- ¿Cuándo volverá la cigüeña? -preguntó la pequeña golondrina
La cigüeña era el doctor de toda aquella región. Iba con su pequeño maletín bien agarrado en sus largas patas y su espectómetro colgado del cuello.
- Ha dicho que volverá mañana -le respondió su madre, a la par que le dejaba un gusanito recién cazado en el pico.
- ¿Estaré bueno a tiempo?
- ¿Para la migración? Ya lo creo que sí, aún hace calor y no tenemos prisa -respondió la madre
Pero no pudo evitar que un pensamiento le cruzara por la cabeza. Pues en aquellas fechas solían emigrar al sur, y solo un verano que estaba siendo más largo de lo habitual les permitía poder salir un poco más tarde. ¿Cuánto duraría aquel tiempo?
- No os iréis sin mí, ¿no es verdad? -preguntó la joven golondrina
- Yo no me iré a ninguna parte sin ti -le respondió cariñosamente la madre
- ¿Me lo prometes?
Ella le dio un beso con su pico dorado.
- Te lo prometo -contestó
Porque no podía responder por lo que hicieran su marido y el resto de sus hijos.
Esa noche lo habló con su pareja:
- Tenéis que salir ya -le dijo- No podéis quedaros más tiempo.
- ¿Y quién se va a quedar con él? -preguntó él
- Yo me quedaré. Nos reuniremos con vosotros más adelante, en ese pueblo siciliano donde fuimos el año pasado.
- Cerca del volcán -rememoró él.
- Cerca del volcán -confirmó ella.
Los dos volvieron la vista a la luna llena. En sus pequeñas cabezas bailaban los mismos recuerdos. Fue él quien rompió el silencio.
- ¿Cuál es el diagnóstico? -preguntó, sin volverse a ella
- El doctor no lo sabe -respondió ella en un suspiro
- ¿No lo sabe o no quiere decírtelo? -preguntó el marido
Entonces ella se volvió hacia él:
- No me iré sin él
- Pero no esperes a que sea demasiado tarde. Odiaría perderte -dijo él, mirándole a sus oscuros ojos.
- Y yo que me perdieras
Y ninguno dijo lo que les pasaba por el corazón. Porque aquella última noche les sonaba tan salada como una despedida. Ninguno se atrevía a decirlo en voz alta; hubiera sido reconocer que su pequeño podía morir, que ella podía quedarse encerrada en un invierno demasiado crudo.
Los hermanos también estaban despiertos, alejados del nido y hablando en susurros que, a un extraño, solo le hubieran parecido chisporroteos desafinados.
- Si no hubiera comido esas bayas... -decía el más joven
- Entonces tú las hubieras comido antes, y estaríamos igual -dijo otro
- Siempre quería ser el primero -terció otro
Durante unos instantes se hizo el silencio.
- ¿Qué ha dicho el doctor? -preguntó el joven
- Nada definitivo.
- Eso es malo.
- Muy malo.
- Lo peor -remató el joven, sintiendo una gran tristeza
A la mañana siguiente bajó un viento frío de la montaña.
- No esperéis más -dijo la madre, preocupada.
- ¿Y el enfermo? -preguntó el padre
- Duerme, no lo molestéis. Ya nos reuniremos.
- Cerca del volcán -dijo él, y se puso a volar. Los pequeños le siguieron.
Ella suspiró. No se lo había dicho a nadie, pero su pequeño había muerto durante la noche. Y ella ya sabía lo que tenía que hacer: se quedaría al lado de su cuerpo esperando al frío invierno para así morir con su pequeño y, en el cielo de los pájaros, seguir con él. Su marido cuidaría de los otros, la poca ayuda que ya podían necesitar. Porque ya eran mayores y pronto serían independientes. ¿Y ella? Ella era una fruta que ya había madurado y que le tocaba hundirse en el suelo para, con su pequeño, ser el fruto de un mañana mejor.
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