- Me llaman el jenífaro -dijo la ardilla más pequeña en la reunión de todas las ardillas del bosque. Había llamado la atención con su cola, que había trenzado como si fuera una coleta.
- ¿Y no te molesta al saltar? -preguntó una
- ¿Qué es un jenífaro? -preguntó otra
Los pájaros hacían como que no existía aquella ardilla rebelde. Ya estaban acostumbrados a que, cada tanto, surgiera una rara. El búho, por su parte, pensaba "no es jenífaro, sino jenízaro, idiota, y es una palabra que viene de un país del que nunca habrás oído hablar". Pero no dijo nada, aunque tampoco evitaba mirar. Solo que tenía sueño porque, como todo el mundo sabe, los búhos duermen por el día.
Las otras ardillas no sabían muy bien a qué atenerse. Aquella joven atolondrada estaba acaparando la reunión anual, y aunque en su fuero interno se avergonzaban de ella, les gustaba que una ardilla fuera el centro de atención.
- Y un día haré que este bosque sea conocido por todos.
- Eso es algo que no me gustaría -gruñó el oso. Estaba de mal humor porque ya se había acabado la miel.
- Si un día te encuentro por el bosque, sabré que hacer contigo -dijo el zorro. No podía cazar nada por la tregua de la fiesta de primavera, pero toda aquella carne pacífica reunida sin huírle le daba hambre.
- Tenías que haber comido antes de venir. Son las normas, ya sabes -ululó el búho desde lo alto
- Normas a mí -murmuró el zorro.
Pero no se atrevía a romper la tregua. Los suyos no le perdonarían y alguno de los animales mayores, como los osos, podrían enfadarse mucho. No es sabio enfadar a un oso.
En aquel momento la ardilla jenífaro -o jenízaro, como hubiera corregido el búho- se paseaba ufana. Quería enseñar a todo el mundo su cola trenzada, y aunque sentía cierta vergüenza se esforzaba por no manifestarla.
- ¿Tienes que pasearte así? -le susurró uno de sus hermanos
- Soy el jenífaro -dijo ella, como si fuera un mantra que había de salvarle la vida.
Y en efecto se la salvó. Mucho tiempo después, cuando el hambre obligó a la ardilla a dejarse de juegos estúpidos y madurar, cayó en un trampa que un zorro le había puesto. Y cuando se vio perdida y a punto de que el otro le hincara del diente, dijo con voz trémula:
- Soy el jenífaro
Y el zorro, creyendo que allí había alguna astucia escondida que podía acarrearle problemas y estos desconocidos, la dejó marchar. A veces cuando uno piensa demasiado pasan estas cosas.
Ella, por su parte, recuperó no solo la vida sino también la vanidad. Desde aquel día no dejó de proclamar su condición de Jenífaro, a pesar de que su apareciencia era la de una simple ardilla.
- Pero soy más que una ardilla. Soy un jenífaro -decía. Y luego contaba el milagro que le había acaecido con su depredador, de forma que muchas ardillas comenzaron a seguir ese juego y a definirse como jenífaros.
- Jenízaros, querrán decir -decía el búho cuando las oía parlotear.
Claro que, con el tiempo, los zorros se dieron cuenta de la trampa y ya no hacían tanto caso.
- ¡Que soy un jenífaro! -decían las ardillas acorraladas.
- Y yo un simple zorro -respondían sus depredadores con una sonrisa. Luego hincaban el diente porque, ya se sabía, la tregua solo duraba un día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario