían 4 min para terminar...)
miércoles, 17 de diciembre de 2014
La prisa de don Pepito
- Pero vámonos, ¡vámonos! ¿Se puede saber a qué estás esperando ahora?
Don Pepito miró a su señora con atención y rabia contenidas. Muchos habrían pensado que una historia que había comenzado de forma tan romántica como la suya había de mantenerse así durante todos los días de sus cortas vidas. Porque las hormigas no viven mucho tiempo.
Pero a doña Pepa, que había cogido el nombre por su marido, las cosas no le habían resultado fáciles tras el primer año de enamoramiento. No podía dejar de echar de menos todas las cosas, lujos y compañía, que la habían rodeado cuando era reina. Y, aunque ninguno de los dos se atrevía a decirlo, compartían la misma duda: ¿habrían elegido lo mismo en el pasado de saber lo que les deparaba el futuro?
- No hace falta que te pongas nerviosa
- No estoy nerviosa -espetó doña Pepa
Pero sí lo estaba. Y la actitud de don Pepito lo único que lograba era enervarla más.
(hoy el cuento será de diez minutos, que he de irme a trabajar y he contado mal el tiempo)
Él lo sabía, y mientras que ella se había ido convirtiendo en un ser cada vez más alterado, él se había ido calmando. Lo que podría ser un antídoto para su señora se convertía en un arma afilada con la que le hacía ver lo poco que la tomaba en serio.
- Cuando eras una joven soldado te dabas más prisa bajo mis órdenes.
- Cuando eras una joven reina estabas acostumbrada a que todos te obedecieran al instante. ¿Es eso lo que quieres?
Ella se calló y se mordió una antena. Sentía ganas de llorar.
- Es verdad -confesó por fin
- ¿Qué es verdad? -preguntó él con aire indiferente. Se había terminado de poner su quinta bota y ya estaba listo para salir. Hacía poco que había llovido y el terreno estaba enfanganado. Iban a visitar a unas moscas verdes que, aunque de olor desagradable, invitaban a mucha gente a sus fiestas y la joven pareja -apartada de la sociedad en los comienzos- ya se había acostumbrado a ir allí.
- Que de reina estaba acostumbrada a muchas cosas. Tonterías, imagino.
Algo se conmovió dentro de él. Fue hasta ella y la mordió con cariño una antena.
- Para mí siempre serás mi reina -le susurró
- No quiero reinar en ningún otro sitio -le dijo ella, repitiendo el talismán que en tantas noches de placer y entrega le había susurrado.
Y volvieron a entrar en casa, olvidando a las moscas verdes y su fiesta.
Don Pepito miró a su señora con atención y rabia contenidas. Muchos habrían pensado que una historia que había comenzado de forma tan romántica como la suya había de mantenerse así durante todos los días de sus cortas vidas. Porque las hormigas no viven mucho tiempo.
Pero a doña Pepa, que había cogido el nombre por su marido, las cosas no le habían resultado fáciles tras el primer año de enamoramiento. No podía dejar de echar de menos todas las cosas, lujos y compañía, que la habían rodeado cuando era reina. Y, aunque ninguno de los dos se atrevía a decirlo, compartían la misma duda: ¿habrían elegido lo mismo en el pasado de saber lo que les deparaba el futuro?
- No hace falta que te pongas nerviosa
- No estoy nerviosa -espetó doña Pepa
Pero sí lo estaba. Y la actitud de don Pepito lo único que lograba era enervarla más.
(hoy el cuento será de diez minutos, que he de irme a trabajar y he contado mal el tiempo)
Él lo sabía, y mientras que ella se había ido convirtiendo en un ser cada vez más alterado, él se había ido calmando. Lo que podría ser un antídoto para su señora se convertía en un arma afilada con la que le hacía ver lo poco que la tomaba en serio.
- Cuando eras una joven soldado te dabas más prisa bajo mis órdenes.
- Cuando eras una joven reina estabas acostumbrada a que todos te obedecieran al instante. ¿Es eso lo que quieres?
Ella se calló y se mordió una antena. Sentía ganas de llorar.
- Es verdad -confesó por fin
- ¿Qué es verdad? -preguntó él con aire indiferente. Se había terminado de poner su quinta bota y ya estaba listo para salir. Hacía poco que había llovido y el terreno estaba enfanganado. Iban a visitar a unas moscas verdes que, aunque de olor desagradable, invitaban a mucha gente a sus fiestas y la joven pareja -apartada de la sociedad en los comienzos- ya se había acostumbrado a ir allí.
- Que de reina estaba acostumbrada a muchas cosas. Tonterías, imagino.
Algo se conmovió dentro de él. Fue hasta ella y la mordió con cariño una antena.
- Para mí siempre serás mi reina -le susurró
- No quiero reinar en ningún otro sitio -le dijo ella, repitiendo el talismán que en tantas noches de placer y entrega le había susurrado.
Y volvieron a entrar en casa, olvidando a las moscas verdes y su fiesta.
martes, 16 de diciembre de 2014
Primeras Lluvias
El
ratoncito se asomó una vez más a la boca de su madriguera.
-
No salgas solo -le recordó su madre desde atrás
El
ratoncito se sentía curioso. Durante 20 días habían esperado la
llegada de las primeras lluvias, de las lluvias frías con las que se
anticipaba el invierno. Y aunque todo lo demás estaba allí,
preparado (las nubes grises, el frío penetrante, las mañanas con
los miembros entumecidos) faltaban las lluvias. Y la familia Pérez
-parientes de un famoso ratón- aprovechaba la inesperada prórroga
para recolectar más comida para lo más crudo del invierno. Una vez
que comenzara a llover, tendrían que quedarse acurrucados en su nido
y esperar que el invierno no se cobrara sus vidas. El frío hacía
que estas pendieran de un hilo. Una décima menos de temperatura en
la cueva (por un agujero mal tapado) podía suponer una muerte. Y la
muerte de uno de ellos, aunque ahorrara una boca que alimentar,
significaba una unidad menos de calor. Poco más podían hacer para
generar más calor, pero sí podían recolectar toda la comida que
pudieran. Cuanto más, mejor.
Ricardo
Pérez era el menor de toda la familia. Y todos lo trataban con rabia
y miedo contenidos: miedo de que pudiera morir aquel invierno, siendo
el más pequeño y débil. Rabia, por no poder hacer nada para
evitarlo, por encariñarse con él cuando ya la madre naturaleza se
disponía a llevárselo.
“Es
como una carrera contrareloj” había pensado su madre la noche
anterior. Y su marido la había entendido, como si le leyera los
pensamientos que, habitualmente, distaba tanto de comprender. Pero no
cuando se trataba de Ricardito.
El
pequeño, por su parte, ajeno a tantas preocupaciones, se divertía.
Y le divertían aquellas salidas furtivas al pueblo, rebuscando
agujeros que les comunicaran con las despensas.
-
Pero tened cuidado de no dejar rastro. Si saben que hemos estado
aquí, tendremos problemas -les advertía el tío Bartolo, el ratón
más viejo de entre todos los Pérez y a quien todos obedecían.
Hasta
el pequeño Ricardo entendía que no les quedaba mucho tiempo. Que el
retraso de las lluvias haría que rompieran de repente, como un cielo
embarazado de inviernos.
Y
así fue aquel día. Todo estaba saliendo mal y la tormenta que de
repente se desató solo se sumó al resto de pequeñas desgracias
cotidianas. No habían encontrado nada de comida, los agujeros
estaban tapados y un gato con hambre los había perseguido. Y
entonces llegó la lluvia, como un castigo divino que conviertiera un
día miserable en un fin del mundo.
Todos
corrieron hacia la madriguera. Las gotas eran tan gruesas y seguidas
que cada uno sentía que le estaban golpeando mientras corrían.
Cuando por fin llegaron a la madriguera, se recontaron y el corazón
de la madre de Ricardito se paró del susto:
-
¿Dónde hemos dejado a ricardo?
Volver
a buscarlo era inviable. Y ya su marido consolaba a su esposa por la
pérdida del benjamín cuando, allá entre la lluvia, vieron al
pequeño Ricardo, apenas una sombra apenada bajo la lluvia... y,
agarrado a su cola, el tío Bartolo que, con las prisas había
perdido las gafas.
-
Habría muerto si no es por Ricardito -dijo nada más llegar.
lunes, 15 de diciembre de 2014
el árbol caído
Una tormenta de invierno terminó con el joven árbol. Este apenas contaba 20 primaveras y su tronco aún se cimbreaba con el viento, sus hojas humedecían el aire, jóvenes familias de pájaros se instalaban allí y la sabia fresca alimentaba a un nuevo hormiguero.
Pero el invierno había congelado su interior y lo que antes era ventaja, ese poder arquearse según soplara el viento, era ahora debilidad que, al tiempo, acabó con él.
Un árbol sin raíces puede alargar su vida durante mucho tiempo. La amputación no es repentina, sino pausada. De repente el árbol siente que todo está al revés, que la vida ya no se mira hacia arriba sino hacia un lado. Y cada día sus hojas pierden más verdor, pues la sabia no se renueva. El sol deja de
ser una fuente de alimentación y pasa a ser un testigo inmóvil del lento morir del vegetal.
Un árbol joven, con apenas 20 primaveras, es un árbol que no quiere morir. Y no entiende del todo por qué ha tenido que tocarle a él. ¿Acaso no congeló el invierno a tantos otros de sus compañeros? ¿A aquel, que es aún más joven que él? ¿O aquel otro que, cuando hace viento, siempre parece a punto de romperse? ¿Y por qué no a uno de los viejos, a esos que ya han sufrido amputaciones de una y otra rama pero que se resisten a morir y, malformados, siguen chupando vida y tiempo?
Un árbol joven, con apenas 20 primaveras, es un árbol que no quiere morir. Y en su lenta agonía siente que, junto a las ramas que su propio peso ha aplastado, también se encuentran los nidos abandonados de los pájaros que anidaron en primavera. Y le parece catastrófico: que ni siquiera se puedan salvar aquellos nidos es la señal del fin de su mundo. Porque ya antes había sentido la ausencia de las aves, pero se había obligado a consolarse pensando que ya volverían, como cada año, cuando llegara la primavera.
Pero su temprana muerte cercenaba las esperanzas que había construido sobre el dolor. Y esas son las esperanzas que más duele perder porque, tras ellas, parece que no queda nada.
Solo desesperación.
Vacío. Locura.
Cuando notaba que ya no le quedaban más que unas horas de conciencia (porque la muerte le había golpeado muchos días ha) sucedió algo inesperado. Durante unos días el clima varió, subiendo las temperaturas. Y durante dos días llovió tanto como para disolver buena parte de la nieve. Y entonces dos conejos se arriesgaron a salir de su madriguera para buscar algo para comer. Y lo encontraron allí, a la sombra del árbol caído, pues los últimos brotes verdes de sus hojas eran el alimento de aquellas pequeñas criaturas. Los ojos de los conejos eran indiferentes y asustadizos. Sus hocicos no paraban de moverse, sus orejas estaban atentas a cualquier ruído.
Y el árbol caído, cuyas horas se acortaban ante el apetito de los conejos, se sintió aliviado.
"Por eso valía la pena vivir. Y morir" Se dijo
Pero el invierno había congelado su interior y lo que antes era ventaja, ese poder arquearse según soplara el viento, era ahora debilidad que, al tiempo, acabó con él.
Un árbol sin raíces puede alargar su vida durante mucho tiempo. La amputación no es repentina, sino pausada. De repente el árbol siente que todo está al revés, que la vida ya no se mira hacia arriba sino hacia un lado. Y cada día sus hojas pierden más verdor, pues la sabia no se renueva. El sol deja de
ser una fuente de alimentación y pasa a ser un testigo inmóvil del lento morir del vegetal.
Un árbol joven, con apenas 20 primaveras, es un árbol que no quiere morir. Y no entiende del todo por qué ha tenido que tocarle a él. ¿Acaso no congeló el invierno a tantos otros de sus compañeros? ¿A aquel, que es aún más joven que él? ¿O aquel otro que, cuando hace viento, siempre parece a punto de romperse? ¿Y por qué no a uno de los viejos, a esos que ya han sufrido amputaciones de una y otra rama pero que se resisten a morir y, malformados, siguen chupando vida y tiempo?
Un árbol joven, con apenas 20 primaveras, es un árbol que no quiere morir. Y en su lenta agonía siente que, junto a las ramas que su propio peso ha aplastado, también se encuentran los nidos abandonados de los pájaros que anidaron en primavera. Y le parece catastrófico: que ni siquiera se puedan salvar aquellos nidos es la señal del fin de su mundo. Porque ya antes había sentido la ausencia de las aves, pero se había obligado a consolarse pensando que ya volverían, como cada año, cuando llegara la primavera.
Pero su temprana muerte cercenaba las esperanzas que había construido sobre el dolor. Y esas son las esperanzas que más duele perder porque, tras ellas, parece que no queda nada.
Solo desesperación.
Vacío. Locura.
Cuando notaba que ya no le quedaban más que unas horas de conciencia (porque la muerte le había golpeado muchos días ha) sucedió algo inesperado. Durante unos días el clima varió, subiendo las temperaturas. Y durante dos días llovió tanto como para disolver buena parte de la nieve. Y entonces dos conejos se arriesgaron a salir de su madriguera para buscar algo para comer. Y lo encontraron allí, a la sombra del árbol caído, pues los últimos brotes verdes de sus hojas eran el alimento de aquellas pequeñas criaturas. Los ojos de los conejos eran indiferentes y asustadizos. Sus hocicos no paraban de moverse, sus orejas estaban atentas a cualquier ruído.
Y el árbol caído, cuyas horas se acortaban ante el apetito de los conejos, se sintió aliviado.
"Por eso valía la pena vivir. Y morir" Se dijo
viernes, 12 de diciembre de 2014
la flojera
El doctor canguro lo miró y remiró.
- Ahora abra la boca -dijo con seriedad
- Extienda el brazo, lea estas letras, agáchese, túmbese en el suelo, de puntillas e intente tocar el techo...
Las órdenes se sucedían una tras otra. Inspeccionaba a los pacientes y también se inspeccionaba a sí mismo. Porque en su cabeza anticipaba todos los movimientos que el paciente iba a hacer.
- Este doctor necesita unas vacaciones, pero no unas cualquiera -le dijo Tioro, el mandril, a su señora cuando salieron de la consulta.
- ¿A qué te refieres?
- Necesita vacaciones dentro de sí mismo. Tiene que trabajar más.
- No te entiendo cuando te das aires de pensador. ¿Por qué no vamos a comprar unos plátanos y nos vamos al cine? -le propuso ella.
Y así hicieron.
Pero el doctor Guacanudo, canguro en la gran ciudad, hubiera estado de acuerdo con él. Algo estaba fallanda en su mecanismo. Las órdenes con las que le obedecían los pacientes estaban haciendo presa de él; al principio solo sentía leves impulsos por seguir las órdenes que seguían.
"Abra la boca", y algo dentro de él le impulsaba a abrirla también él.
Pero había ido domeñando aquellos desequilibrios psicológicos a base de disciplina. Una disciplina extraña, ajena en muchos casos al mal que le aquejaba, pero disciplina al fin y al cabo. El doctor había sido lo suficientemente lúcido para darse cuenta de que hay males que no se pueden atacar de frente y conscientemente, sino para los que no hay más puerta que la lateral.
Su primera disciplina fue la de dejar de mascar chicle. Le encantaban los chicles y los colores rosas y salivados tras estar un buen rato en la boca. Pero se había prohibido tomarlos.
Y lo mismo el sombrero: pese a que tenía frío en la cabeza, se obligaba a NO utilizarlo. Iba a la consulta caminando.
Con aquellas y otras medidas disciplinarias había vencido los impulsos patológicos que le obligaban a hacer todo aquello que surgía de su boca como un comando.
Pero desde hacía unas semanas se había vuelto descuidado. Había aceptado un chicle de un amigo... y por la noche antes de acostarse se probaba algunos de los sombreros que NO utilizaba. Aún seguía caminando al trabajo, pero sentía tentaciones cada vez más fuertes por tomar un transporte público, aunque fuera una guagua.
Y el descuido le estaba pasando factura. Aquella misma mañana, mientras inspeccionaba a Tioro, se había descubierto extendiendo el brazo a la par que él. El mono le había mirado sorprendido, no sabiendo si el doctor Guacanudo, canguro en la gran ciudad, se estaba burlando de él. Muy pocos se atreven a burlarse de mandril; todos saben que pueden volverse locos y que, llevados por la pasión, arrasan con todo lo que está a su alcance. El doctor se había dado cuenta, pero no atinó a decir más que:
- Disculpe
Retiró su brazo y enrojeció. Tioro decidió dejar pasar el suceso y ya lo había olvidado, mientras se deleitaba con unos buenos plátanos y la compañía de su esposa.
- ¡Esto no puede ser!
E hizo el propósito de recomenzar. Porque, se dijo, "lo más fácil sería caer en el desaliento. O soy perfecto o soy un miserable. Lo que mi cerebro es incapaz de razonar es que solo soy un intento que, a veces, crea un hábito que facilita las cosas. Pero hay que llegar ahí, y eso significa levantarse muchas veces".
Y, aunque a veces caía y se equivocaba, su resolución le estaba llevando más lejos de lo que nunca hubiera soñado.
Solo que no podía verlo. Y eso es la vida.
- Ahora abra la boca -dijo con seriedad
- Extienda el brazo, lea estas letras, agáchese, túmbese en el suelo, de puntillas e intente tocar el techo...
Las órdenes se sucedían una tras otra. Inspeccionaba a los pacientes y también se inspeccionaba a sí mismo. Porque en su cabeza anticipaba todos los movimientos que el paciente iba a hacer.
- Este doctor necesita unas vacaciones, pero no unas cualquiera -le dijo Tioro, el mandril, a su señora cuando salieron de la consulta.
- ¿A qué te refieres?
- Necesita vacaciones dentro de sí mismo. Tiene que trabajar más.
- No te entiendo cuando te das aires de pensador. ¿Por qué no vamos a comprar unos plátanos y nos vamos al cine? -le propuso ella.
Y así hicieron.
Pero el doctor Guacanudo, canguro en la gran ciudad, hubiera estado de acuerdo con él. Algo estaba fallanda en su mecanismo. Las órdenes con las que le obedecían los pacientes estaban haciendo presa de él; al principio solo sentía leves impulsos por seguir las órdenes que seguían.
"Abra la boca", y algo dentro de él le impulsaba a abrirla también él.
Pero había ido domeñando aquellos desequilibrios psicológicos a base de disciplina. Una disciplina extraña, ajena en muchos casos al mal que le aquejaba, pero disciplina al fin y al cabo. El doctor había sido lo suficientemente lúcido para darse cuenta de que hay males que no se pueden atacar de frente y conscientemente, sino para los que no hay más puerta que la lateral.
Su primera disciplina fue la de dejar de mascar chicle. Le encantaban los chicles y los colores rosas y salivados tras estar un buen rato en la boca. Pero se había prohibido tomarlos.
Y lo mismo el sombrero: pese a que tenía frío en la cabeza, se obligaba a NO utilizarlo. Iba a la consulta caminando.
Con aquellas y otras medidas disciplinarias había vencido los impulsos patológicos que le obligaban a hacer todo aquello que surgía de su boca como un comando.
Pero desde hacía unas semanas se había vuelto descuidado. Había aceptado un chicle de un amigo... y por la noche antes de acostarse se probaba algunos de los sombreros que NO utilizaba. Aún seguía caminando al trabajo, pero sentía tentaciones cada vez más fuertes por tomar un transporte público, aunque fuera una guagua.
Y el descuido le estaba pasando factura. Aquella misma mañana, mientras inspeccionaba a Tioro, se había descubierto extendiendo el brazo a la par que él. El mono le había mirado sorprendido, no sabiendo si el doctor Guacanudo, canguro en la gran ciudad, se estaba burlando de él. Muy pocos se atreven a burlarse de mandril; todos saben que pueden volverse locos y que, llevados por la pasión, arrasan con todo lo que está a su alcance. El doctor se había dado cuenta, pero no atinó a decir más que:
- Disculpe
Retiró su brazo y enrojeció. Tioro decidió dejar pasar el suceso y ya lo había olvidado, mientras se deleitaba con unos buenos plátanos y la compañía de su esposa.
- ¡Esto no puede ser!
E hizo el propósito de recomenzar. Porque, se dijo, "lo más fácil sería caer en el desaliento. O soy perfecto o soy un miserable. Lo que mi cerebro es incapaz de razonar es que solo soy un intento que, a veces, crea un hábito que facilita las cosas. Pero hay que llegar ahí, y eso significa levantarse muchas veces".
Y, aunque a veces caía y se equivocaba, su resolución le estaba llevando más lejos de lo que nunca hubiera soñado.
Solo que no podía verlo. Y eso es la vida.
jueves, 11 de diciembre de 2014
recuperando
- Nunca lograré superar esta semana. Ahora me llevan demasiada ventaja.
Así hablaba la joven liebre Amapapir; durante todo el año se había estado preparando para las olimpiadas escolares, pero un simple catarro la había tenido postrada en cama durante una semana. Y aún no estaba del todo recuperada.
- ¿Y usted qué piensa, entrenador?
Pero este, una vieja liebre que tenía en su palmarés premios que ya nadie recordaba, miró a su joven pupilo con algo de pena. Luego se dio media vuelta y se marchó.
- ¿Por qué no ha dicho nada, mamá? -preguntó el joven a su madre, que estaba a su lado velándole.
- Tal vez no se le ocurre nada que decir, cariño
Cuando vio que los ojos de su hijo se humedecían, se apresuró a añadir:
- Pero no te preocupes. Dentro de poco vas a estar como nuevo y vas a correr más que nadie.
- ¿Pero por qué se ha ido el entrenador sin decir una palabra?
- Será mejor que esperes aquí -dijo la madre con decisión
Y se marchó rápidamente del cuarto. El hijo sabía a dónde se dirigía: sería su portavoz ante el viejo entrenador.
Y no es equivocaba.
- ¿Cree usted que está bien marcharse así del cuarto? -preguntó indignada la madre.
El entrenador estaba, en esos momentos, tomándose un vaso de vino con el padre. Fue este quien primero intervino:
- Tiene buenas razones, cariño. Por favor cálmate.
- ¡Ahora tú estás con él! Por lo visto os habéis aliado contra Amapapir. ¿Es que no se da cuenta usted de lo que le está haciendo? Conque le hubiera dicho una palabra, le habría levantado el ánimo.
El entrenador la miró y luego contempló su vaso de vino. Tomó un poquito. Carraspeó como si fuera hablar. Durante unos instantes no dijo nada. Y cuando por fin habló, fue de un tema totalmente diferente:
- Es difícil llegar a viejo. Todo tiene un sabor diferente.
La madre, incapaz de soportar los chocheos del entrenador, se disponía a marcharse. Su marido se lo impidió:
- Escucha lo que tiene que decir, te lo ruego.
El viejo siguió hablando, dirigiéndose al vaso de vino que tenía entre sus patas.
- A mí me entrenaron para ganar cada carrera. Y gané muchos, otras las perdí. Y cada uno que perdía era un grito del cielo, ¡fracasado!, me decían los ángeles. Pero me tragaba las lágrimas y prometía sacar lo mejor de mí en la siguiente carrera. Y la fortuna ha querido que llegara a viejo; desde esta altura, señora, los gritos de "fracasado" se quedan allá abajo, en el valle, y son solo juegos del viento. No son sonidos reales. Desde esta altura, señora, me gusta beber vino tranquilamente y no dejarme angustiar por las lágrimas de un adolescente. Porque la verdadera victoria no fue ganar ninguna carrera. ¡Quía! ¿Qué hacen ahora mis trofeos sino almacenar polvo? No, la verdadera victoria fue el camino de sacrificio y meta. Eso me hizo, me cambió, me definió.
- ¿Y por qué no quiere decirle todo esto a mi hijo?
- Por lo mismo que no tiene sentido describir el sabor del buen vino. Uno tiene que experimentarlo solo. Y para competir en esta vida, uno ha de ser el que eliga hacerlo. Yo no se lo he dicho a su hijo porque no me toca hacerlo. Espero que lo haga otra persona.
- ¿Quién? -preguntó la madre, desesperada.
- Usted, señora. Usted y sus lágrimas se lo van a decir.
Así hablaba la joven liebre Amapapir; durante todo el año se había estado preparando para las olimpiadas escolares, pero un simple catarro la había tenido postrada en cama durante una semana. Y aún no estaba del todo recuperada.
- ¿Y usted qué piensa, entrenador?
Pero este, una vieja liebre que tenía en su palmarés premios que ya nadie recordaba, miró a su joven pupilo con algo de pena. Luego se dio media vuelta y se marchó.
- ¿Por qué no ha dicho nada, mamá? -preguntó el joven a su madre, que estaba a su lado velándole.
- Tal vez no se le ocurre nada que decir, cariño
Cuando vio que los ojos de su hijo se humedecían, se apresuró a añadir:
- Pero no te preocupes. Dentro de poco vas a estar como nuevo y vas a correr más que nadie.
- ¿Pero por qué se ha ido el entrenador sin decir una palabra?
- Será mejor que esperes aquí -dijo la madre con decisión
Y se marchó rápidamente del cuarto. El hijo sabía a dónde se dirigía: sería su portavoz ante el viejo entrenador.
Y no es equivocaba.
- ¿Cree usted que está bien marcharse así del cuarto? -preguntó indignada la madre.
El entrenador estaba, en esos momentos, tomándose un vaso de vino con el padre. Fue este quien primero intervino:
- Tiene buenas razones, cariño. Por favor cálmate.
- ¡Ahora tú estás con él! Por lo visto os habéis aliado contra Amapapir. ¿Es que no se da cuenta usted de lo que le está haciendo? Conque le hubiera dicho una palabra, le habría levantado el ánimo.
El entrenador la miró y luego contempló su vaso de vino. Tomó un poquito. Carraspeó como si fuera hablar. Durante unos instantes no dijo nada. Y cuando por fin habló, fue de un tema totalmente diferente:
- Es difícil llegar a viejo. Todo tiene un sabor diferente.
La madre, incapaz de soportar los chocheos del entrenador, se disponía a marcharse. Su marido se lo impidió:
- Escucha lo que tiene que decir, te lo ruego.
El viejo siguió hablando, dirigiéndose al vaso de vino que tenía entre sus patas.
- A mí me entrenaron para ganar cada carrera. Y gané muchos, otras las perdí. Y cada uno que perdía era un grito del cielo, ¡fracasado!, me decían los ángeles. Pero me tragaba las lágrimas y prometía sacar lo mejor de mí en la siguiente carrera. Y la fortuna ha querido que llegara a viejo; desde esta altura, señora, los gritos de "fracasado" se quedan allá abajo, en el valle, y son solo juegos del viento. No son sonidos reales. Desde esta altura, señora, me gusta beber vino tranquilamente y no dejarme angustiar por las lágrimas de un adolescente. Porque la verdadera victoria no fue ganar ninguna carrera. ¡Quía! ¿Qué hacen ahora mis trofeos sino almacenar polvo? No, la verdadera victoria fue el camino de sacrificio y meta. Eso me hizo, me cambió, me definió.
- ¿Y por qué no quiere decirle todo esto a mi hijo?
- Por lo mismo que no tiene sentido describir el sabor del buen vino. Uno tiene que experimentarlo solo. Y para competir en esta vida, uno ha de ser el que eliga hacerlo. Yo no se lo he dicho a su hijo porque no me toca hacerlo. Espero que lo haga otra persona.
- ¿Quién? -preguntó la madre, desesperada.
- Usted, señora. Usted y sus lágrimas se lo van a decir.
jueves, 27 de noviembre de 2014
El ermitaño
Nadie había visto al ermitaño, pero todos sabían que estaba allí.
- Si no te tomas la sopa, vendrá el ermitaño y te llevará con él -le amenazaba la madre.
Pero lo que ella no podía imaginar es que Pablito no le tenía miedo al ermitaño. De hecho, casi deseaba que le fuera a buscar: así resolvería aquel gran misterio.
El ermitaño al que nadie veía vivía en la montaña que dominaba al pueblo; era un colina pelada en la cima en la que antaño habían explotado una mina a cielo abierto. Las lluvias torrenciales habían socavado muchas desmontes y habían ocurrido corrimientos de tierras que dejaron al descubierto muchas oquedades y cuevas de un antiguo sistema kárstico. Entonces había llegado él; durante un tiempo había trabajado como camarero en el bar de la gasolinera. Tenía una vida normal, decían, incluso se echó una novia del lugar. No era muy hablador pero tampoco había nadie que le impulsara a hacerlo. Aparte de su chica, apenas había hecho amistades.
Y entonces un día había abandonado todo para subirse a la montaña. Algunos caminantes le habían visto, pero él aprendió a no dejarse ver y ahora era tan escurridizo como un zorro. ¿Y la novia? Dijo que recibió una carta de despedida que había quemado tras leerla. En realidad, se defendía, ella había motivado al chico a su opción desesperada, pues quería cortar con él.
En realidad, el ermitaño ni siquiera se había despedido de su novia. Pero a ella le gustaba más la historia que se había inventado. Le parecía más propia que el agrio sabor con el que se había encontrado al ser la última en enterarse de la huída de su novio a la naturaleza.
Pablito sabía todas las historias que se contaban en el pueblo; todas, hasta las imaginadas. Y ansiaba encontrarse con aquel misterioso personaje que, desde que él contaba dos años, había "subido pa'l monte". Por eso decidió organizar una excursión el día de su cumpleaños.
- Para mi cumpleaños quiero poder irme de excursión y pasar una noche solo.
Para entonces, su padre ya estaba acostumbrado -y algo orgulloso, aunque a veces se preocupara- al comportamiento de su hijo. La madre, sin embargo, aún esperaba llevar al pequeño al corral de la normalidad.
- Eso no es un regalo normal. Además, lo puedes hacer cualquier otro día. ¿Y cómo esperas que te dejemos partir solo?
Él la miró con seriedad. En realidad, la miraba a ella pero se estaba dirigiendo a su padre.
Y fue así como pudo salir de excursión. Empaquetó todo lo que pensaba llegar. Estaba nervioso, ¡una noche fuera! Pero le pesaba la decisión tomada, sabía que debía llevarla hasta el final.
Naturalmente, subió a la montaña. Sin que él lo viera, su padre lo seguía de lejos y le vigilaba con unos prismáticos.
Pablito llegó a la zona de cuevas. Había una de acceso complicado en la que le pareció ver una sombra moviéndose.
"El ermitaño", pensó.
Pero para cuando subió, ya estaba vacía. Lo suponía. Por eso le llamaban el ermitaño. Pero él ya contaba con ello. Dejó su paquete envuelto en papel de regalo y se marchó.
Desde aquel día Pablito dejó de pensar tanto en el ermitaño y se esforzó más por ser un niño normal, hasta el punto de engañar a su madre (en ocasiones).
¿Y el ermitaño? Se emocionó cuando, al volver a su cueva, vio que el niño curioso le había dejado un regalo. Lo abrió, excitado, y dentro descubrió un pequeño reloj digital. Olía a limpio.
Sonrió y se lo puso.
Porque recordó que así contaban los hombres su vida, con tiempo. Y aquello hizo que bajara un poquito de su montaña.
Solo un poquito.
- Si no te tomas la sopa, vendrá el ermitaño y te llevará con él -le amenazaba la madre.
Pero lo que ella no podía imaginar es que Pablito no le tenía miedo al ermitaño. De hecho, casi deseaba que le fuera a buscar: así resolvería aquel gran misterio.
El ermitaño al que nadie veía vivía en la montaña que dominaba al pueblo; era un colina pelada en la cima en la que antaño habían explotado una mina a cielo abierto. Las lluvias torrenciales habían socavado muchas desmontes y habían ocurrido corrimientos de tierras que dejaron al descubierto muchas oquedades y cuevas de un antiguo sistema kárstico. Entonces había llegado él; durante un tiempo había trabajado como camarero en el bar de la gasolinera. Tenía una vida normal, decían, incluso se echó una novia del lugar. No era muy hablador pero tampoco había nadie que le impulsara a hacerlo. Aparte de su chica, apenas había hecho amistades.
Y entonces un día había abandonado todo para subirse a la montaña. Algunos caminantes le habían visto, pero él aprendió a no dejarse ver y ahora era tan escurridizo como un zorro. ¿Y la novia? Dijo que recibió una carta de despedida que había quemado tras leerla. En realidad, se defendía, ella había motivado al chico a su opción desesperada, pues quería cortar con él.
En realidad, el ermitaño ni siquiera se había despedido de su novia. Pero a ella le gustaba más la historia que se había inventado. Le parecía más propia que el agrio sabor con el que se había encontrado al ser la última en enterarse de la huída de su novio a la naturaleza.
Pablito sabía todas las historias que se contaban en el pueblo; todas, hasta las imaginadas. Y ansiaba encontrarse con aquel misterioso personaje que, desde que él contaba dos años, había "subido pa'l monte". Por eso decidió organizar una excursión el día de su cumpleaños.
- Para mi cumpleaños quiero poder irme de excursión y pasar una noche solo.
Para entonces, su padre ya estaba acostumbrado -y algo orgulloso, aunque a veces se preocupara- al comportamiento de su hijo. La madre, sin embargo, aún esperaba llevar al pequeño al corral de la normalidad.
- Eso no es un regalo normal. Además, lo puedes hacer cualquier otro día. ¿Y cómo esperas que te dejemos partir solo?
Él la miró con seriedad. En realidad, la miraba a ella pero se estaba dirigiendo a su padre.
Y fue así como pudo salir de excursión. Empaquetó todo lo que pensaba llegar. Estaba nervioso, ¡una noche fuera! Pero le pesaba la decisión tomada, sabía que debía llevarla hasta el final.
Naturalmente, subió a la montaña. Sin que él lo viera, su padre lo seguía de lejos y le vigilaba con unos prismáticos.
Pablito llegó a la zona de cuevas. Había una de acceso complicado en la que le pareció ver una sombra moviéndose.
"El ermitaño", pensó.
Pero para cuando subió, ya estaba vacía. Lo suponía. Por eso le llamaban el ermitaño. Pero él ya contaba con ello. Dejó su paquete envuelto en papel de regalo y se marchó.
Desde aquel día Pablito dejó de pensar tanto en el ermitaño y se esforzó más por ser un niño normal, hasta el punto de engañar a su madre (en ocasiones).
¿Y el ermitaño? Se emocionó cuando, al volver a su cueva, vio que el niño curioso le había dejado un regalo. Lo abrió, excitado, y dentro descubrió un pequeño reloj digital. Olía a limpio.
Sonrió y se lo puso.
Porque recordó que así contaban los hombres su vida, con tiempo. Y aquello hizo que bajara un poquito de su montaña.
Solo un poquito.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
C'mn baby light my fire
Cogió el micro y comenzó a cantar. Se suponía que era un karaoke y que la música le acompañaría. Pero algo falló y no lo hizo. Era algo que pasaba bastante a menudo en aquel bar de mala muerte, así que nadie se sorprendió.
Era la música de The doors con la que muchos habían crecido. Y ahora mojaban las barbas en sus cervezas, temiendo volver al hogar donde les esperaba la misma miseria de siempre. "Light my fire", habían cantado tantos cuando eran jóvenes, borrachos de alcohol y de juventud, porque la juventud también emborracha.
Y la resaca tarda mucho en curarse. A veces, toda una vida.
Y entonces aquella extranjera comenzó a cantar sin música, atreviéndose a todo. ¿Dónde estaban sus amigos? No había nadie coreándola, no había amigos que la animaran o insultaran entre risas. Pero su voz congeló a todo el mundo: poseía tres cualidades que en las que muchos ya no creían: calidez, inocencia y esperanza. Destrozaba el ritmo y la fuerza de la canción original, pero ganaba a la primera versión en melodía y sentido.
Todos los rostros de los antiguos hippies se volvieron hacia ella. Y lo que vieron les sorprendió: porque la cantante, lejos de ser una ninfa venida de la ciudad a las profundidades de los "states" era, a todas luces, una campesina. Y encima gorda, pecosa y baja. Pero su voz parecía desentenderse de todas esas cualidades y se separaba de ella apenas unida por el débil cordón umbilical de su presencia física. Pero el canto iba más allá.
"C'mon baby light my fire", repetía con el estribillo. Y su presencia se transfiguró para los presentes, como si un velo descubriera quién estaba en realidad detrás de aquella voz: era, sí, una ninfa, pero no había venido de la ciudad de los pecados sino del mismísimo cielo. Su oronda figura ya no señalaba grasa y descontrol alimenticio, sino una oronda perfección; sus pecas ya no eran manchas en un rostro pálido, sino estrellas en la primera leche maternal. El pelo ralo no era calvicie prematura sino vaga lluvia otoñal que se pegaba a la cara, llamando al invierno.
Un ángel, una bruja de los tiempos modernos, los tenía clavados en sus sillas, encantados.
Encantados.
"... my fire", repetía contorneando su voz en las almas de los borrachos. Hasta el barman estaba encandilado.
Y entonces terminó. La pantalla que le había ido sugiriendo la letra de la canción llegó con rigidez robótica al final. Y se quedó callada.
Más que callada: muda, como si nunca en su vida hubiera hablado hasta aquel momento y como si nunca más lo fuera a hacer.
Y entonces eructó y dijo:
- Creo que me voy a comer otra de esas tortas de carne picante que tienes, joe.
Y así rompió el hechizo.
Todos volvieron a sus cervezas y a revivir la resaca de la juventud, de la vida grandiosa que nucna llegó.
"C'mon baby light my fire"
Era la música de The doors con la que muchos habían crecido. Y ahora mojaban las barbas en sus cervezas, temiendo volver al hogar donde les esperaba la misma miseria de siempre. "Light my fire", habían cantado tantos cuando eran jóvenes, borrachos de alcohol y de juventud, porque la juventud también emborracha.
Y la resaca tarda mucho en curarse. A veces, toda una vida.
Y entonces aquella extranjera comenzó a cantar sin música, atreviéndose a todo. ¿Dónde estaban sus amigos? No había nadie coreándola, no había amigos que la animaran o insultaran entre risas. Pero su voz congeló a todo el mundo: poseía tres cualidades que en las que muchos ya no creían: calidez, inocencia y esperanza. Destrozaba el ritmo y la fuerza de la canción original, pero ganaba a la primera versión en melodía y sentido.
Todos los rostros de los antiguos hippies se volvieron hacia ella. Y lo que vieron les sorprendió: porque la cantante, lejos de ser una ninfa venida de la ciudad a las profundidades de los "states" era, a todas luces, una campesina. Y encima gorda, pecosa y baja. Pero su voz parecía desentenderse de todas esas cualidades y se separaba de ella apenas unida por el débil cordón umbilical de su presencia física. Pero el canto iba más allá.
"C'mon baby light my fire", repetía con el estribillo. Y su presencia se transfiguró para los presentes, como si un velo descubriera quién estaba en realidad detrás de aquella voz: era, sí, una ninfa, pero no había venido de la ciudad de los pecados sino del mismísimo cielo. Su oronda figura ya no señalaba grasa y descontrol alimenticio, sino una oronda perfección; sus pecas ya no eran manchas en un rostro pálido, sino estrellas en la primera leche maternal. El pelo ralo no era calvicie prematura sino vaga lluvia otoñal que se pegaba a la cara, llamando al invierno.
Un ángel, una bruja de los tiempos modernos, los tenía clavados en sus sillas, encantados.
Encantados.
"... my fire", repetía contorneando su voz en las almas de los borrachos. Hasta el barman estaba encandilado.
Y entonces terminó. La pantalla que le había ido sugiriendo la letra de la canción llegó con rigidez robótica al final. Y se quedó callada.
Más que callada: muda, como si nunca en su vida hubiera hablado hasta aquel momento y como si nunca más lo fuera a hacer.
Y entonces eructó y dijo:
- Creo que me voy a comer otra de esas tortas de carne picante que tienes, joe.
Y así rompió el hechizo.
Todos volvieron a sus cervezas y a revivir la resaca de la juventud, de la vida grandiosa que nucna llegó.
"C'mon baby light my fire"
Cenikenta
Había
una vez una joven húerfana que vivía en casa de su madrastra. Tenía
dos hermanastras y en la casa también había un gato llamado Rafael.
La joven se llamaba Cenikenta. Primero se murió su madre, a la que
apenas recordaba. Y años más tarde, cuando ella comenzaba la
adolescencia, su padre. Así que el padre tuvo tiempo suficiente para
malcriarla. Y la malcrió. No sabemos qué motivos le llevaron a
ello; tal vez tuvo una infancia dura y quería ahorrarle cualquier
rigidez a su pequeña; o simplemente no sabía y se dejaba engañar
fácilmente por los caprichos de su hija. Pero el caso es que no
había cosa que el infante solicitara que su padre no se apresurara a
... Si quería la última muñeca del mercado, al instante la tenía
entre sus brazos. Y si se ponía a llorar, no había cosa que no
consiguiera.
Por
caprichos del destino el padre se casó en segundas nupcias con una
amable señora que, en su juventud, había sido célebre por su
belleza y por su bondad. Esta no era muy rica, pero aportó a la vida
familiar sus dos hijas, dos auténticas perlas de belleza, buena
educación y alegría.
Cenikenta,
sin embargo, no había salido agraciada con el paso del tiempo; sobre
todo porque no paraba de comer todo lo que se le antojaba y en el
momento que le apetecía. Tenía especial placer en torturar al gato,
al desgraciado Rafael, que ya portaba bajo su espeso pelaje algunas
cicatrices provocadas por los juegos de Cenikenta.
He
aquí qu eun día se presentó en la casa el mismísimo duque de las
siete plantas, esperando encontrar a una misteriosa doncella que
había bailado con el príncipe la noche anterior. como pista, solo
contaba con un zapatito desconchado.
Cenikenta
no dejó que nadie se lo probara en la casa antes que ella. Su
regordete pie tuvo problemas para entrar en la horma, pero finalmente
lo consuiguió. Miró entonces finalmente al duque, como retándolo a
que continuara. El duque, horrorizado antes esa mujer gorda y cruel,
antes aquel engendro de la mala educación y la suciedad, ante aquel
aborto de todo lo que había de ser una doncella... el duque, pues,
decimos, se alegŕo sobremanera porque odiaba al príncipe. Así que
se llevó a Cenikenta con él al palacio pero no dejó que nadie la
viera, menos que nadie el príncipe, a quien le aseguró que había
encontrado a su amada pero que no podría verla hasta el día de la
boda.
El
día de la boda cubrieron a Cenikenta con mil ropajes y velos. Y solo
en la noche de bodas, el príncipe descubrió el negocio al que le
habían sometido, lamentándose por ello.
Sin
embargo, hay quien cuenta que fueron muy felices.
lunes, 24 de noviembre de 2014
el castor y la nieve
Sus padres le dejaron disfrutar solo de su primer día en el exterior:
- Si ya soy mayor, ¿por qué no me dejáis salir? -había dicho durante todo el mes, un día tras otro.
Y al final había conseguido lo que se había propuesto: salir solo a pasear. Sabía que otros castores ya lo hacían y que a él le retenían por alguna causa desconocida:
- ¿Acaso la mayoría de mis amigos no salen por ahí? -se quejaba
- Dos castores de las decenas que conoces NO son la mayoría, querido -le recordaba su madre.
Pero él no escuchaba. La sangre le hervía. Pero todas aquellas penas ya eran cosa del pasado. ¡Bosque, libertad, niebla levantada! Y el sol iluminando con fuerza y ternura las ramas finas, los troncos deshojados. El invierno acortaba los días, pero aún no había caído ni una sola nevada y el paisaje tenía la fragilidad de una virgen que espera a su prometido en la noche de bodas. Pero la nieve se retrasaba y la virgen miraba por la ventana, indecisa.
Había una colina que siempre le había llamado la atención. "Cuando sea mayor, la visitaré", se había dicho el joven castor todas las veces la edad, los progenitores y el voto tácito de obediencia a ellos se lo habían impedido. Así que la colina era como un símbolo de la libertad recién adquirida.
Pero, cosa extraña, ya la colina no le parecía tan atrayente. Dudó de que hubiera nada diferente a lo que veía todos los días alrededor de su casa, a tan solo unos metros. Con todo, se propuso ir para allá, aunque solo fuera para ocupar las horas que, de repente, comenzaban a hacérsele muy largas.
El camino no era difícil, pero sí muy largo. Ya había pasado el mediodía cuando llegó a la base de la montaña. Y a su cima llegó al atardecer. Desde allí miró el horizonte, esperando descubrir alguna belleza escondida durante milenios a la que solo él, su suerte y su destino, había accedido.
Sin embargo, alrededor suyo solo había otras tantas colinas como aquella en la que estaba. De hecho, las otras colinas parecían más interesantes.
- Otro día. Ahora toca regresar -se dijo
No había andado ni un par de pasos a la vuelta cuando, de repente, el cielo se nubló y al instante siguiente soplaba un viento horroroso. El joven castor se asustó; y entonces comenzó a nevar. La nieve, con la que tantas veces había jugado, le trajo el recuerdo del hogar y una fugaz sensación de seguridad.
Pero aquello no era su hogar y la nieve parecía mostrarse indiferente -o inmisericorde, que no es muy distinto- hacia el joven castor. A este le costaba cada vez más andar.
- Quiero ir a casa, quiero ir a casa -murmuró por lo bajo
Y cayó al suelo, enterrándose en la nieve.
"Y ahora a morir", se dijo
A la mañana siguiente se despertó en su casa. Su padre había salido a buscarle, aún con la tormenta, y lo había portado sobre sus espaldas. Cuando el joven castor se vio allí, rodeado por su madre y sus hermanitos, llamó a su padre y, con lágrimas en los castaños ojos, dijo:
- Gracias, papá
- Si ya soy mayor, ¿por qué no me dejáis salir? -había dicho durante todo el mes, un día tras otro.
Y al final había conseguido lo que se había propuesto: salir solo a pasear. Sabía que otros castores ya lo hacían y que a él le retenían por alguna causa desconocida:
- ¿Acaso la mayoría de mis amigos no salen por ahí? -se quejaba
- Dos castores de las decenas que conoces NO son la mayoría, querido -le recordaba su madre.
Pero él no escuchaba. La sangre le hervía. Pero todas aquellas penas ya eran cosa del pasado. ¡Bosque, libertad, niebla levantada! Y el sol iluminando con fuerza y ternura las ramas finas, los troncos deshojados. El invierno acortaba los días, pero aún no había caído ni una sola nevada y el paisaje tenía la fragilidad de una virgen que espera a su prometido en la noche de bodas. Pero la nieve se retrasaba y la virgen miraba por la ventana, indecisa.
Había una colina que siempre le había llamado la atención. "Cuando sea mayor, la visitaré", se había dicho el joven castor todas las veces la edad, los progenitores y el voto tácito de obediencia a ellos se lo habían impedido. Así que la colina era como un símbolo de la libertad recién adquirida.
Pero, cosa extraña, ya la colina no le parecía tan atrayente. Dudó de que hubiera nada diferente a lo que veía todos los días alrededor de su casa, a tan solo unos metros. Con todo, se propuso ir para allá, aunque solo fuera para ocupar las horas que, de repente, comenzaban a hacérsele muy largas.
El camino no era difícil, pero sí muy largo. Ya había pasado el mediodía cuando llegó a la base de la montaña. Y a su cima llegó al atardecer. Desde allí miró el horizonte, esperando descubrir alguna belleza escondida durante milenios a la que solo él, su suerte y su destino, había accedido.
Sin embargo, alrededor suyo solo había otras tantas colinas como aquella en la que estaba. De hecho, las otras colinas parecían más interesantes.
- Otro día. Ahora toca regresar -se dijo
No había andado ni un par de pasos a la vuelta cuando, de repente, el cielo se nubló y al instante siguiente soplaba un viento horroroso. El joven castor se asustó; y entonces comenzó a nevar. La nieve, con la que tantas veces había jugado, le trajo el recuerdo del hogar y una fugaz sensación de seguridad.
Pero aquello no era su hogar y la nieve parecía mostrarse indiferente -o inmisericorde, que no es muy distinto- hacia el joven castor. A este le costaba cada vez más andar.
- Quiero ir a casa, quiero ir a casa -murmuró por lo bajo
Y cayó al suelo, enterrándose en la nieve.
"Y ahora a morir", se dijo
A la mañana siguiente se despertó en su casa. Su padre había salido a buscarle, aún con la tormenta, y lo había portado sobre sus espaldas. Cuando el joven castor se vio allí, rodeado por su madre y sus hermanitos, llamó a su padre y, con lágrimas en los castaños ojos, dijo:
- Gracias, papá
miércoles, 19 de noviembre de 2014
los baños de argel
- ¿Y a ese por qué lo tienen ahí?
- Está loco -le dijeron. Y aunque su locura suele ser pacífica, a veces le dan unos aires que se mete con lo guardianes.
Era el segundo día que Figuel de Tervantes, el ratón, que había sido preso por la comunidad gatuna de áfrica. Aquellos gatos no utilizaban sus presas para comérselos, sino para jugar con ellos. Por eso, entre los prisioneros se había creado una comunidad para que todo recién llegado se encontrara psíquicamente preparado para los juegos de sus amos. Y el loco era el ejemplo, ejemplo benévolo, de lo que pasaba a los que no aguantaban.
Un día lo matarían. Hasta que llegara ese momento, lo tenían enjaulado.
- Saldré de aquí y los decapitaré a todos, ¡voto a bríos!, malditos gatos
Así bramaba el ratón en sus momentos más enérgicos, que cada vez eran más escasos.
Pero Figuel tenía otros problemas en mente que el de aquel loco. Al segundo día de su cautiverio, el sultán mayor de los gatos lo llamó:
- ¿Y qué sabes hacer tú? -le preguntó en un ronroneo. Fitel temió que aquel fuera su final.
- Sé ladrar como un conejo -dijo, sin saber qué decía.
- Los conejos no ladran -le respondió el sultán
- Sé ladrar como un conejo -volvió a insistir Fitel
En gato mayor miró a las mininas que le estaban acariciando y las despidió con un gesto de la cola.
- ¡Dejadnos solos!
Y lo mismo despidió a los guardias. Luego se volvió hacia Fitel, que sentía que el valor lo abandonaba.
- Dentro de una semana ladrarás como un conejo o morirás. Lo harás solo para mí, aquí en esta sala.
Luego se rio con voz sorda.
- ¡Más te vale que practiques tus ladridos!
Y es que no hay cosa que más asuste a un gato que el ladrido de un perro. Y no hay animal que le resulte menos temible al gato que el conejo (pues hasta el ratón puede ser peligroso).
Durante toda la semana Fitel se desesperó buscando una solución al problema que, él solito, había creado.
"¿Por qué no habré dicho que sé saltar como un conejo? Por lo menos podría practicar"
La mañana antes de comparecer, vio como el loco le hacía señas. Se acercó con cuidado a su celda y este le dijo:
- Tienes miedo. Pero bebe de este bálsamo y verás cómo se te pasan todos los males.
Y diciendo esto le alcanzó una sucia escudilla con algo de agua.
- Esto parece agua -dijo Fitel
- ¡Chitón! -dijo el loco, poniéndose el dedo en los labios- Esto es el bálsamo de Fierabrás, y solo te lo doy porque se aproxima la hora de tu muerte.
Fitel bebió y le devolvió el cazo al demente.
"Lo que me faltaba", se dijo mientras se alejaba. Pero, aunque no quería reconocerlo, lo cierto es que se encontraba mejor.
Cuando los guardias fueron a buscarlo, ya tenía algo pensado. Y una vez que estuvo a solas con el sultán gato, anunció:
- Ahora ladraré como un conejo, según lo prometido.
Entonces se colocó la colita en la cabeza de forma que parecieran dos orejas largas, como las de un conejo. Después se puso de rodillas y abrió la boca. Pero no emitió ningún sonido. Estuvo así unos minutos hasta que el gato no pudo más:
- ¿Pero vas a ladrar o no?
El ratón se puso de pie y explicó:
- He estado ladrando todo este tiempo. ¿No me habéis oído, excelencia?
El gato se sorprendió tanto ante su respuesta que no sabía si mandar matar a aquel atrevido o no. Finalmente, dado que el problema le estaba complicando los pensamientos, hizo llamar a un guardia y anunció su decisión:
- Que le corten la cabeza
Fitel, por toda respuesta, ladró otra vez como un conejo. Pero nadie le oyó.
- Está loco -le dijeron. Y aunque su locura suele ser pacífica, a veces le dan unos aires que se mete con lo guardianes.
Era el segundo día que Figuel de Tervantes, el ratón, que había sido preso por la comunidad gatuna de áfrica. Aquellos gatos no utilizaban sus presas para comérselos, sino para jugar con ellos. Por eso, entre los prisioneros se había creado una comunidad para que todo recién llegado se encontrara psíquicamente preparado para los juegos de sus amos. Y el loco era el ejemplo, ejemplo benévolo, de lo que pasaba a los que no aguantaban.
Un día lo matarían. Hasta que llegara ese momento, lo tenían enjaulado.
- Saldré de aquí y los decapitaré a todos, ¡voto a bríos!, malditos gatos
Así bramaba el ratón en sus momentos más enérgicos, que cada vez eran más escasos.
Pero Figuel tenía otros problemas en mente que el de aquel loco. Al segundo día de su cautiverio, el sultán mayor de los gatos lo llamó:
- ¿Y qué sabes hacer tú? -le preguntó en un ronroneo. Fitel temió que aquel fuera su final.
- Sé ladrar como un conejo -dijo, sin saber qué decía.
- Los conejos no ladran -le respondió el sultán
- Sé ladrar como un conejo -volvió a insistir Fitel
En gato mayor miró a las mininas que le estaban acariciando y las despidió con un gesto de la cola.
- ¡Dejadnos solos!
Y lo mismo despidió a los guardias. Luego se volvió hacia Fitel, que sentía que el valor lo abandonaba.
- Dentro de una semana ladrarás como un conejo o morirás. Lo harás solo para mí, aquí en esta sala.
Luego se rio con voz sorda.
- ¡Más te vale que practiques tus ladridos!
Y es que no hay cosa que más asuste a un gato que el ladrido de un perro. Y no hay animal que le resulte menos temible al gato que el conejo (pues hasta el ratón puede ser peligroso).
Durante toda la semana Fitel se desesperó buscando una solución al problema que, él solito, había creado.
"¿Por qué no habré dicho que sé saltar como un conejo? Por lo menos podría practicar"
La mañana antes de comparecer, vio como el loco le hacía señas. Se acercó con cuidado a su celda y este le dijo:
- Tienes miedo. Pero bebe de este bálsamo y verás cómo se te pasan todos los males.
Y diciendo esto le alcanzó una sucia escudilla con algo de agua.
- Esto parece agua -dijo Fitel
- ¡Chitón! -dijo el loco, poniéndose el dedo en los labios- Esto es el bálsamo de Fierabrás, y solo te lo doy porque se aproxima la hora de tu muerte.
Fitel bebió y le devolvió el cazo al demente.
"Lo que me faltaba", se dijo mientras se alejaba. Pero, aunque no quería reconocerlo, lo cierto es que se encontraba mejor.
Cuando los guardias fueron a buscarlo, ya tenía algo pensado. Y una vez que estuvo a solas con el sultán gato, anunció:
- Ahora ladraré como un conejo, según lo prometido.
Entonces se colocó la colita en la cabeza de forma que parecieran dos orejas largas, como las de un conejo. Después se puso de rodillas y abrió la boca. Pero no emitió ningún sonido. Estuvo así unos minutos hasta que el gato no pudo más:
- ¿Pero vas a ladrar o no?
El ratón se puso de pie y explicó:
- He estado ladrando todo este tiempo. ¿No me habéis oído, excelencia?
El gato se sorprendió tanto ante su respuesta que no sabía si mandar matar a aquel atrevido o no. Finalmente, dado que el problema le estaba complicando los pensamientos, hizo llamar a un guardia y anunció su decisión:
- Que le corten la cabeza
Fitel, por toda respuesta, ladró otra vez como un conejo. Pero nadie le oyó.
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