La reunión se alargaba. Les sexagenarios habían desarrollado la costumbre de reunirse después de la comida en la terraza del asilo. Allí tomaban café o alguna bebida caliente. Y la mayoría hubiera preferido estar dentro, viendo la tele o echándose la siesta. Pero no se atrevían.
- Uno de ellos es el que les ata. Pero no sé quién -comentaba una enfermera a su compañera
- Ninguno de ellos tiene un gran carácter. Tal vez sea Concha.
Concha era uno de los viejos más invisible para las enfermeras. Nunca hablaba con ellas pero les sonreía a menudo, como si creyera que así conseguiría algún trato de favor. Y era extraño, porque la mayoría de los viejos o no se molestaban por caer bien a las jóvenes enfermeras o les tenían miedo, como niños pequeños que temieran estar en falta.
Y las enfermeras no estaban del todo descaminadas en sus elucubraciones; si nadie se atrevía a retirarse del café era justamente por el silencioso imperio de Concha. Y no es que fuera una vieja ofensiva o insoportable; al contrario, a todos les gustaba hablar con ella. Pero todos habían descubierto que, en cuanto uno de ellos estaba ausente, Concha lo hacía notar. Y sus comentarios eran tales que, aún con apariencia inocente, daban comienzo a toda una racha de críticas. Para cuando terminaba la hora del café, los viejos descubrían que habían descuartizado sin piedad la memoria de uno de ellos por el simple pecado de estar ausente en la hora del café. Se sentían entonces avergonzados y evitaban mirarse mucho más a la cara. Pero, de nuevo, doña Concha sabía tranquilizarles. De alguna forma resaltaba que no podía soportar a los criticones. Y todos respiraban aliviados, pues era evidente que doña Concha les prestaba su favor y, por tanto, no pertenecían a aquella horrible raza de los criticones.
Y, sin embargo, nadie se atrevía a ausentarse de la reunión.
Un día pasó algo inesperado: fue la propia doña Concha quien se ausentó.
- ¿Está enferma? -preguntó un anciano recién llegado a la Residencia.
- Mala digestión. Los médicos le han prohibido levantarse en toda una semana -dijo el que más estaba con ella. Si hubieran tenido sesenta años menos, habría sido su novio. Tal y como estaban las cosas, pasaba por su lugarteniente.
- Es extraño que nos reunamos sin que ella esté presente. Concha siempre es... -comenzó a apuntar un tercero.
Pero entonces pasó algo singular. Todas las miradas se levantaron hacia el recién llegado, esperando que comenzara la crítica de doña Concha. ¿Caería ella bajo el mismo yugo con el que tantos habían sufrido bajo su imperio?
Pero el que hablaba, viendo la expectación creada, calló de repente. Confuso.
Y nadie se atrevió a decir ni una palabra en contra de doña Concha. Se sintieron, sin embargo, aliviados.
- Aún nos queda vida -dijo uno de ellos al rato, al hilo de otro tema. Pero todos le oyeron y se sintieron gratificados.
Y, antes de que terminara la hora del café, uno de ellos se levantó y dijo con renovado optimismo:
- Creo que me voy a ir a dormir un poco
Y les miró como interrogándole. Hasta que uno de ellos contestó:
- Harás bien. Podrás dormir tranquilo.
Era un hermoso día.
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